- ámbito
- Edición Impresa
Comentarios Políticos del fin de semana
Cristina de Kirchner
La decisión, entiende Morales Solá, crea una innecesaria tensión y lanza al país a una prematura campaña electoral que perjudica más a un Gobierno dividido por peleas entre ministros y por gestos ociosos de ministros con «ganas de perder el tiempo» (así califica a Florencio Randazzo y a Débora Giorgi, negociadores con el campo).
Como su colega Van der Kooy (Clarín) también este columnista desarrolla con detalles la crisis de Graciela Ocaña en el gabinete nacional. Reproduce, seguramente de buena fuente, diálogos de la ministra con Hugo Moyano en los que rechaza demandas de más fondos para las obras sociales. La cree además cercada por fabricaciones de prensa urdidas en Olivos por Néstor Kirchner, pero amortiguadas por la protección que le da a Ocaña Cristina de Kirchner. Si fuera cierta esta mortificación del matrimonio estaríamos ante un ejercicio de perversidad desde el poder que no tiene ninguna explicación.
Si se les preguntase a algunos de los protagonistas de esta contradanza, responderían que Ocaña tiene como proyecto desde hace meses bajarse del Gobierno con más o menos escándalo y regresar a la oposición. Lo que haría el Gobierno es «contenerla» para impedir ese autodespido. Como se ve, hay de todo en estas peripecias sobre las que deberían ser más sinceros los protagonistas. ¿Creyó el Gobierno que llevarse a la «Hormiguita Viajera» (es como apodaba Elisa Carrió a Ocaña por su contracción al trabajo cuando compartían el espacio del ARI) le saldría gratis? ¿Creyó Ocaña que se encontraría, en un Gobierno al que criticó por sus presuntos actos de corrupción cuando era opositora, con algo distinto de lo que ahora ve? ¿Creyó que la dejarían hacer lo que quisiera? Difícil que alguien responda con sinceridad estas preguntas en un país donde un celular pago y un auto oficial tiran más que una yunta de bueyes.
Admite que es una movida en el mismo sentido de la que querían Binner y Macri, pero dice que ese gesto de realismo ante la crisis en el caso de los Kirchner está cargado de hipocresía.
Interesante revelación es la frase que consigna de Hugo Moyano cuando dice del matrimonio presidencial: «Estos dos nos van a llevar a la ruina». Es la punta del iceberg de una crisis más eficiente para el Gobierno que la de Wall Street.
Otro dato inquietante para el Gobierno, que surgiría de una encuesta, lo pone a Néstor Kirchner casi a la par de Francisco de Narváez en la disputa a diputados nacionales por Buenos Aires, un escenario aterrador para el ex presidente, que medita cuándo anunciará su postulación.
Otro costado de las preocupaciones dentro del Gobierno que analiza el columnista lo aportan las diferencias entre Kirchner y Daniel Scioli en el tratamiento de la ola de inseguridad. El ex presidente añora las purgas policiales de Eduardo Duhalde y Felipe Solá, cuando tenían de ministro del área a León Arslanian. El gobernador insiste en que no hay solución al problema político más grave de su administración sin el concurso de una Policía más dignificada.
Sobre el tema dominante, el adelantamiento de las elecciones, Wainfeld manifiesta un escepticismo poco esperable en un profesional con fuerte inclinación oficialista. «Arriesga al máximo, juega contra reloj, tomó de sorpresa a propios y extraños (...) pone en estado de asamblea a la oposición». La movida, apuesta casi a reglamento, «no es legal, ni exótica, sí desprolija. Sus resultados son un arcano». Si éste es el criterio del oficialismo sobre
el proyecto, el Gobierno tiene aún más problemas de los que el público cree. Si con este ánimo va a salir esta semana a juntar quórum y votos para la reforma del código electoral, el país va a vivir un nuevo período de nervios.
En última instancia, el análisis del columnista refleja la opinión generalizada de que la idea de Kirchner es audaz, busca juntar peronismo como lo hizo en Catamarca, pero transmite debilidades extremas, algo que no le conviene a un partido o a un Gobierno ante un proceso electoral. Ni qué decir cómo se cebarán la oposición y la opinión pública contra el Gobierno por esta extravagancia electoral que expone al kirchnerismo a una batalla de un tipo que siempre le sale mal, una batalla institucional.
Es interesante ver cómo un columnista cercano al Gobierno termina compartiendo la misma idea que los analistas y dirigentes de la oposición: que Kirchner es una especie de desaforado que ignora cuál es su interés, y que comete errores como involucrarse en la elección de Catamarca. Si se ahonda en esa decisión desde el ángulo del estricto interés de poder de Kirchner, ir a Catamarca no fue un error, sino un acierto. Para perder, sí, pero la mayoría de los políticos hace política para perder; los que ganan son una excepción. El interés de Kirchner, mostrado en Catamarca y con el adelantamiento de las elecciones, es juntar peronismo. Aunque sea una minoría para perder, pero que le reporta la jefatura partidaria y un lugar en la silla de las decisiones futuras del partido. Si no iba a Catamarca, Kirchner se quedaba solo y sin juego en el peronismo, como se quedó solo Carlos Menem en 1999 cuando hizo todo lo que pudo para que el peronismo perdiese las elecciones. Al poco tiempo estaba solo y terminó preso. Cuando se retiró del ballottage en 2003 también estaba solo. Otro hubiera sido su destino (y el de su partido, y el del país) si, por ejemplo, en 1999 hubiera retenido poder con una candidatura -seguramente ganadora- a la gobernación de La Rioja, o si hubiera tomado en serio su jefatura del partido y hubiera mantenido un grupo de legisladores propios. Es el destino que no quiere repetir Kirchner cuando hace estas movidas que responden a su propio interés, aunque sea para perder, que no es lo más importante en política. Son movidas criticables, que rechaza la mayoría, que expresan una baja calidad institucional, pero que nadie puede demostrar que sean un error. Grave para un Gobierno en dificultades que uno de sus voceros como este columnista repita que el ex presidente «metió las de andar» en Catamarca.


Dejá tu comentario