«Todos estábamos convencidos de que era de Bertolt Brecht; pero me enteré en el Museo del Holocausto en Washington que no era de Brecht, sino de un judío, pese a que Brecht también lo era».
La frase ayer en Montevideo de Cristina de Kirchner -en relación con el archiconocido poema sobre la privación de la libertad de diversos grupos sociales y étnicos- tiene la curiosa virtud de reunir en un texto tan breve una asunción mayestática, la admisión de un aprendizaje tardío y el reemplazo de un error por otros dos. Veamos:
«Todos estábamos convencidos de que era de Bertolt Brecht». En realidad, la falaz atribución del poema al bardo alemán ha sido un producto casi exclusivo de la imaginación argentina (casi tan feraz como cuando le atribuyó a Jorge Luis Borges un poemastro en el que se proponía tomar más helados). La Presidente no lo sabía, ergo, el error era «urbi et orbi».
Cristina dice que se descubrió la falacia en el Museo del Holocausto de Washington, que visitó en mayo de 2007; hace recién dos años entonces que quien era por esos días primera dama conoció que Brecht no era el que se decía que era.
El aprendizaje no fue completo, sin embargo: Brecht no era judío, sino hijo de un matrimonio de católico y protestante, estudioso de la Biblia y criado en un hogar cristiano.
El autor del poema es Martin Niemöller, un pastor protestante preso de los nazis entre 1937 y 1945, quien obviamente no profesaba la fe judía. La Presidente quizás no fue bien informada por sus anfitriones sobre la filiación del poeta; seguramente dedujo que el apellido podía corresponder a un judío alemán.
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