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Diálogos en Wall Street
G.G.: No deberían quedar dudas. Para un político, no deja de ser una ventaja que se demarque la herencia recibida con claridad.
P.: Pero tendrá que remontar la cuesta si aspira a mantener el predicamento.
G.G.: Es un desafío mayúsculo. Máxime si se considera que lo peor de la crisis todavía no pasó.
P.: Vayamos al grano: ¿el sistema financiero internacional está quebrado? ¿O es una exageración?
G.G.: A este ritmo de pérdidas, lo estará pronto.
P.: A menos que obtenga nuevo capital.
G.G.: Como ocurrió en octubre y noviembre. Lo dramático es la incapacidad de conservarlo.
P.: La erosión de la crisis es pertinaz. No da respiro.
G.G.: Es lo que arrojan los balances. Y eso que, a esta altura, nadie espera que los estados contables revelen toda la dimensión de los destrozos.
P.: Sin embargo, son los balances los que provocan el revuelo.
G.G.: Es que, como muestra, basta un botón. La contabilidad no acercará una medición precisa (ni mucho menos), pero no puede ocultar la tendencia de fondo.
P.: ¿Será posible acceder a una masa de capital fresco que pueda compensar la oleada de quebrantos recientes?
G.G.: Lo logró Bank of America. Lo mismo el Royal Bank of Scotland (RBS) en Gran Bretaña. Después de la experiencia Lehman, el Estado es el capitalista de última instancia.
P.: ¿No hay inversores privados dispuestos a tomar una posición?
G.G.: Cuando ocurre un cataclismo, lo usual es no encontrar compradores de apartamentos. Pero los hubo. Entre ellos, los dos que acabamos de nombrar. Bank of America adquirió Countrywide y Merrill Lynch. RBS se quedó con una tajada importante de ABN AMRO. Son esas transacciones las que hoy les causan los mayores dolores de cabeza.
P.: Ya no existe el prurito del riesgo moral. Pero aun volcando toneladas de ayuda oficial -yo diría, una sobredosis de «moral hazard»- tampoco se alcanza una situación de paz duradera.
G.G.: No se produce una sobredosis porque no hay suficiente absorción. El capital que se inyecta se diluye luego a gran velocidad. La hemorragia de pérdidas no cesa.
P.: Señal de que los problemas subyacentes no revierten.
G.G.: En efecto. Están fuera de control. Y hasta que la economía real no se estabilice no cabe hacerse muchas ilusiones de mejoría.
P.: ¿La estatización de la banca internacional de primera línea es la salida a mano?
G.G.: No será posible detener la crisis en el acto. La simple inercia cargará la alforja de los bancos de pérdidas millonarias. Y el capital disponible para afrontarlas es exiguo. Es una encerrona.
P.: El patrimonio contable no es tan magro.
G.G.: Lo que cuenta es la valuación a mercado. Esa es la cuerda que se tensa y ahorca. Provoca la asfixia que obliga a dar respuestas.
P.: ¿Cómo se salva el trance?
G.G.: Si después de Lehman no se considera aceptable que caigan los bancos grandes, para que funcionen, alguien deberá ponerles el pecho a las balas. De manera abierta como en Gran Bretaña. Es decir, tomando la propiedad de las entidades. O solapada. Como prefirió la administración Bush. En un segundo plano, vía suministro de capital preferido y concesión de garantías de crédito. Lo que ocurre es que esta última estrategia se agota a medida que el patrimonio bancario se evapora. A menos que se opte por los subsidios lisos y llanos que, dada la magnitud del problema, deberán ser muy generosos.
P.: ¿La estrategia de crear un cementerio de elefantes -un banco «malo» que acumule los activos tóxicos- no podrá utilizarse como alternativa?
G.G.: Es una variante de la misma realidad. ¿Quién está dispuesto a quedarse con dicha cartera? El Estado es el único candidato a precios que no sean de liquidación (de los activos y de los propios bancos). Como la crisis se profundiza, el árbol de decisiones angosta su copa. Le tocará a Obama elegir qué rama prefiere agitar.


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