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Congreso clásico de campaña: en guerra y sin chance de acuerdos
Las cámaras de Diputados y Senadores expresaron este año, al máximo posible, los deseos de la Casa Rosada. El emblema de los fracasos a la hora de consensos quedó marcado a fuego con la reforma y unificación del Código Civil con el Comercial, la obra codificadora que Cristina de Kirchner eligió para que se la recuerde en la historia.
Miguel Pichetto, Ricardo Sanz, Mario Negri y Julián Domínguez
A esa realidad deberá sumarse la propia interna oficial, con movimientos de tropas cruzados buscando garantizar también un núcleo duro de diputados (quizá también senadores, aunque esto será más complicado) que "resista" en el cristinismo a cualquier línea que tome un nuevo Gobierno, provenga o no del candidato que finalmente apoye la Casa Rosada. En caso de que el turno cambie de forma absoluta, ese movimiento de bloques internos será aún más complicado y los pases se multiplicarán desde agosto, cuando la PASO presidencial muestre la foto casi definitiva. En todo este proceso, como en cualquier cambio rotundo, como será el de 2015, la alineación de las provincias será clave para marcar el ritmo. De ahí que el núcleo duro que sueña mantener el kirchnerismo en el Congreso pueda terminar siendo una fuerza concreta con poder de decisión, o un "barrio chino" que cada tanto aparece en el peronismo parlamentario.
En la oposición, el juego ya empezó y seguramente con más velocidad que en el oficialismo. La estrategia del Frente Renovador y el PRO para captar dirigencia radical en las provincias tiene un destino final que asienta claramente una pata en el Congreso. Mientras Sergio Massa busca fotos con radicales en el interior para poder mostrar avances en su crecimiento a nivel nacional, en las UCR del interior lo ven al trigrense, como también a Mauricio Macri, como un camino para garantizarse triunfos en algunos distritos donde están más cerca que hace mucho tiempo -como Jujuy o Tucumán-, en municipios y en bancas de Diputados. Así, la clásica estrategia radical de asegurarse bloques de subsistencia en el Congreso mientras la presidencial quede lejos es una constante de finales de 2014 y lo será también en 2015. Elisa Carrió lo entendió y por eso pegó el grito primero alertando sobre el final de UNEN. Los números en esto son evidentes: a pesar de sus crisis, los radicales pueden mostrar hoy un bloque de 40 diputados y otro de 17 senadores, balanza en cualquier caso para frenar los dos tercios al Gobierno central en votaciones complicadas. De hecho, la UCR es la única traba, por ejemplo, a una reforma constitucional.
Debajo sigue en crecimiento el Frente Renovador -soñando Massa que sea a expensas del kirchnerismo-, coquetea el Peronismo Federal a dos bandas, y el PRO muestra proyectos de crecimiento en 2015 que parecen más concretos para una presidencial que para la carrera legislativa. El resto de los opositores, salvo Carrió -que mantiene su poder de veto y mete miedo en el recinto-, por ahora mira la escena en posición de espera.
La tranquilidad parlamentaria no será una constante en 2015, sino todo lo contrario. El saldo del Congreso este año es alto en votaciones de temas clave para el Gobierno, pero pobre en consensos y cantidad de sesiones. Prácticamente ninguno de los temas planteados por el Gobierno como epopeyas o cuestiones de Estado terminó votándose en acuerdo con la oposición.
El Gobierno dio órdenes y, a pesar de que la estructura de los bloques crujió durante todo el año, en medio de la incertidumbre por la sucesión del poder que arrancó casi con un año de anticipación -producto, en parte, de los problemas del Gobierno y la interna del peronismo-, logró que sus legisladores y los aliados de siempre le hicieran caso en cada ley que envió al Congreso.
Como en toda etapa de transición el mundo, dentro y fuera del país, miró más el debate y los consensos no logrados como una medida de lo que viene, que los éxitos de la Casa Rosada. No es nada nuevo: en cada recambio presidencial obligado (como este caso por la limitación constitucional) hay dos caminos posibles: que el mandatario saliente pueda nominar a su sucesor o que el proceso lo supere.
De ahí la importancia del diálogo y los consensos en un Congreso que acompaña el fin de una era, algo que en este caso no existió y que marca cómo puede ser el próximo estadio. En Diputados, el equilibrio seguirá estando en manos de Julián Domínguez. El emblema de esos fracasos en el diálogo entre fuerzas fue la reforma y unificación del Código Civil con el Comercial, la obra codificadora que Cristina de Kirchner eligió para que se la recuerde en la historia.
Después de una larga parálisis, el proyecto volvió a vida en Diputados el 1 de octubre pasado. Había sido votado en el Senado con apoyo disminuido hasta en el kirchnerismo, una situación que paralizó hasta a los senadores opositores, que decodificaban por esa vía lo que le estaba sucediendo al oficialismo. Miguel Pichetto desnudó esa noche, en la Cámara alta, la crisis que ya empezaba el año pasado dentro del kirchnerismo consecuencia del acuerdo, por parte del Gobierno, con el papa Francisco para con todo lo que le había negado al cardenal Jorge Bergoglio en materia de fertilización asistida, mantenimiento de embriones y, sobre todo, la definición sobre el comienzo de la vida, clave para regular todo lo anterior.
"La verdad es que yo no lo comparto. Voy a funcionar, por supuesto, como siempre he funcionado y además represento a la mayoría, con un concepto de disciplina política", dijo Pichetto a fin de 2013 y pidió a los diputados de su partido que lo modificaran.
