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Diálogos en Wall Street
Mucho se habla del crac de 1987. Y los balances de las compañías no brindan tampoco una luz de mejoría. Le preguntamos a Gordon Gekko, el nombre de guerra de un experto en los mercados internacionales, si se acabó el «rally» de las acciones y si no se avecina un derrumbe como el del célebre Lunes Negro.
Gordon Gekko: Todo es posible. Pero no igualmente probable. Los balances son malos (aunque no mucho más que lo que sabíamos). Los negocios, eso sí, operan en un contexto peor. La debilidad de la demanda es muy marcada. Y todo indica que ello se acentuó en el último mes y no permitió poner a los inversores sobre aviso con las habituales alertas tempranas («warnings»).
P.: La foto no es buena, pero eso ya se sabía. Lo malo es que el daño no parece contenido, que la película amenaza ser mucho peor.
G.G.: Correcto. La novedad es la manera como las compañías están podando las perspectivas.
P.: No sólo las de tecnología.
G.G.: No. Es un recorte muy amplio, generalizado. Tome el caso de Dupont. Cayó más del 9% tras reconocer la pesadez en su negocio de pinturas. Y la firma estima que las ventas no se repondrán hasta que comience el año próximo. De las 17 empresas que conforman el Dow Jones Industrial, 15 presentaron sus resultados y retrocedieron ese mismo día. Más de la mitad -8- vieron sus cotizaciones declinar más del 2,5%.
P.: Llama la atención el divorcio que existe entre lo que cuentan las compañías y lo que muestran los indicadores económicos recientes.
G.G.: A juzgar por las compañías, la economía se desmorona y, sin embargo, vamos ya por la cuarta semana en la que la tirada de indicadores sugiere una recomposición. Lo mismo surge de la lectura del comunicado de la Fed.
P.: ¿Cómo se entiende?
G.G.: La recuperación es lenta y dispar. En Europa no procede de la misma forma que en EE.UU. De hecho, el informe PMI de la eurozona clavó los mínimos de casi los últimos tres años y medio. La abrupta apreciación del euro también afecta la rentabilidad cuando se la mide en dólares. Y yo creo que la incertidumbre también opera en aumento y amplifica los trastornos.
P.: ¿El precipicio fiscal en los EE.UU.?
G.G.: No es el único factor adverso. Los altibajos de la economía no ayudan. Entramos en la definición de las elecciones presidenciales, y lo que parecía un paseo de Obama se convirtió en una lucha cuerpo a cuerpo. Wall Street prefiere un triunfo republicano, pero la correlación entre las cotizaciones y las chances de Romney es rotundamente negativa, como estamos comprobando.
P.: Cuando el mercado cabecea, y no es común que pierda 200 puntos en una sola mano, ¿reflota la idea de que podemos estar a un tris de repetir la historia de 1987?
G.G.: Cada vez que comienza octubre, alguien siempre recuerda las vicisitudes pasadas. Las más de las veces, el paralelismo es trivial. Si usted tiene por delante un octubre espectacular, las citas desaparecen rápido. Cuando las cosas se complican, mentar el Lunes Negro es un género obligado.
P.: ¿Usted ve posible establecer una comparación?
G.G.: Estamos en las antípodas. Cualquiera que sepa lo que ocurrió se dará cuenta. La Fed estaba entonces empeñada en subir las tasas de interés para apaciguar una economía recalentada. Paul Volcker se había retirado pocos meses atrás y Alan Greenspan era un timonel desprovisto de experiencia. El horizonte de ajuste de tasas de interés fue lo que volteó a Wall Street. ¿Qué es lo que nos dijo hoy (por ayer) el comunicado del banco central? Que, a su juicio, las tasas se van a mantener sin cambios hasta mediados de 2015. Que va a comprar bonos largos mes a mes hasta que mejoren las condiciones laborales sustancialmente. Situación que nadie espera que ocurra pronto.
P.: Las condiciones no podrían ser más diferentes. Pero en 1987 la Bolsa había quebrado la barrera de los 2.000 puntos y se ubicaba en máximos que producían desconfianza. ¿No sucede algo parecido?
G.G.: Los máximos datan de 2007. Son de cinco años atrás. No existe, ni por asomo, la euforia que precedió al crac de 1987.
P.: Ello no quita que Wall Street no pueda volver a derrumbarse.
G.G.: Seguro. ¿No sufrimos un «flash crash» acaso, dos años atrás? Basta un malentendido que provoque una reacción en cadena para gatillarlo. Y eso puede ocurrir cualquier día.
P.: Sí. Pero arrastramos, como usted dijo, los antecedentes frescos de un «viernes complicado» y un «martes gris oscuro». ¿No se olfatea que la tercera puede ser la vencida?
G.G.: La temporada de balances es una invitación abierta a un nuevo percance. Es un período resbaladizo, de gran exposición. ¿Hay temor? No demasiado. Si mira el índice VIX -que es una medida de la volatilidad esperada-, en ningún momento atravesó el umbral del 20%. Y para hablar de temor en serio habría que pasar de un registro del 30%. De junio a septiembre, la Bolsa trepó casí el 15%. Ahora devuelve menos del 3,5%. Dista de ser un conato de crac. Calavera no chilla. Si los balances son pobres, usted no puede rasgarse las vestiduras.


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