23 de octubre 2009 - 00:00

De una burbuja se sale inflando otra burbuja

De una burbuja se sale inflando otra burbuja
La idea de que de una burbuja se sale inflando otras burbujas está instalada. Aun entre los profanos. De la crisis de 2001 -el derrumbe de las Bolsas y la recesión internacional amén de la hecatombe de las acciones tecnológicas y de las Torres Gemelas- se escapó por la tangente de la bonanza arrolladora de los inmuebles. Que, como bien se sabe, cobró grandes alturas hasta precipitarse dos años atrás con tremenda factura. Si es verdad que el tiempo es oro, canjear un huracán en 2001 por otro en 2008 no fue una mala transacción.

Los globos que se elevan nunca son los mismos. Las acciones se recuperaron con fuerza en 2003 y el Dow Jones estrenó récords en 2006, pero el NASDAQ de los 5 mil puntos es historia archivada. Nunca más volvió. De los protagonistas rutilantes de la Nueva Era, los papeles de internet, que valían más cuanto más perdían, sólo queda un puñado de sobrevivientes. Y vale rescatar el contexto. Ni el avance tecnológico se detuvo. Ni el desarrollo de la red.

Cambian las pompas de jabón, pero siempre se usa el mismo inflador. Es un legado cultural de la Gran Depresión. Desde que cada país cuenta con un banco central, desde que se leyó a Keynes y, si se quiere, desde que la tesis del «dinero elástico» de Milton Friedman convenciera a (casi) todos. En la zozobra, el aliento exógeno -financiero, monetario, fiscal- fluye generoso y rápido para aventar los peligros. Cuando lo que apremia es el fin del mundo, no cabe esperar mesura. Pero no es cierto que se precise montar otra burbuja para zafar de los grandes embrollos. Se necesita, sí o sí, recobrar la confianza. Y qué mejor, entonces, que la confianza resurja sin timidez. Después de todo, el fervor está en las antípodas de la depresión. Pero alcanza con eso. Si más adelante habrá que enrollarlo, no sirve que crezca hasta el cielo.

Cuando lo que despunta es el fin del mundo, el paraíso de los inversores es el «cash» y los bonos del Tesoro. Si las políticas públicas no interviniesen, ¿cómo «fabricarlos» para atender esa demanda imperiosa? La única forma de obtenerlos es vender los otros activos en cartera y transformarlos en «cash» (y bonos del Tesoro) o bien dejar de gastar. Se sabe: el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Fijas las cantidades de dinero y bonos del Tesoro, y expresados los precios en dinero, el ajuste sólo puede proceder por la vía de la deflación. Es el guión de la crisis post-Lehman; la razón detrás del derrumbe de los precios de los activos y de los índices generales de precios. En el afán de buscar la salvación individual, si los gobiernos permanecen impasibles, los inversores cavarán con ahínco una fosa común. Si -como es lógico que suceda- se afecta la velocidad con que circula el dinero, y todo el mundo lo atesora, la obra estará lista mucho antes.

Que los gobiernos entren al ruedo -y lo hagan con energía- no supone ninguna burbuja. Si la crisis de 2008 no se convirtió ya en la Gran Depresión II fue porque los bancos centrales tuvieron éxito en impedir la destrucción de la cantidad de dinero (aunque no hayan logrado evitar el recorte del crédito al sector privado). Ello obligó a suministrar enormes volúmenes de reservas bancarias que permanecen sin prestar. La cantidad de dinero en los EE.UU. es sólo 7% más alta que cuando se derrumbó Lehman (en contraste con la caída del 25% de la Gran Depresión). El déficit fiscal, con el ejercicio 2008/2009 ya cerrado, trepó a un 10% del PBI (un 25% menos que lo que se proyectó en marzo) y su financiación proveyó un fuerte aumento de deuda del Tesoro en circulación. Pero la demanda agregada, que es lo que cuenta a la hora de batir el parche de la inflación minorista, no creció sino que se redujo.

La efervescencia existe. Hace nido en la copa de los árboles. No está en la raíz de la actividad económica -excepción hecha de China- sino en las expectativas. Su impulso revivió la demanda de activos de riesgo. Allí es donde chispea el fervor. Pero ¿de qué burbujas se trata? ¿Las del champán o las del agua mineral? Wall Street trepó entre un 50% y un 60% desde marzo, pero todavía cotiza por debajo de sus precios nominales de diez años atrás. Estas semanas, el derrape del dólar, por supuesto, agitó las aguas, y río revuelto es ganancia segura de pescadores. Las materias primas y las economías emergentes brillan como pocas veces. Pero que el dólar patine genera ásperas resistencias (fuera de los EE.UU., por supuesto). Su utilización no admitirá una sobredosis (la única duda es si hará falta o no que ocurra una crisis cambiaria).

Para los inversores que de temer el fin del mundo ahora temen la inflación, la odisea de 2001 es una referencia útil. La racionalidad que gestó la bonanza de los inmuebles les resultará familiar. Entonces, como ahora, las políticas monetarias y fiscales tuvieron que inflamarse de urgencia y sin saber hasta dónde. La decisión de comprar bienes raíces descansó en la certeza de que los gobiernos pueden replicar dólares y papeles, pero no ladrillos (y, mucho menos, una dirección distinguida). La historia es conocida: los precios inmobiliarios aceleraron su marcha (hasta duplicarse en gran número de países). Mientras el entusiasmo duró, la inversión fue un negocio brillante (a pesar de que la construcción multiplicó los ladrillos a paso firme). Y aunque la alta inflación no se produjo nunca, hubo sí un fuerte cambio de precios relativos que mantuvo la vela encendida. Haber visto toda la película -incluyendo el derrumbe final- enseña que no hace falta tener razón, que se puede ganar fortunas estando equivocado cuando la compañía es muy nutrida.

Y un último comentario. Si la lección de la crisis es que los precios de los activos importan, y no sólo la estabilidad de la inflación minorista, todo proyecto prometedor de burbuja puede toparse con la agresión directa, personalizada, de una súbita mudanza de regulación. La movida de Brasil -gravando las entradas de capitales- fue apenas un pequeño aviso de lo que pueden ser las nuevas reglas del juego. Si serán eficaces o no, ésa es harina de otro costal. No se sabrá hasta probarla.

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