La polémica se centró en el artículo 19: "La existencia de la persona humana comienza con la concepción en el seno materno. En el caso de técnicas de reproducción humana asistida, comienza con la implantación del embrión en la mujer, sin perjuicio de lo que prevea la ley especial para la protección del embrión no implantado", quedó el texto para alegría de la curia romana y argentina.
Ninguno de los pedidos de Pichetto tuvo eco el 1 de octubre en Diputados. Tras el largo sueño que pasó el proyecto después de haber trajinado en audiencias que el Gobierno utilizó como actos de campaña por todo el país, el kirchnerismo hizo lo habitual: ordenó de un día para otro.
Para ese momento, el Código Civil hacía falta para otras cosas más que para demostrar consenso ante una obra legislativa de esa dimensión. El país estaba en medio de la guerra que el Gobierno había desatado contra Thomas Griesa, los fondos buitre y el propio Gobierno de los Estados Unidos por no apoyar al país con la contundencia que la residencia de Olivos pretendía. Fue el mismo día en que Cristina de Kirchner dijo en un acto en la Casa Rosada: "Si me pasa algo, no miren hacia el oriente, miren hacia el norte".
Al día siguiente, las tapas de los diarios informaban que el nuevo Código Civil ya era ley junto con otro titular, que anunciaba que Juan Carlos Fábrega abandonaba el Banco Central y Alejandro Vanoli era su reemplazante.
En ese ambiente, el Gobierno bajó solo al recinto de Diputados y aprobó el Código Civil apenas con el apoyo de sus aliados de siempre. Esa soledad no había sido producto de las diferencias en el texto, sino del apuro en votarlo. Por la mañana, los jefes de todos los bloques opositores, encabezados por el radical Mario Negri, fueron hasta los tribunales de Comodoro Py para denunciar a la jefatura de la Cámara de Diputados por abuso de poder, ya que la sanción del Senado no contaba con un dictamen de comisión de Diputados a considerar más que el de la Bicameral que analizó el Código Civil, que había sido modificado en el recinto del Senado (en los hechos, la noche de la amarga queja de Pichetto) y que, por lo tanto, había caducado cuando se produjo la renovación de los recintos en diciembre del año pasado.
Al Gobierno esa soledad no le importó y festejó el nuevo Código Civil con acto en el museo del Bicentenario, ante la Corte Suprema y toda la militancia. No era para menos: más que un código, necesitaba buenas noticias después de haber entrado en default el 30 de julio, lidiar día a día con los acreedores, el mercado y el dólar. A esas penurias debió sumar más tarde las protestas de la oposición en el Senado por la falta de reacción de Amado Boudou frente a los múltiples procesamientos y la negativa del vicepresidente a pedir licencia mientras se sustancien esas causas que van desde el escándalo Ciccone hasta problemas con la radicación de un auto.
La historia de los choques legislativos, con sus particularidades en cada caso, se repitió en el resto de los éxitos que el Gobierno tuvo este año en los recintos.
En un rápido resumen, puede recordarse la aprobación de la ley para el pago a Repsol por la expropiación del 51% de las acciones de YPF. La necesidad de pagarle a Repsol fue sostenida por toda la oposición, pero cuando llegó el momento, nadie apoyó la forma en que avanzó el kirchnerismo.
La misma regla puede aplicarse al Código Procesal Penal en votación este fin de año o a la Ley de Trabajo Registrado, que también terminó en polémica. En el primer caso, tras un inicio que pareció de moderados acuerdos, aparecieron duras quejas, como la del radical mendocino Ernesto Sanz, que cuestionó la expulsión de delincuentes extranjeros sin juicio previo.
En el recuento de batallas mucho más cruentas están la Ley de Telecomunicaciones, que abre la competencia a las empresas de telefonía para prestar servicios de televisión, la estatización de la Universidad de Madres de Plaza de Mayo, la ley que otorgó inmunidad a los depósitos de bancos centrales extranjeros en el país (una suerte de reciprocidad que el país otorgó para dar señales en medio de la guerra con los fondos buitre, pero que por ahora tiene efecto práctico nulo), la nueva Ley de Hidrocarburos y, sobre todo, el paquete entero de reformas a la Ley de Defensa del Consumidor y la Ley de Abastecimiento, que la oposición denunció como una herramienta de la Secretaría de Comercio Interior para presionar a las empresas y obligarlas a fijar precios, cuotas de producción y hasta stocks. Todas fueron sancionadas en medio de denuncias y amargos debates como hacía años no registraba el Congreso.
Dos leyes, finalmente, pueden rescatarse como hitos de este año: el Presupuesto nacional nunca tuvo tan poca relevancia en el debate parlamentario como este año. Por el contrario, hubo una excepción casi perdida en medio de griteríos en los recintos: el Digesto Jurídico estuvo entre los pocos temas que se lograron aprobar por consenso.
El resumen sirve de antecedente a lo que vendrá. Esta vez, 2014 no termina con un horizonte de descanso para todo el verano. La certeza no existe, pero todo el kirchnerismo recibió señales de no alejarse demasiado de la Capital Federal hacia fin de enero. En el centro de la estrategia del Gobierno frente a los fondos buitre (incluso para quienes se desesperan en el oficialismo por mejorar el perfil financiero del país en 2015 y enfrentar la dura campaña electoral) está el silencio hasta que pase diciembre y caiga la cláusula RUFO, con la posibilidad luego de abrir la negociación en Nueva York.
Si esa ilusión tiene su premio y hay negociación con los fondos NML Capital y Aurelius en las oficinas del "special master" Daniel Pollack, el verano será corto en el Congreso y, sin duda, aunque la oposición sostenga a gritos la necesidad de salir del default y regularizar la relación financiera del país con el mundo, una vez más habrá guerra y falta de consenso cada vez que se tengan que debatir las iniciativas en los recintos.

