31 de marzo 2011 - 00:00

Colectoras: atajo para primarias, pero con amenaza de emboscada

Todo suma: Daniel Scioli saludó ayer a aliados del albertofernandismo que apuestan a su reelección. En el acto estuvieron, además, Raúl Pérez, presidente del bloque de Diputados del FpV; Alberto Pérez, y el diputado albertista Carlos Lorges.
Todo suma: Daniel Scioli saludó ayer a aliados del albertofernandismo que apuestan a su reelección. En el acto estuvieron, además, Raúl Pérez, presidente del bloque de Diputados del FpV; Alberto Pérez, y el diputado albertista Carlos Lorges.
El PJ bonaerense sepultó ayer el último encanto que retenían las primarias: ratificó la reforma, votada días atrás por Diputados, que elevó del 10% al 25% el piso para acceder a la minoría en ese turno electoral del 14 de agosto. No estuvo solo: la UCR, el macrismo y el GEN fueron sus verdugos aliados.

Se diluyó, en ese trámite, una de las bombas sucias que Néstor Kirchner había activado en el dispositivo electoral de la provincia. Así como ordenó anudar la primaria bonaerense con la nacional -Alberto Balestrini desde el Senado había promovido una secesión-, pidió bajar el piso de la minoría al 10%.

El relato idílico sobre las martingalas del patagónico vindica que aquella cláusula tenía un objetivo movimientista: animar a que todas las tribus K intervengan en la interna del FpV, hasta contra el PJ, sabedores de que con lograr ese porcentaje filtrarían candidatos. Con el escalón del 25% esa zanahoria se esfuma.

El retoque inauguró dos vertientes teóricas. El peronismo unificó personería y criterio en el concepto de que un piso demasiado bajo sería peligroso para el statu quo porque con algo de despliegue y recursos, que imaginaban aportados por Balcarce 50, bloques K opositores se colarían en las listas oficiales. Para los intendentes, además, era un riesgo a futuro: empujar una boleta, encabezada por ellos, que podrían tener entre los postulantes a concejales figuras que, al día siguiente, no responderían al alcalde o, directamente, militarían para desbancarlo. Daniel Scioli avaló y la reforma avanzó.

Desde la Casa Rosada, los que se oponían a levantar el piso manoteaban el argumento de que, frente a la dificultad de acceder a candidaturas por intermedio de la primaria, sería inevitable que el Gobierno distribuyera franquicias K, ajenas al PJ, con formato de colectoras. Tampoco se esforzaron demasiado por frustrar la reforma.

El debate público era arriesgado: Kirchner instruyó a Florencio Randazzo para que la primaria nacional delegue en los partidos el régimen de mayorías-minorías. Eso fue, en definitiva, lo que fija la norma aprobada ayer: que cada agrupación aplicará el modo de reparto que disponga su carta orgánica.

Aditivos

Con esa norma, el universo de tribus kirchneristas que pueden animarse a desafiar al PJ instituido es ínfimo. ¿Se animará, por caso, Hugo Moyano a presentar boletas propias en algunos distritos? Avanza en esa dirección, pero parece, a simple vista, un movimiento para después sentarse a negociar.

Moyano
dispone de aditivos de los que otros carecen: recursos y armado para fiscalizar y mover la elección, pero carece de lo que otros disponen: votos. En una interna cerrada, lo primero pesa igual o quizá más que lo segundo. En una primaria abierta como establece la ley, la estructura puede volverse insuficiente.

En paralelo, para los demás actores K -desde piqueteros hasta vertientes peronistas rebeldes o la juventud de La Cámpora- sumergirse en una primaria contra los caciques territoriales es puro riesgo: si no arañan el 25% requerido, los candidatos quedan fuera de juego para cualquier otra aventura.

Tienen adelante un biotipo político complejo: los intendentes rigen estados centralistas e intervienen en cada proceso de su distrito, por lo que buscan aplastar las rebeldías. Y son electoralmente poderosos: un paneo del conurbano muestra que casi ninguno baja del 40% en intención de voto. El grueso se ubica, incluso, entre el 45% y el 60%. El olimpo de ese ranking, que Julio Aurelio menciona como «intendentes premium», lo ocupan tres figuras que acumulan más del 70% de intención de voto: Sergio Massa (Tigre), Darío Giustozzi (Almirante Brown) y Gustavo Posse (San Isidro).

Con las minorías casi inaccesibles y alcaldes con buenos índices electorales -hay un par de excepciones-, las primarias son una aventura sólo para pocos. Pero, contra lo que recita la Biblia K, las colectoras están lejos de ser el atajo ideal.

Los salmos benditos sobre las boletas bis se basan en la experiencia exitosa de 2007, cuando varios colectores derrotaron a intendentes instalados. Pablo Bruera le ganó a Julio Alak en La Plata; Francisco «Barba» Gutiérrez, a Sergio Villordo en Quilmes; Darío Díaz Pérez a Manuel Quindimil en Lanús; Fernando Gray a Alberto Groppi en Echeverría; Giustozzi a Jorge Villaverde en Brown, y Massa a Ernesto Casaretto en Tigre, sucesor de Ricardo Ubieto.

Esa cosecha fue, en general, consecuencia de la batalla de 2005 entre los Kirchner y los Duhalde (Díaz Pérez vs. Quindimil o Giustozzi vs. Villaverde, por caso) o canalizó posicionamientos pretéritos, como con Bruera, que ya había tenido una colectora en 2003.

Más simple: el encantamiento de las colectoras, sobre aquel registro histórico, puede ser engañoso. Es más: hubo, al margen de esos seis ganadores, una lista inmensa de colectores perdidosos que, además, tuvieron que soportar que la Casa Rosada los apañe, pero no los financie y que, además, los Kirchner en campaña se muestren, siempre, con los intendentes.

En este octubre, las ofertas competitivas son contadas: y circulan, las principales, bajo el paraguas de Martín Sabbatella y su colectora provincial. Ese refugio tiene un triple encanto: jurídico -ofrece partido-; político -aporta perfil- y logístico -garantiza una boleta entera: desde presidente hasta intendente.

Sello

Los que, llegado el caso, quieran competir por fuera de la boleta del FpV, además, al margen de la de Sabbatella, deberán tener un sello, obtener el 1,5% de votos en la primaria -en Quilmes, para citar un caso testigo, se necesitan 6 mil votos-, conseguir que Carlos Zannini acepte su incorporación al frente y, aun así, competir con una lista más corta: con presidente y legisladores nacionales, pero sin candidato a gobernador y sin cargos provinciales.

Algo más: esa maniobra requiere, además, espalda financiera para superar exitosamente la primaria (sólo hay que computar cuánto cuesta armar un acto con tres mil personas para dimensionar cuánto puede costar montar el dispositivo para obtener seis mil votos) y, más aún, para luego competir en la general.

Ese doble filtro podrá desanimar a más de un voluntarioso.

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