20 de septiembre 2012 - 00:00

Cupones bursátiles

El «OWS» no es un nuevo modelo de celular, ni algún club de fútbol europeo; la sigla significa «Ocupemos Wall Street». Y sus adherentes (los que quedaron, después de ser desalojados cuando querían ocupar espacios públicos de toda especie) decidieron realizar la «conmemoración», a un año de su existir. Así fue que se reunieron frente a Wall Street. La nota de color es que la pequeña manifestación llevaba entre sus líderes al Obispo de la Iglesia Episcopal, vocero que se despachó de lo lindo: «Estoy aquí a raíz de la codicia de Wall Street, todos los caminos conducen a Wall Street: controlan nuestras vidas...». Es cierto que Wall Street resulta -acaso- el mayor símbolo del capitalismo y está expuesto, como tal, a ser venerado en las épocas de bonanza (donde todos concurren a saciar su codicia, sin que nadie los lleve) y verse crucificado si el ciclo económico transita por la fase negativa.

En todo su historial existen muchos capítulos: ha debido purgar por culpas propias, bursátiles, de desmadres y fechorías, como en otras y desde la tóxica «securitización», siendo el emblema que pone la cara, mientras los verdaderos bribones quedan cobijados y fuera de la mira de la gente.

Ahora sigue pagando por las aventuras de banqueros irresponsables, que convirtieron hipotecas impagables en bonos actuantes en Bolsa. Pero no existe ninguna organización con la sigla «OGS» -por ejemplo-, que sería la de acometer contra instalaciones de «Goldman Sachs». Y hasta trazar un recorrido, para acosar a casi toda la banca de Estados Unidos (para que sintieran el clamor de esos indignados). Pasado el tiempo, ya van unos cinco años, nada se estableció en concreto para reflotar la legislación derivada de la crisis de 1930 y donde se crear un muro legal para separar los negocios de la banca, de los bursátiles y de inversiones. Bajó aquella mágica palabreja inventada -»securitización»- los banqueros logaron que los negocios bancarios se transformaran en bursátiles. Modo de desarrollar sus fastuosos crecimientos -como con las hipotecas- quitándose la responsabilidad de encima. Y de tal modo poseen el poder de la información dirigida, que cuando la cuestión estalla, desvían la atención de los ciudadanos más irritados apuntando con el dedo al edificio de Wall Street. Tan efectivo, que hasta aparece un Obispo apedreando a lo bursátil y -quizás- absolviendo: a los «buenos muchachos» de la banca.

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