8 de marzo 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

En las síntesis que publica el diario Clarín, del diario The New York Times, apareció una nota referida a opiniones frescas, respecto de lo que debe resolverse en este año 2010. Y que es tema de ultrafondo, para la salud futura de economías y mercados: las regulaciones.

¿Y quién aparece por allí, oponiéndose a las medidas propuestas por Paul Volcker?... Un prominente directivo de Goldman Sachs, entidad que -se dice- está haciendo el consabido «lobby» en el Congreso, para evitar que las medidas regulatorias salgan sancionadas. Con esto se confirma el perfil que habíamos trazado sobre tal banco de inversión y que hoy -es indudable- constituye la mejor representación del «diablo» en los mercados. La gente de Goldman Sachs pretende que todo siga siendo una jauja. Y que los gobernantes se encarguen de recoger y cambiar los vidrios rotos. Unas veces con un representante de la firma, otras con otro, son la punta de lanza para convencer -vaya a saberse con qué tipo de estimulantes- a legisladores. Y hacerlos desechar reformas y regulaciones, que pongan un dique de contención al desmanejo de los mercados y la posterior desesperada ayuda, que requieren de los Gobiernos. En general, en Wall Street, la mayoría está de acuerdo con lo dicho por John Bogle, un veterano de muchas batallas y ejecutivo de «Vanguard Group», que dijo: «Creo que el sistema se ha descarrilado y necesita una reforma masiva»...

Alguien, menos presentable y lejos de poder ser un personaje favorito, George Soros (viejo bribón de los mercados) apuntó que: «Las grandes compañías disfrutan de una garantía implícita, fingir que se les permitirá fracasar no es creíble». Y apoya la limitación a la utilización de «derivados» de los mercados. Cómo estará la cuestión que hasta alguien que se ha servido del plato de la «desregulación», ahora pide que se coloquen límites precisos a la actuación de las entidades. Hasta ejecutivos veteranos del Citi Group -como John Reed- piensan en reflotar la vieja Ley «Glass-Steagall» de 1933, donde los bancos quedaban impedidos de participar en inversiones riesgosos, como acciones y bonos.

La discusión fundamental está en primer plano (mucho más importante que las estupideces que se siguen polemizando en nuestro medio) pero puede ser que las intenciones de Volcker -apoyadas por Obama- lleguen a deparar un nuevo-viejo rumbo perdido, el de tener bancos dedicados a lo suyo y sin correr aventuras que hay que rescatar.

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