2 de octubre 2013 - 00:00

Cupones bursátiles

John Gates, alto, ojos azules, cabello negro, sonrisa de gato y mirada de lince, ya daba indicios de que llegaría a lo más alto desde los tiempos en que era un simple vendedor de alambre de púas.

Llegó a apostar un millón de dólares a cuál mosca sería la primera en abandonar un terrón de azúcar; desde ese día lo llamaron John "apuesto un millón" Gates.

Su carrera comenzó con un viaje a San Antonio, Texas, en 1876, donde se contactó con Isaac Ellwood, quien lo contrató como vendedor para la Washburn-Moen, empresa fabricante de alambre.

Tenía una fuerza avasallante y un refinado olfato para los negocios. Para vender los alambres, montó un corral con 25 toros a los que azotó con fiereza, para demostrar la resistencia del producto. Las órdenes de compra llegaron por miles y su patrón se convirtió en millonario, pero no aceptó compartir el negocio con él, así es que Gates, con la ayuda de un abogado de Chicago, Elbert Gary Henry, en 1898 creó un monopolio de fabricación de alambre en los EE.UU. denominado American Steel and Wire Companc, que se vendió en 1901 a JP Morgan.

Años más tarde, absorbería la empresa de Ellwood su expatrón.

De allí en más acumuló éxitos y fracasos; con acciones del ferrocarril Unión Pacific ganó unos 50 millones, pero como contrapartida se peleó con JP Morgan y resultó vencido.

En 1907, fundó una casa de Bolsa que dirigía su hijo, pero la crisis financiera y el pánico acabaron con la carrera de "apuesto un millón" en Wall Street.

Luego de unas vacaciones en Europa, regresó con todo y apostó por una pequeña empresa petrolera, la Texas Oil Co. Los réditos fueron enormes y comenzó a desarrollar Port Arthur. De esa manera, consiguió dominar el sector inmobiliario y el de los ferrocarriles. La Texas Oil Co. hoy es Texaco, y Port Arthur, el mayor puerto del sur de los Estados Unidos.

"Apuesto un millón" fue, ante todo, un aventurero. Su vida estuvo llena de alzas y bajas, pero supo aprovechar los traspiés para aprender de sus errores y resurgir con nuevos bríos. Por eso, el cimbronazo de 1907 no logró vencerlo, pero le enseñó una lección: desde aquel día John Gates nunca más apostó por dinero.

A su muerte, en 1918, su viuda donó la Biblioteca Gates Memorial a la ciudad de Port Arthur, que presta servicios hasta nuestros días.

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