30 de agosto 2011 - 00:00

Colón: antológico “Onegin”

Alicia Amatriain y Jason Reilly, primera dupla protagónica del «Eugene Onegin» de Cranko-Chaikovsky que se vio en el Colón.
Alicia Amatriain y Jason Reilly, primera dupla protagónica del «Eugene Onegin» de Cranko-Chaikovsky que se vio en el Colón.
«Eugene Onegin», ballet en tres actos. Música: Piotr Illitch Chaikovsky. Ballet Estable del Teatro Colón (Dir: L. Segni). Coreografía: J. Cranko. Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección: J. Logioia Orbe (Teatro Colón, 28 de agosto).

Si toda creación coreográfica a pequeña o gran escala es un desafío, mucho más lo es toda aquella que intente materializar en el movimiento ideas e imágenes literarias. En ese punto radica parte de la genialidad del coreógrafo sudafricano John Cranko (1927-1973) al dar vida a la novela en verso de Pushkin; al igual que en tantas otras obras de la literatura universal, en «Eugene Onegin» la clave no reside tanto en los hechos puntuales como en el discurso de los personajes y en la incomparable poesía del escritor ruso.

El ballet de Cranko, una de las cumbres del lenguaje neoclásico, exige a los bailarines una máxima expresividad en cada movimiento. Desde el comienzo está bien delimitada, por ejemplo, la diferencia entre la ligereza y vitalidad de Olga y la introspección y espiritualidad de Tatiana, y en instancias como el solo de Lensky previo al duelo con Onegin es posible advertir la desesperación del poeta que se siente traicionado y que tal vez intuye la proximidad de su muerte. La reposición realizada por Agneta y Victor Valcu para la versión que está ofreciendo el Ballet Estable del Teatro Colón es perfecta en el sentido de que toda esa teatralidad llega al espectador de manera inmediata, y en lo coreográfico se advierte un cuidado extremo tanto de las individualidades como del conjunto.

Notables son también el hermoso vestuario de Roberta Guidi de Bagno y los decorados de Pier Luigi Samaritani, y la iluminación de Alfredo y Carlos Morelli los complementa inmejorablemente.

Fue ideal desde todo punto de vista la bailarina vasca Alicia Amatriain (al igual que su partenaire, llegada del Ballet de Stuttgart donde nació la obra de Cranko). Con un «physique-du -rôle» perfecto para encarnar a la adolescente rusa, Amatriain fue técnicamente sobrada y mostró la evolución psicológica de su Tatiana, alcanzando un clímax incomparable en el pas de deux final con el canadiense Jason Reilly (mejor al mostrar el aspecto frívolo del Onegin inicial que en exhibir su desesperación posterior).

Carla Vincelli fue una Olga descollante, y el Lensky de Juan Pablo Ledo tuvo la imprescindible carga de sensibilidad y dramatismo. Como el Príncipe Gremin también resultó muy convincente (y elegante) Vagram Ambartsoumian. El cuerpo de baile exhibió una sincronización notable; la Orquesta Estable dirigida por Javier Logioia brindó por su parte un marco musical de lujo.

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