4 de septiembre 2012 - 00:00

Diferentes visiones del arte de dos artistas brasileños

Por un lado, el ojo de cerradura que representa el sentido de gran parte de la obra de Espirito Santo, heredero de la tradición surrealista que cambió la función de los objetos. Por otro, la prueba de que lo que hace Catunda se diferencia muy poco de la publicidad engañosa.
Por un lado, el ojo de cerradura que representa el sentido de gran parte de la obra de Espirito Santo, heredero de la tradición surrealista que cambió la función de los objetos. Por otro, la prueba de que lo que hace Catunda se diferencia muy poco de la publicidad engañosa.
Las galerías de Brasil tienen sus puertas abiertas desde hace años para el arte argentino. Pero recién en estos días, con las exhibiciones de los brasileños Iran do Espirito Santo y Leda Catunda, la galería Ruth Benzacar inicia una etapa de intercambios con sus pares del norte.

Las pulidas obras de Espirito Santo ocupan la gran sala de la planta baja. Frente a un mural que representa una escala del blanco al negro se exhiben unos enigmáticos espejos rebatidos sobre sí mismos. Pero hay una obra especial, montada sobre la blanca y distante pared del fondo, el ojo gigantesco de una cerradura, que atrapa con su oscuridad la mirada del espectador.

Al acercarse a la obra, el hueco imaginado cobra un inesperado relieve. Carente de la esperada profundidad, la voluminosa forma del ojo de la cerradura realizada en brillante granito negro, refleja las imágenes sobre su superficie. Esta obra representa el sentido de gran parte de la producción de Espirito Santo, heredero de la tradición surrealista que sorprendió al mundo cambiando la función de los objetos. Con una nueva clave conceptual, el artista no sólo busca magnificar la expansión sensitiva y expresiva a través de la imaginación, sino que, además, intenta provocar un shock, sacar al espectador de lo rutinario y habitual, ponerlo frente a los más diversos perfiles que ofrece la realidad.

Según aclara la curadora de la muestra, Solana Molina Viamonte, el artista investiga las conexiones entre luz, forma y espacio. Sobre una inmensa pared, Espirito Santo pintó un mural, un site specific, de más de 22 metros de ancho por casi 3 de altura. La serie de franjas verticales van del blanco al negro y multiplican gradaciones de grises. El efecto físico-óptico provocado por la pintura altera la visión, el muro se percibe como una superficie ondulada y bidimensional. Al igual que los ejercicios musicales, las escalas cromáticas generan ritmos ascendentes y descendentes, y el sonido parece acompañar esas curvas imaginarias.

Enfrentando la perfección del mural está «Twist», una serie de trabajos sorprendente. Se trata de cuatro espejos que, a través de un aparente y abrupto quiebre, muestran la cara que absorbe y además, la que refracta la luz, la verde opacidad del otro lado. El forzado e imaginario doblez del espejo pone ante los ojos del espectador el derecho y el revés del objeto. Más allá del chiste conceptual, y más allá también de la condición que posee el espejo para un artista cuyo trabajo está centrado en los juegos que se establecen entre la realidad y la apariencia, la obra revela un carácter filosófico. Espirito Santo pone por un lado la totalidad del objeto ante nuestros ojos, incluso el revés que no miramos, luego, lo presenta para que duplique gran parte de su obra y de la sala que los contiene. A través de un simple dispositivo descubre un mundo que se complejiza.

Los materiales ocupan un lugar preferencial en un cuerpo de obra de acabado perfecto, están elegidos tanto por sus cualidades visuales como táctiles. Las lámparas de sólido mármol blanco tornan imposible la emisión de la luz, no cumplen un fin utilitario. Pero seducen con la belleza de sus formas y piden ser tocadas para sentir esas superficies aterciopeladas.

La obra responde sin resto a la proposición de la «satisfacción desinteresada» de la Estética de Kant, cuando afirma que «el juicio del gusto es simplemente contemplativo».

Espirito Santo nació en Mococa, San Pablo, en 1963; en 2007 representó a Brasil en la Bienal de Venecia, y su obra figura en las colecciones de museos como el MoMA y el Guggenheim neoyorquinos, el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, el de Arte Moderno de San Francisco y el Museo Irlandés de Arte Moderno, Dublín, que fue la sede de su gran retrospectiva itinerante.

Deporte

No es la primera vez que Leda Catunda exhibe sus obras en Buenos Aires. Hace unos años llegó a la galería Alberto Sendrós para desplegar allí toda la sensualidad y el color de sus conocidas «pinturas blandas», unos cuadros acolchados que ostentaban formas orgánicas. Sus collages invitaban a evocar frutos, genitales y flores, redondeces que la artista engarzaba como joyas en el barroquismo de sus obras.

La muestra que trajo a la galería Ruth Benzacar es diferente. Si bien el trabajo artesanal es el mismo y continúa utilizando diversos textiles, colores intensos y también pinturas vivaces, el tema actual es el deporte y sus marcas.

Por un lado, a partir de la muestra retrospectiva que realizó en el año 2009, en la Pinacoteca de San Pablo, la artista cuenta que su obra cambió de rumbo. Abandonó entonces el exotismo y la pródiga naturaleza de su tierra y comenzó a incorporar materiales deportivos e insignias propias de las tribus urbanas. Por otro lado, resulta obvio que los preparativos de todo Brasil para el Mundial de Fútbol y las Olimpíadas, no son ajenos a la inspiración de Catunda.

En efecto, como ella misma señala, en sus obras «aparecen los nombres de los equipos, sus números y, por supuesto, los patrocinios». Allí está un campo verde poblado de motocicletas y una veintena de obras que muestran los símbolos fuertes que facilitan la identificación con un equipo. Catunda asegura que el sujeto alcanza con el deporte el «consumo feliz, o consumo sin culpa». Algo así como el ascenso al Paraíso. Las obras están acompañadas por un soporte teórico, pensado por ella misma. Así defiende «la actitud sincera de una persona que elige un deporte». Según su criterio, objetos como la camiseta, la toalla, las fundas y vinchas, todos con el nombre del equipo o del deportista, justifican plenamente el acto de adquisición. «Consumo y mérito», son ingredientes de ese cocktail. «El deporte viene a ocupar un lugar casi igual al de la religión. El logo del patrocinador que hasta hace pocos años se intentaba ocultar, ahora se destaca triunfalmente», reza Catunda. Aunque la artista aclara que no critica ni celebra el fenómeno de su «consumidor contento», las obras la delatan: se diferencian muy poco de la publicidad engañosa.

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