24 de agosto 2011 - 00:00

Cristina se despega: ordenó no meterse en la crisis de la CGT

Cristina se despega: ordenó no meterse en la crisis de la CGT
El destino de Hugo Moyano en la CGT depende, en esta hora crítica, de su cintura política. En una especie de tregua, Cristina de Kirchner ordenó abstraer a la Casa Rosada del vendaval gremial que forzó una desmentida del camionero sobre su renuncia anticipada.

La postura oficial es simple: no agitar las embestidas contra el jefe de la CGT, pero tampoco salir en su defensa. Una equidistancia que puede leerse de dos modos: que el Gobierno lo abandonó a su suerte o, por el contrario, que no conspirará en su contra.

Sólo el paso de los meses -difícilmente haya algún movimiento K antes de las elecciones de octubre- responderá ese interrogante. Entre tanto, la Casa Rosada priorizará el vínculo formal con la CGT y le devolverá a Moyano su protagonismo «institucional».

«Moyano es el único responsable del malestar que generó entre los gremios y es él quien debe resolver esos problemas», confió un dirigente que analizó con la Presidente la situación del jefe de la CGT.

Esa temporada de observación pasiva -que se interrumpirá si se precipita un conflicto mayor- no implica que la Casa Rosada no sepa que la usina central de la avanzada contra el camionero es el sector anti-K que comanda Luis Barrionuevo, lugarteniente de Eduardo Duhalde.

En simultáneo, asumen que el modo de conducción de Moyano es un factor de tensión permanente en la CGT. En Azopardo, incluso entre los leales al camionero, asumen que la relación con la Casa Rosada no puede seguir supeditada «a los humores de Moyano».

Tras la secuencia negra que arrancó con el exhorto suizo, siguió con el faltazo de Cristina de Kirchner al acto del Día del Trabajador y la mínima presencia gremial en las listas K, el camionero decidió enfriar su diálogo con el Gobierno y puso a la central en modo neutro.

Para evadir esa traba, el taxista Omar Viviani tendió un puente con Julio De Vido y Amado Boudou: se planeó un almuerzo, sin Moyano, luego frustrado. Antes, la Presidente borró al ministro K como enlace del camionero y centralizó ese contacto en Carlos Zannini.

En las últimas semanas, Moyano recompuso con Viviani y realineó al «club del Subsidio», definición poco amable que se da a los gremios nucleados en la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT) porque se trata de rubros subsidiados.

En paralelo, reconstruyó su relación con De Vido y festejó la entronización de Boudou como candidato a vice, el funcionario K de más rango que elogia al camionero. Así y todo, es ostensible la diferencia de trato de Moyano con la Casa Rosada y con Daniel Scioli.

Apenas una simulación. El jefe de la CGT se arrepiente, cada mañana, de haber pujado por quedarse con la jefatura del PJ bonaerense, aventura que le dejó una profunda herida en el orgullo: comprobó, frente a los desplantes de los caciques peronistas, que fuera de la galaxia sindical su poder es relativo. Admite, dolido en el ego, que es Scioli quien, en la práctica, ejerce la jefatura del peronismo de Buenos Aires.

Ring mutante

En 2008, Moyano reunió a su alrededor a un batallón de gremios que le permitían, en caso de pulsear voto a voto, ser electo como secretario general de la CGT sin necesidad de acuerdos forzados.

Así y todo, para dibujar una unidad global, Néstor Kirchner intercedió para alinear detrás de su figura a los independientes Gerardo Martínez (UOCRA) y Andrés Rodríguez (UPCN), además de los «gordos», con la única salvedad de Barrionuevo, quien encabezó una secesión y conformó la CGT Azul y Blanca.

Aquella foto mutó. En los últimos tres años y medio, Moyano perdió aliados esenciales: Gerónimo «Momo» Venegas, de UATRE -uno de los gremios con más afiliados y, por tanto, más delegados en el Congreso de CGT- dejó de asistir a Azopardo y se atrincheró con Duhalde.

Esa «amistad» está crionizada: el diálogo entre ambos dirigentes sólo se recompuso, eventualmente, cuando Moyano promovió una declaración oficial cegetista contra la detención de Venegas. Este le devolvió el gesto: convenció a Duhalde de suspender sus feroces críticas al camionero.

Otro aliado en fuga es Roberto Fernández, de la estratégica UTA, que se plantó ante Moyano cuando éste trató de digitar las acciones de su gremio.

También debe computar como pérdida a Luis Bernabé Morán, de la Federación de Alimentación, que le había arrancado a los «gordos», ya que ese gremio lo controló durante años Héctor Daer, acérrimo enemigo del camionero.

Otra baja, más emblemática que numérica, fue la del panadero Abel Frutos, también asociado al duhaldismo, que durante la gestión anterior de Moyano fue un protagonista clave en el Consejo Directivo.

Además, aunque sin romper pero con mayores gestos de autonomía, y pretensiones para protagonismo si deviene una era post-Moyano, aparecen Mario «Paco» Manrique de SMATA y Omar Maturano de La Fraternidad, dos jerarcas que tenían enlace con los «gordos pero en su momento, vía De Vido, se acercaron a Moyano.

En ese ring, Moyano no tendría hoy número para ser reelecto sumando los votos propios y los de sus leales. Ante eso, la incidencia de la Casa Rosada para, por ejemplo, arrimar a los independientes y a algunos «gordos», podría ser esencial.

Es la carta, de última, que se guarda Cristina de Kirchner.

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