24 de julio 2015 - 00:08

Clorinda, su amante y el artista plástico

Jacobo Fiorini fue un artista plástico italiano que gozó de cierta fama. Llegó al Río de la Plata en 1829 y fue contratado por Juan Manuel de Rosas para retratarlo. Se casó de grande, cuando ya había pasado los cincuenta, con la hija quinceañera de una familia patricia, los Sarracán. Se llamaba Clorinda y terminó siendo la perdición del pintor.

Jacobo y Clorinda vivieron en una quinta de los Santos Lugares. Tuvieron cinco hijos. Entre los vecinos se comentaba que la mujer, treinta años menor, engañaba a su marido. Al parecer, mantenía una relación con el capataz del campo, Crispín Gutiérrez. La peonada conocía las aventuras amorosas de la señora que, en el año 1856, había cumplido los 23.

El 9 de octubre de 1856, Fiorini, que aparentemente algo sospechaba, se decidió a encarar a Crispín. Lo insultó. Gutiérrez lo enfrentó y, probablemente, lo amenazó. El pintor tuvo tanto miedo que se subió al altillo de la casona rural y se encerró todo el día.

Esa noche, Clorinda subió las escaleras y le dijo a su marido que Crispín se había ido, que bajara tranquilo, que le iba a preparar la cena. El hombre creyó y salió de su encierro voluntario. Fue al salón principal y se recostó en un amplio sillón, mientras su mujer caminó hacia la cocina. Clorinda abrió la puerta y dejó entrar a su amante y al hermano de éste, de nombre Remigio. En minutos, los dos le destrozaron la cabeza al retratista con una maceta y palos.

Clorinda observó todo el ritual de muerte. Fue ella la que dio la orden a las domésticas para que limpiaran la habitación. Mientras Crispín y su hermano arrastraron el cadáver al fondo de la casa, cavaron una fosa y lo enterraron. Ya era la madrugada del 10 de octubre. Por la mañana, en la tierra removida hicieron una huerta y sembraron coliflor.

Unos quince días después, y ante la ausencia del famoso pintor, sus amigos empezaron a buscarlo y pidieron la colaboración de la Policía. Fiorini era un hombre muy conocido, por lo que la noticia también fue publicada en los periódicos de la época.

El comisario Arnaud visitó varias veces el campo pero chocó con el silencio de los peones y de la mujer. Pero todo cambió cuando se presentó en la hacienda el juez Miguel Navarro Viola, acompañado por un escribano, dos médicos oficiales y algunos policías. El magistrado cortó por lo sano: prisión para los peones, el personal doméstico y todo aquel que entraba al campo hasta que alguien contara algo.

Fue Crispín el que contó todo lo que había sucedido, con lujo de detalles. El juez lo primero que ordenó fue que sacaran el cadáver del artista de la fosa y le dieran cristiana sepultura. Después, se llevó detenidos a Clorinda, Crispín y una doméstica. Remigio, el hermano del capataz, logró escapar, aunque sería atrapado un mes después en Mercedes.

El juez los encontró culpables y, sin mayores rodeos, los condenó a la pena de muerte. Serían ahorcados y los cadáveres quedarían horas en exposición. Pero luego de una movilización contra las ejecuciones, a Clorinda le conmutaron la pena a 10 años de encierro, aunque meses después quedó libre por buena conducta. Nunca más se supo de ella.

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