5 de abril 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

La deuda pública de los EE.UU. se aproxima al tope que le fija el Congreso y crecen las probabilidades de que la administración Obama deba cerrar oficinas y dependencias para no violar el límite legal. Gordon Gekko, el experto en finanzas que se escuda en el personaje de la película «Wall Street», analiza el problema (que podría gatillarse esta misma semana) y cuáles serían sus posibles consecuencias.

Periodista: ¿Qué tan probable es que el Gobierno de los EE.UU. deba restringir su funcionamiento para no exceder el tope legal de endeudamiento que le fija el Congreso?

Gordon Gekko:
Acabo de ver una encuesta que le asigna un 60% de chances. Y está hecha entre expertos en presupuesto y política, gente que conoce la trama del lado de adentro.

P.: ¿El déficit fiscal se apartó en demasía de lo que estaba programado?

G.G.:
No. Pero ése no es el problema.

P.: ¿Entonces?

G.G.:
Es una disputa partidaria. No hay acuerdo entre demócratas y republicanos. Y es la oposición la que controla la llave que destrabaría la negativa del Congreso a elevar el techo de la deuda pública.

P.: ¿Es posible que la administración Obama tenga que cerrar reparticiones este mismo fin de semana?

G.G.:
Si no prosperan las negociaciones, sí. Técnicamente sería este viernes a la medianoche, cuando expira el paraguas de una medida temporaria que se pudo acordar, en su momento, muy sobre la marcha.

P.: Tal vez se logre reeditarla en el último minuto.

G.G.:
Dependerá un 100% del cálculo político.

P.: O de que Obama se avenga a recortar el gasto público.

G.G.:
No se rehúsa. De hecho, hay una oferta demócrata de reducción de gasto sobre la mesa.

P.: Pero es insuficiente.

G.G.:
Propone una poda de 33 mil millones de dólares.

P.: Los republicanos hicieron campaña, y le dieron una paliza a Obama el año pasado, con la promesa de recortar 100 mil millones.

G.G.:
Lo que pretenden ahora es que la merma sea de 61 mil millones de dólares hasta la finalización del año fiscal 2010/2011.

P.: O sea, en los seis meses que restan.

G.G.:
Tal cual.

P.: Ninguna de las dos cifras le hará demasiada mella al déficit fiscal. Estamos hablando de monedas en comparación con un rojo anual proyectado de 1,5 billón de dólares.

G.G.:
Correcto. No se va a arreglar el déficit fiscal aun si los dos partidos abrazan la propuesta más agresiva. Pero tampoco habrá acuerdo posible si las partes no ceden en sus posiciones.

P.: Después de las elecciones del año pasado hubo que resolver contra reloj una disputa fiscal que prometía ser feroz. Vencían los recortes impositivos que había sancionado el expresidente Bush, y Obama no quería extender las rebajas para los contribuyentes de mayores ingresos.

G.G.:
Sí. El agua, esa vez, no llegó al río. Obama les concedió a los republicanos lo que ellos querían y, por su parte, obtuvo de la oposición el visto bueno para sumar otras reducciones de su agrado.

P.: Se habló también de cerrar el Gobierno, recuerdo las amenazas en la campaña, pero no se llegó a mayores.

G.G.:
Convengamos que era más fácil. Ambas partes sacaron tajada. A costa de un mayor déficit (y de aceptar subir el techo de la deuda pública). Esta vez no hay nada que repartir.

P.: ¿Piensa que la colisión es inevitable?

G.G.:
No. Pero esquivarla requiere cintura. Pienso que Obama demostró que, si hace falta, puede tragarse los sapos. A disgusto, contrariando a su tropa y discurso, mantuvo las alícuotas del Impuesto a las Ganancias para los individuos de altos ingresos. Será más arduo para los republicanos.

P.: Tienen antecedentes. En 1995 y 1996 lo obligaron a Bill Clinton a cerrar el Gobierno en dos oportunidades. Pero no les fue nada bien.

G.G.:
Arrinconarlo fue pegarse un tiro en los pies. Bill Clinton resucitó ante la opinión pública y, tras perder las elecciones de mitad de período, ganó su segundo mandato presidencial. Obama lo sabe. Puede transformarse en víctima y, trascartón, como en el yudo, vencer con la propia fuerza de sus adversarios.

P.: Los republicanos también conocen el episodio. Newt Gingrich está presente para recordárselo.

G.G.:
Es cierto. Pero si el 60% de los expertos descuenta que habrá un cierre de Gobierno, aunque sea efímero, es porque desconfían de la flexibilidad de los republicanos. John Boehner, el portavoz en la Cámara de Diputados, puede olfatear los peligros e impulsar un arreglo, pero ésta es una cuestión ideológica, esencial, no negociable, para los representantes del Tea Party.

P.: Aunque no se quiera, la historia puede repetirse.

G.G.:
Seguro.

P.: ¿Qué tan grave sería el cierre del Gobierno?

G.G.:
Nadie piensa en un conflicto extenso. Más bien, unos pocos días.

P.: Como un ablande de posiciones.

G.G.:
Así es.

P.: ¿Cree que los mercados podrán soportarlo? ¿O será un nuevo tsunami, esta vez, en el corazón de Wall Street?

G.G.:
La experiencia de 1995 y 1996 fue que se trató de sendos episodios sin relevancia. No ocasionaron mayores trastornos.

P.: La deuda pública, hoy en día, tiene otra dimensión.

G.G.:
No se olvide de la naturaleza del problema: hay un tope que fija el Congreso y que se convierte en un límite restrictivo. Si se desplaza el tope, cesa el inconveniente. Lo que hay que conseguir no es recortar el déficit, sino la autorización del Congreso.

P.: ¿Cómo saber que no habrá chispazos?

G.G.:
Mire el mercado de títulos del Tesoro. No se observan resquemores. La tasa a un año rinde el 0,19%. Acá no hay indicios de preocupación.

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