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Diálogos en Wall Street
Periodista: ¿Rebelión en la granja? La oposición alzó la voz frente al presidente Obama y se apresta a darle batalla en el Congreso. Dos pesos pesados -los senadores Shelby y el ex candidato McCain- fueron más allá. Abogaron por un cambio de enfoque de la política financiera que apure el cierre de más bancos. Menos mal que el nuevo mandatario todavía no cumplió sus dos primeros meses en funciones.
Gordon Gekko: La idea de un abordaje por consenso, bipartidario, se hizo añicos cuando Obama presentó el presupuesto. Allí rompe lanzas con la agenda reciente de gobierno. Es una plataforma audaz y muy ambiciosa. Modifica la cobertura del sistema de salud, anticipa un impuesto a la polución ambiental y la suba de las alícuotas marginales de los impuestos a las ganancias tanto corrientes como de capital.
P.: Es un planteo demasiado agresivo para el paladar republicano.
G.G.: Corporiza el fantasma del «socialismo» que mentó McCain en la campaña. Y afecta intereses empresariales importantes. La propia Cámara de Comercio lo criticó con dureza.
P.: ¿Podrá Obama desandar un camino que inauguró Ronald Reagan treinta años atrás y cuyo espíritu desregulador, de «manos libres», se mantuvo inalterable?
G.G.: Veremos cuánto logra avanzar. Su retórica abarca muchos frentes, es monumental. Su capacidad de ejecución no se conoce, no tiene foja de servicios.
P.: Obama nunca fue administrador.
G.G.: Así es. Y ya tuvo inusuales problemas en completar su gabinete. Aún hoy la Secretaría del Tesoro que comanda Tim Geithner muestra asientos vacantes.
P.: Una crisis económica
tan severa debería postergar
disputas, ser motivo de unión.
G.G.: Ya vimos que no se pudo acordar un plan de estímulo fiscal en el último tramo del gobierno de Bush. Con el presupuesto que Obama remitió al Congreso se rompieron definitivamente los puentes. Y como la crisis aprieta y no encuentra respuesta satisfactoria, los republicanos tienen allí una veta a su disposición para ventilar sus discrepancias.
P.: ¿No es prematuro? ¿Cuánto se erosionó la imagen popular del Presidente?
G.G.: Las lecturas son favorables. Tomando un promedio de varias encuestas a mano alzada, diría el 65% de imagen positiva y el 58% de aprobación a su gestión de gobierno. Resultan sólo levemente inferiores a los valores máximos, registrados cuando Obama asumió el mandato.
P.: En esas condiciones, ¿no es suicida para los republicanos criticar abiertamente a un presidente que heredó una crisis mayúscula -de ellos mismos- y que todavía está desempacando sus planes de acción?
G.G.: Es una apuesta fuerte. Desmarcarse así, en forma tan visible, hoy resta; pero es una inversión a futuro. No lo harían, desde ya, si estuvieran convencidos de que Obama tendrá éxito.
P.: El senador Shelby -que forma parte del comité bancario del Senado- dijo que, no importa si son grandes, «si los bancos están muertos, deben ser enterrados».
G.G.: No es un mal principio sanitario. Pero lo cierto es que todavía estamos pagando el funeral de Lehman Brothers. El dilema consiste en cómo enterrar a los que están muertos sin arrastrar a la tumba a todos los demás bancos -y con ellos, a la propia economía-.
P.: Shelby dio a entender que Citigroup no debía ser una excepción. «Siempre fue un muchacho problemático», señaló. McCain fue igual de duro. Dijo que el Tesoro no se atreve a tomar la decisión difícil de dejar que estos bancos caigan.
G.G.: El Tesoro está tratando de resolver el dilema anterior. Y, es verdad, como no tiene respuesta, no se atreve a desconectar el respirador.
P.: Me parece que -en este tema urticante, la política bancaria- los republicanos se están montando sobre una sensación creciente de fracaso.
G.G.: Nadie está cómodo. El propio Ben Bernanke reconoció que lo enerva la situación de AIG. Hasta hubo un banco que resolvió devolver los fondos del plan TARP porque era «visto y tratado como si fueran criminales comunes».
P.: ¿Qué banco?
G.G.: Una institución pequeña, Iberiabank. Tengo entendido que no es el único. TCF Bank y Northern Trust también lo habrían hecho.
P.: ¿Piensa que las autoridades podrían cambiar de opinión y llegar a la conclusión de que conviene jalar el gatillo?
G.G.: Vuelvo a Bernanke. Se molesta con AIG y lo hace público, pero no por ello le canceló la asistencia. Mire, la decisión de cortar por lo sano y de raíz se tomó con Lehman y todavía se lamenta. El enfoque «liquidacionista» a la Andrew Mellon (el secretario del Tesoro en tiempos de la Gran Depresión) probó ser un arma de doble filo. Lo que sí creo es que la situación actual -que Shelby describe bien, con bancos que pululan como muertos en vida- es altamente inestable. No hace falta militar en la oposición política para comprenderlo. Sin ir más lejos, la semana pasada, Tom Hoenig, que es el titular de la Fed de Kansas City, no tuvo empacho en reconocer que la estrategia actual no funciona. Lo que constituye, desde ya, una autocrítica. Es muy riesgoso dejar que los dueños y los mánager de entidades que ya consumieron su propio capital sigan recibiendo fondos y tomando las decisiones. Está claro, además, que si la percepción de insolvencia no se revierte, será imposible sentar las bases de una recuperación duradera. Por eso Hoenig defiende, en aras de proveer a su reestructuración, la idea de una nacionalización temporaria de las instituciones en problemas. Hoenig subraya que los accionistas deberán perder su inversión, pero deja abierto el tema más sensible.
P.: Qué hacer con los acreedores de los bancos.
G.G.: Ya lo hemos conver-sado.
P.: ¿Y usted qué cree?
G.G.: Que no habrá definiciones pronto. En principio, mire lo que ocurre en Inglaterra. Allí están zafando sin ningún rasguño.
P.: Los tiempos del Gobierno de Obama no parecen ser muy urgentes.
G.G.: No se engañe. Es la crisis la que dictará los tiempos. Y cuántas cucharadas de medicina amarga habrá que tomar.


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