15 de junio 2009 - 00:00

Cristina, obligada a look despojado por un imprevisto

Cristina de Kirchner llegó ayer a Ginebra con estilo casual, sin maquillaje y con grandes lentes de sol que no se quitó en todo el día.
Cristina de Kirchner llegó ayer a Ginebra con estilo casual, sin maquillaje y con grandes lentes de sol que no se quitó en todo el día.
¿Dónde quedó el glamour de Cristina de Kirchner? Sorprendió ayer en Ginebra, extremadamente casual en una visita oficial. Con el rostro desprovisto de make up y en la primera aparición así desde que asumió. Extraño en ella, que se preocupa por lucir moderna y acostumbra a desplegar ajuar de lujo en cada viaje al exterior. Casi improvisada se la vio.

No está mal que se haya dado un recreo y con un vestuario despojado -vistió un outfit sencillo, de camisa estampada y pantalón negro-, pero llamó la atención que lo haya hecho en su llegada a Suiza, donde sabía que todas las cámaras la iban a estar esperando.

Para más, usó grandes lentes de sol durante todo el día, lo que puso en evidencia alguna cuestión particular más que un estado de ánimo.

Se podría pensar en otro ataque de rebeldía de la dama, a quien le gusta romper con los protocolos y, como si se tratara de una diva, en varias oportunidades se negó a quitarse las gafas, aun durante reuniones con pares.

Quizás un recurso para demostrar que está atenta a las nuevas tendencias, en una temporada en la cual los diseñadores proponen el regreso a lo natural con rostros apenas maquillados, y les dan a los accesorios, como los lentes, mayor protagonismo, convirtiéndolos en parte esencial del look.

Pero la elección de ese accesorio chic, que impusieron hace décadas algunas celebridades como Audrey Hepburn, Greta Garbo, Jackie Kennedy, Brigitte Bardot y supieron reflotar en los años noventa Sharon Stone y Nicole Kidman, esta vez en la Presidente no tuvo que ver con su costado «fashion victim».

Tampoco fue por cuestión de divismo, sino un intento de cuidar la estética y disimular un brote de rosácea. Ese mal del que sufre desde su juventud y que le impide tomar sol volvió a atacarla en los últimos días, obligándola a aparecer en público a cara lavada.

Un detalle que quiso disimular detrás de unos grandes lentes de sol envolventes, pero que no pasó inadvertido para quienes pudieron observarla de cerca.

Fantasma

Y si bien la Presidente sufre de las más leves, la rosácea es como un fantasma que persigue y reaparece en el cutis ante situaciones estresantes. Le pasó a Cristina cuando cambió su mansión en el Sur por la residencia de Olivos, cuando Néstor Kirchner asumió la Presidencia.

Seguramente los nervios electorales o el temor a viajar en avión luego del accidente de Air France (por el que se negó a subirse a un Airbus para llegar a Ginebra) serían los culpables de la reacción en la piel.

Lo cierto es que a pesar de que intentó compensar la falta de sombras y rubores con un rouge rosado en los labios y con esos lentes vintage inspirados en los años sesenta -a tono con el último grito de la moda-, no logró disimular el cambio en el rostro.

Inevitablemente esas gafas tan grandes y llamativas conducían todas las miradas hacia la cara, en lugar de desviarlas hacia otra parte del cuerpo. Hubiese sido mejor que se mostrara con el rostro despejado y que pusiera el acento de su look en el escote con algún accesorio llamativo como una de esas gargantillas de oro macizo que tanto le gustan o los coloridos pañuelos de Hermès que suele usar y que tanto distraen la mirada ajena. Pero no llevó ninguna joya, salvo un cintillo de oro con strass violetas en la mano derecha.

La ropa, un conjunto poco elaborado, no mereció tampoco mayor atención, en una ocasión en la cual la hubiera beneficiado uno de esos tailleurs en tonos estridentes que explotó en el verano.

Estrategias visuales que muchos famosos que sufren esa enfermedad -como el ex presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, la cantante Mariah Carey, y las actrices Cameron Díaz y Lisa Faulkner- saben poner en práctica.

Es que en vez de dejarse deslumbrar tanto por las novedades que arrojan las pasarelas, prestan mayor atención a aquellos detalles que se ajustan más a sus necesidades.

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