24 de marzo 2011 - 00:00

Cristina en el sur, ocupada en estrategias provinciales

Cristina compartió la inauguración de la sede del club Boca de Río Gallegos con Julio Grondona. Pero el armador del circo no se mostró: Lázaro Báez se quedó entre la gente, al fondo del salón.
Cristina compartió la inauguración de la sede del club Boca de Río Gallegos con Julio Grondona. Pero el armador del circo no se mostró: Lázaro Báez se quedó entre la gente, al fondo del salón.
La bandera con la sigla FVS colgada, alto, de una pared. Cristina de Kirchner la detectó y la usó para disparar una anécdota añeja: dos décadas atrás, en ese salón, que ayer inauguró remodelado, se toparon dos ramas internas del PJ, como antesala de una interna.

«Me acuerdo cuando fundamos el FVS. Me pusieron encabezando la lista de diputados. Y yo no quería. Daniel iba en otra lista. Y gané». El Daniel invocado no era otro que Peralta, el gobernador de Santa Cruz, y blanco móvil del ultracristinismo que empuja para, si no desplazarlo, al menos fijarle límites y condicionarlo.

En rigor, el show de anoche en Río Gallegos fue gestionado, en persona, por Lázaro Báez, administrador del club Boca de esa ciudad, que preside su hijo Martín. El empresario K desplegó sus virtudes: reunió a ministros, caciques locales y hasta al titular de la AFA, Julio Grondona.

Explícitamente, aunque fue invitado, Peralta estuvo al margen de todo el dispositivo. Lázaro encarna una rama K que tensiona con Peralta: patrocina, por caso, a Daniel Álvarez, exsecretario de Néstor Kirchner, como postulante oficial para la intendencia de Gallegos.

Tiene, por lo pronto, una frontera: Cristina de Kirchner, que en su discurso recordó su antiguo triunfo sobre el gobernador -aclaró, luego, que lo decía con «cariño»-, anticipó a sus laderos santacruceños que en esa provincia estarán expresamente prohibidas las colectoras.

El mecanismo que la Casa Rosada promueve en varias provincias, aun -o sobre todo- las gobernadas por el peronismo, no podrá usarse en Santa Cruz, en particular en el tramo de gobernador. En «Tierra Santa», las reglas son diferentes de las que rigen para los demás.

La razón tiene un soporte realista. En 2009, el kirchnerismo perdió frente al radical Eduardo Costa. Para 2011, la Presidente dio la orden de evitar sorpresas y descartó de lleno la alternativa de autorizar una candidatura paralela a la de Peralta.

Como un karma, Costa aparece como un candidato peligroso en la pulseada por la reelección, y a diferencia de otros dominios, como Córdoba -donde amaga con autorizar una colectora contra José Manuel de la Sota que podría darle la victoria a Luis Juez-, en Santa Cruz no habrá doble candidatura K.

Por eso, por ahora, el gobernador marcha sin sombras a ser la oferta K de octubre, pero está abierta toda la discusión de ese renglón para abajo: para empezar, de la vice; luego todos los cargos, en particular las bancas provinciales y, también, las intendencias.

Báez, uno de los dos empresarios emblemáticos del septenio K -el otro es Cristóbal López-, inició un giro para incidir en los asuntos políticos de Santa Cruz. Como en otras actividades, comparte trinchera con Rudy Ulloa Igor.

Hay un ejemplo más cercano. Ayer mismo, antes de desembarcar en Río Gallegos, la Presidente estuvo en Río Grande, Tierra del Fuego. Se mostró con la gobernadora, Fabiana Ríos, y con las dos ofertas propias del kirchnerismo en la provincia: Rosana Bertone y Rubén Sciutto. Éste marcha a convertirse en el candidato a gobernador del PJ y aquella arma por fuera de la estructura partidaria. En el futuro, seguramente confluirán para enfrentar, en conjunto, a Ríos.

El paseo sureño de Cristina de Kirchner regaló, en paralelo, otros indicios. Santa Cruz ha sido, desde siempre, un campamento que los Kirchner reservaron para los pingüinos históricos. Alberto Fernández fue, en su época de jefe de Gabinete, uno de los pocos que escapaban de esa regla.

Ayer, Juan Manuel Abal Medina se convirtió en otra excepción de la regla. Apareció en un pelotón en el que estaban Carlos Zannini, el senador Nicolás Fernández; el secretario de Obra Pública, José López; el viceministro de Desarrollo Social, Sergio Berni, y, entre otros, el director de Vialidad Nacional, Nelson Perotti.

Influyente

Abal Medina, un escalón detrás de Zannini, es mencionado como uno de los funcionarios que mayor influencia ejercen sobre Cristina de Kirchner, y habitante de ese círculo donde habita también Héctor Icazuriaga, el titular de la Secretaría de Inteligencia, ex SIDE.

«Juanito», el apodo con que lo suele llamar la Presidente, aparece de hecho en la grilla de posible candidato para 2011, a pesar de que él soñaba con llegar, en un tercer mandato K, a jurar como ministro.

Su nombre -también el de Zannini- se ha citado como potencial vice en una fórmula encabezada por la actual presidente, pero en las últimas semanas su nombre apareció en carrera para otro sillón: la segunda butaca bonaerense, como escolta de Daniel Scioli. Esa cercanía lo puso, también, en la mira de los moyanistas furiosos que lo tildan de ser uno de los funcionarios que incentivan el recelo presidencial hacia el jefe de la CGT.

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