(Des)concierto con Ivo Pogorelich

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Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, tercer concierto de abono. Director: Enrique Arturo Diemecke. Solista: Ivo Pogorelich, piano. Obras de Chopin y Suk (Teatro Colón, 1° de julio).

La actuación de Ivo Pogorelich con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires había despertado una gran expectativa totalmente lógica. Se trata del que fuera uno de los pianistas más notables de su generación, cuya eliminación en el Concurso Chopin de Varsovia en 1980 motivó que Martha Argerich abandonara el jurado. Aplaudido por sus recitales y grabaciones, el croata vivió sin embargo una tragedia personal que dejó su huella: luego de la muerte en 1996 de su maestra y esposa Pogorelich dejó su actividad, que recién ahora retoma.

El público colmaba la sala del Teatro Colón, sin dudas también atraído por el Concierto para piano y orquesta n° 2 de Frédéric Chopin. Fue llamativo desde el vamos que un virtuoso de su categoría tocara leyendo una de las obras más transitadas de un compositor del cual es un reputado especialista. Pero se sabe que la memoria no es condición «sine-qua-non» para una interpretación memorable; de cualquier manera, la de Pogorelich lo fue, aunque por razones insólitas.

Haciendo siempre gala de una técnica fenomenal, el solista imprimió a la partitura un fraseo desconcertante, que la Orquesta siguió a la perfección gracias a la habilidad de Enrique Diemecke. En el segundo movimiento se dio en el piano un juego de dinámicas inaudito, con pasajes admirables por la sutileza del sonido interrumpidos por verdaderos martillazos de la mano izquierda. Aunque finalmente Pogorelich recibió su aclamación (que no correspondió con bises), en el intervalo abundaron entre los asistentes los gestos faciales reveladores de que se acababa de vivir en el Colón una experiencia al menos extraña.

Si la intención del intérprete había sido brindar una creación propia (más que una recreación) del concierto de Chopin, sacudir el cuerpo y la mente de los espectadores y crear inquietud en ellos, la había cumplido con creces. Ya con menos público la Filarmónica se dispuso a lucirse con un estreno en la Argentina: la magnífica Sinfonía n° 2 opus 27 de Josef Suk. El subtítulo de la obra, «Asrael», da cuenta de su carácter fúnebre: fue compuesta por el autor checo en homenaje póstumo a su maestro Antonin Dvorak y a su esposa e hija de éste, Otylka.

Se trata de una pieza profunda y compleja, con algunas dificultades puntuales, en especial los unísonos y octavas entre instrumentos de viento, con la intención de crear sonoridades nuevas; este recurso frecuente en Suk implica la necesidad de una afinación perfecta de las partes mencionadas, ya que de otra manera se generan molestos «batimientos». El carismático Diemecke plasmó en la interpretación sus claras ideas de dinámica y articulación y sobre el final logró lo que parecía imposible: que tras la extinción tenue del último sonido de la orquesta, ni una tos ni un aplauso antes de tiempo quebraran un silencio tan misterioso y atronador como esa muerte que maravillosamente había pintado Suk.

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