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De la molleja como arma política
Embajadores entre las fieras. El representante de la Argentina en Estados Unidos, Héctor Timerman, y su colega, Vilma Martínez, fueron recibidos por sindicalistas: anteojos de sol y barrigas.
El jefe de la misión, Engel, empardó el espectáculo con frases que maravillaron a los anfitriones: «Soy el hijo de un dirigente metalúrgico, verlos a ustedes es ver a mi padre». Moyano y el grupo de acompañantes no esperaban tanto y hasta alguno lagrimeó por esa bendición imperial. Hombres duros como estos gordos que no sin gordos como Juan Carlos Schmidt (compañero de Dragado y Balizamiento), José Caló (metalúrgicos), Omar Viviani (taxistas), Amadeo Genta (municipales), Omar Plaini (canillitas), Octavio Argüello (SMATA), Guillermo Pereyra (petroleros patagónicos), Claudio Palmeiro (también del taxi), Mario «Paco» Manrique (SMATA), Norberto Di Próspero (empleados legislativos) y el legendario Oscar Mangone (del gas), entre otros, tampoco olvidarán tamaño afecto. Son gente de códigos, que lo sepa el compañero Engel.
Después del repaso de la memorabilia sindicalista que adorna el palacio de la calle Azopardo, empezó la bacanal gastronómica que animaron discursos de Moyano y Engel. El camionero se empeñó en un largo speech reclamando que la seguridad jurídica (se privó de mencionarlo al malhadado Arturo Valenzuela) en la Argentina la había traído el actual Gobierno. Para no exacerbar disidencias agregó: «El movimiento obrero siempre defendió los intereses de los trabajadores, en favor de ni uno ni otro Gobierno. Apoyamos este Gobierno porque les ha dado a los trabajadores el lugar que les dijo Perón debían tener».
Mirando de a uno a los invitados dijo: «Las empresas argentinas y extranjeras tienen que respetar las leyes laborales del país, más allá de que se debe proteger la inversión».
Destacó -en un intento de empardar los títulos en materia de derechos humanos de algunos de los visitantes, como la embajadora Vilma Martínez y la californiana Woolsey- las viejas luchas: «Sufrimos cárceles y desapariciones, que fueron la mayoría de extracción obrera, como fuimos víctimas con gobiernos civiles liberales y militares».
Dio espacio a la hora con un brindis por Redrado: «Tenemos que recuperar la seguridad y la protección del trabajo. Hay quienes acusan a este Gobierno de usar fondos de reservas para mantener la actividad económica, pero se está haciendo lo mismo que en los Estados Unidos, donde han usado trillones de dólares para proteger empresas y el trabajo».
Rozó la imprudencia cuando citó el caso de empresas norteamericanas con conflictos, pero deslizó el mensaje amigo: «Ustedes saben que nos ocupamos mucho del caso Kraft». En ese episodio la comisión interna de la firma criticó a la CGT por no acompañarlos en el reclamo, y Moyano respondió con críticas a trotskistas y otros enloquecidos del gremialismo basista.
Engel estuvo más profesional que nunca: «Me han dicho que soy el primer legislador de mi país que entra aquí y que es un hecho histórico. ¡Sí, ésta es la historia que me gusta hacer a mí!». Y repitió las zalemas: «Soy hijo de un metalúrgico, hice piquetes en huelgas, apoyaba a huelguistas, viajé a Filadelfia a apoyar con mi padre una huelga que hizo historia. Cuando entré aquí, sentí lo mismo que sentía cuando entraba a los gremios con papá». «Y les digo -les dijo-: un país se mide por cómo trata a sus trabajadores». Aplausos y levantada de copas.
Entusiasmada, tomó la palabra Lynn Woolsey, presidenta del caucus progresista y se preguntó, mientras terminaba de digerir un hilo de molleja que se le quedó por ahí: «¿Por qué no hemos tenido diálogo en 70 años teniendo los mismos intereses? A lo mejor porque antes no estaban ustedes ni nosotros, que pensamos hoy lo mismo. Sé que las economías resurgen cuando el trabajo está garantizado». Y apeló al pasado sindical de sus padres: «Mi padre decía: Si no tenés un trabajo, no sos nada, y la protección del empleo es la única forma de salir de una crisis».
El resto del almuerzo se fue en improvisados corros de los invitados a quien Moyano intercaló con sus compañeros. El idioma, la distracción del menú y la siesta que amenazaba implacable impidieron otros aportes, salvo la frase de un legislador que el traductor se empeñó en repetir en voz alta: «Valenzuela no dijo lo que pensaba, sino lo que le dijeron acá». Aplauso, brindis por Valenzuela. En la despedida, los invitados cargaron sobre sus brazos, cada uno, un volumen del «Martín Fierro» en versión bilingüe, mates de plata (uno dedicado especialmente para la embajadora Martínez) y una ristra de banderines, uno por cada gremio de los compañeros presentes. La embajadora retrucó con dos libros que ingresarán a la pingüe biblioteca de la CGT, uno sobre historia de los derechos civiles en los Estados Unidos y otro sobre Martin Luther King.


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