12 de marzo 2012 - 00:00

Confirmado el default griego, Europa sacó el pájaro de la turbina

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
El destino de Grecia estaba escrito. En estas mismas páginas, y en una sucesión de columnas. «¿Qué se trae Europa entre manos? El default de Grecia», se tituló sin medias tintas en enero. Standard & Poors había rebajado la calificación de la deuda de media Europa -quitándole a Francia su preciada AAA- y los mercados no perdieron la apostura. «Si Europa resiste una degradación crediticia sin inmutarse, querrá jugar más fuerte», fue la conclusión de Gordon Gekko. Y «Alemania, que es el patrón de la Unión Europea, tiene a Grecia atravesada en la garganta. No es fastidio. Es un imperativo moral. Reestructurar la deuda griega es esencial para redimir la conducción política de la crisis». La economía no es una fábula de Samaniego, pero Angela Merkel, y su electorado, requerían la lección de una clara moraleja. «Bajo esa óptica, un final accidentado como la reestructuración con quita de la deuda griega es el remate apropiado. Es cruento con moderación (debe asustar a los niños, pero no espantarlos). Así se podrá decir (sin el rigor de una contabilidad precisa, por supuesto) que el que las hace las paga». Pues bien Merkel cobró ya su factura.

La operación Grecia no fue Lehman II. Pero pudo serlo. Por eso mismo, aunque llevó muy poco tiempo dar la causa helénica por perdida, pasaron veintidós meses entre el primer esfuerzo de rescate y la concreción de una cirugía radical. Se necesitó antes que el BCE conjurase la corrida contra la deuda pública de España e Italia (y sacara del ojo del huracán a los bancos) para poder avanzar más allá de la retórica. Y recién se logró sobre el filo de diciembre. Gracias a la oferta torrencial de pases al 1% que lanzó la institución que preside Mario Draghi. No fue, por cierto, el «compacto fiscal» de Merkel lo que calmó las aguas. Conviene hacer notar la contribución, ahora que las críticas a posteriori -sobre el instrumento y el estado de la hoja de balance del BCE- llueven desde Alemania (Merkel, Weidmann, Stark). Pero también Grecia aportó lo suyo, y no se lo reconoce. A la manera de Leónidas en las Termópilas, su sacrificio sirvió de tapón. Compró el tiempo que Europa (no Grecia) necesitaba. Y es a su exclusiva cuenta a la que se cargaron los costos del salvamento.

Todo lo que se vaticinó ya en enero se produjo. Una a una fueron cayendo las fichas del dominó. Grecia aceptó todas las condiciones que le impuso la troika que rige sus pasos (Unión Europea, BCE y FMI). Los bancos acreedores, a su vez, tuvieron que hacer otro tanto con la propuesta de canje en los términos punitivos que les impuso Grecia (también dictados por la troika). Y el trueque de deuda resultó un «éxito»: el guadañazo del 75% probó ser una oferta imposible de rechazar para los jugadores sujetos a regulación, o los tenedores de deuda emitida bajo legislación local, quienes suministraron la masa crítica para efectivizarlo. Con la cirugía de las acreencias privadas asegurada, se le abren las puertas al segundo paquete de rescate a Grecia. Era una utopía pensar que la totalidad de los inversores (o una cifra cercana) aprobaría la iniciativa. Comenzando por aquellos que ya habían contratado el seguro de un CDS -quienes no accedieron al canje pero sí a la inclusión de las cláusulas de acción colectiva, no fuera cosa que no se produjera el siniestro-. Y así ocurrió. El desenlace, un default con todas las letras, se consagró el viernes con el pronunciamiento de la ISDA -la asociación que regula los seguros de incumplimiento crediticio-. Quedó por comprobar qué hubiera sucedido si la adhesión al canje alcanzaba el 90%. En rigor, el destino cambió cuando Europa le perdió el temor al default. Sin esa inhibición, era improbable que se mantuvieran los pagos a los «holdouts» financiados por los fondos oficiales de ayuda. Poco importaban ya los porcentajes.

La incógnita de la operación Grecia yacía en la respuesta de los mercados. El riesgo era revivir la crisis. Ya fuese que se afectara de nuevo a las deudas de España e Italia, o resucitase el escozor profundo sobre los bancos. Ello no sucedió. El temor a un default descontrolado fue una golondrina fugaz, que sacudió sus alas el martes, y como vino se marchó. Está claro que la operación no terminará hasta que se libren las compensaciones de los CDS, pero el saldo neto en vigencia -inferior a los 3.200 millones de dólares- no luce material en un contexto que no reveló graves fisuras.

Así, en una lectura ex post, la operación Grecia puede parecer apenas un simple paso adelante. No lo es. Lo que se cruza sin demasiadas molestias era, hasta diciembre, un abismo insondable. La importancia de poder digerir el default de Grecia sin drama ni temblores no debe ser subestimada. Europa se fortalece en la ejecución de sus planes. Desde 2009 Grecia era un pájaro alojado en la turbina. No es un mérito menor alejar esa amenaza sistémica.

¿Concluye, pues, la crisis europea? Sarkozy, suelto de cuerpo, dijo que sí. Los alemanes sostienen que quien piense que la crisis está resuelta se equivoca de cabo a rabo. Y es difícil discrepar. Sobre todo porque ellos son buena parte del problema. Si no están satisfechos -y no lo estarán, por lo visto, hasta lograr una Europa a su imagen y semejanza- van a ocuparse de sostener la presión. Su lógica es simple: sin el garrote, Europa no ajusta ni se reforma. Necesita la sensación de crisis soplándole en la nuca. Y Merkel, simplemente, apagará el ventilador.

Dejá tu comentario