11 de agosto 2009 - 00:00

Cupones Bursátiles

Según leíamos en la semana durante el arribo de balances en el ámbito del NYSE, la compañía Goldman Sachs anunció sus resultados positivos. Y con 113 millones de dólares provenientes de su división «trading». De inmediato, todavía fresco en la memoria, lo relacionamos con aquellos comentarios sobre los «supercomputadores» que -de modo inaudito- están logrando para las firmas que los tienen, entre ellas la mencionada (y autora de la frase «No nos parece injusto...»), ponerle la ansiada «manija» al sistema. Esto es, obtener beneficios sin riesgo alguno. Simplemente, aprovechar ventaja de juego, proveniente de lo tecnológico, para montarse en las órdenes genuinas que arriban al mercado y oficiar de intermediarios privilegiados comprando a menos y vendiendo a más.

Por supuesto que no resiste el menor análisis y está claro que jugar parasitariamente sobre órdenes de otros convierte a esta operación en no genuina. Artificial, ilegal por donde se la quiera juzgar.

A nuestro colega que a diario describe el desarrollo de la Bolsa de Nueva York le resultaba insólito que el principal mercado del mundo esté dando muestras de la vetustez de su sistema informático, permitiendo que ordenadores más sofisticados lo estén penetrando, violando diariamente y haciéndoles perder dinero a los operadores que se mueven dentro de un juego limpio de oferta y demanda. Dejando que deban aportarle centavos de cada operación a los que solamente juegan por izquierda, vulnerando todo principio elemental de la oferta pública y libre. Si a estos niveles ha llegado la degradación, sustentada además en firmas de larga trayectoria y supuesto prestigio, ¿cuál es el grado de exposición para el resto del mundo? En especial, para los que no poseen la tecnología de punta.

Para decirlo sin reparos: imaginar a un «superordenador» pinchando órdenes de un mercado como el nuestro, que hace tiempo se mueve en base a terminales y no a un recinto «voceado» y de cuerpo presente, resulta entrar en una pesadilla. Con el nivel de negociación tan raído como el de Buenos Aires, es casi seguro que no resultaría demasiado imán para disponer de semejante tecnología. Pero nada se puede desechar cuando se trata de montar un tipo de negocio «sin riesgo» alguno, aprovechando la indefensión de un sistema institucional. No sabemos tampoco en qué punto de la escala técnica se encuentra ahora ubicado nuestro sistema. Pero aterra llegar a pensar en «lo otro».

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