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Cristina le dijo a Bergoglio que, como él, se va en 2011
Guillermo Oliveri
Igual, Bergoglio salió contento del despacho presidencial para irse rápido al Senado a encontrarse con Julio Cobos. En frase que no olvidará ni el cafetero del área presidencial, dijo que estaba satisfecho porque había conseguido colocar a la Iglesia en el centro del escenario en un país con los tres poderes enfrentados entre sí. «En dos días he conseguido para la Iglesia lo que no había podido lograr en nueve años».
La Presidente recibió al trío de obispos -Bergoglio, Luis Villalba (arzobispo de Tucumán) y José María Arancedo (de Santa Fe)- con toda la artillería: Aníbal Fernández -habitual contertulio del cardenal-, Florencio Randazzo, Jorge Taiana y Guillermo Oliveri, secretario de Culto.
Luego de que los visitantes le dieron el documento «La Patria es un don, la Nación una tarea», tomó la palabra Cristina de Kirchner y no la dejó nunca. «Habló más que todos, dejó poco tiempo para las respuestas», comentó uno de los obispos. Echó mano de los papeles que suele usar en los discursos y leyó los grandes éxitos del Gobierno desde 2003 en materia de desempleo, crecimiento económico, balances positivos, etcétera.
Bergoglio, siempre amable, le señaló el párrafo del documento católico que llama a un diálogo institucional. Cristina lo paró: «El marco del diálogo es la Constitución; no hay otro». Cuando uno de los obispos intentó replicar algo sobre el estilo confrontativo, Cristina se le sobreimpuso: «Miren, señores, perdón, monseñores; yo no tengo por qué gustarles a todos, pero estamos acá para resolver los problemas de la gente».
Arancedo trató de llevarla a otro andarivel de la retórica con una frase de tipo: «Tenemos que aprovechar este año del Bicentenario para hacer que la política sea vista como la herramienta para la solución de los problemas. La política está muy desacreditada».
Como si fuera un dardo para ella, la Presidente respondió, aunque suave: «No hay Gobierno que haya hecho más para reivindicar a la política como éste». Pero no ha subido su prestigio, le responden. «Por favor, monseñores, no tenemos ningún problema serio en lo religioso que nos separe. Lo que tenemos que hacer es trabajar más juntos». Revoleo de sotanas del otro lado por esta oferta de caminar juntos.
Sabiendo que después venía la cita con Cobos, la Presidente dedicó un largo párrafo en defensa del uso de las reservas del Banco Central para pagar la deuda. «Hacemos lo que hacemos para mejorar la posición del país, aunque estemos pagando deudas de gobiernos anteriores que ahora no quieren que lo hagamos». Expuso la teoría de los demonios (endeudamiento caro en los mercados voluntarios que defendía Martín Redrado, endeudamiento barato con las reservas) y, mirando a Bergoglio, le dijo: «Siempre que pienso sobre deuda, recuerdo por pronunciamientos de la Iglesia, incluso de los papas, sobre cómo pesa sobre los más humildes». A Cristina, que quiere pagar deuda, Bergoglio le recordó: «Sí, hemos hecho muchos pronunciamientos sobre la deuda especialmente en la época de Menem, que quería pagar la deuda». El dardo llegó al otro lado de la mesa. «No es lo mismo; acá queremos pagar para asegurar la estabilidad y el crecimiento».
El encuentro fue una explosión controlada; ninguna de las dos partes quiso acercarse a la cornisa. Por eso, ni palabra de la ley de aborto presentada con firmas del oficialismo ni de la polémica sobre el vicariato castrense de aquel Baseotto que hubo una vez, ni de los choques con el Gobierno sobre cifras de pobreza que hicieron rabiar a los Kirchner en más de un palco. Optimistas de la concordia, aunque fuera por un instante, el final de la charla fue hasta entretenido y como entre quienes querían salir más amigos que cuando entraron. Lo consiguieron al punto de que el cafetero, cuando levantaba solo el menaje, musitó: «Qué divertidos que son».


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