22 de enero 2014 - 00:00

“Difundir la cultura ha sido hasta ahora prioritario para mí”

González Fraga explica que, aunque conoció “ desde joven a muchísimos escritores, no por esas amistades yo creo que escribir un libro es lo mejor que puede pasar en la vida, creo que lo mejor que nos puede pasar en la vida es cuidar a los demás y a la naturaleza”.
González Fraga explica que, aunque conoció “ desde joven a muchísimos escritores, no por esas amistades yo creo que escribir un libro es lo mejor que puede pasar en la vida, creo que lo mejor que nos puede pasar en la vida es cuidar a los demás y a la naturaleza”.
Ligada desde joven al mundo de las Letras, la socióloga Elvira González Fraga, que preside la Fundación Ernesto Sábato, escritor del que fue compañera en las últimas décadas de su vida, acaba de presentar su primera novela. "La ofrenda", que editó Losada, es la historia de una mujer que vive en un confortable ámbito rural, quien luego de la pérdida de su hijo, abandona a su marido y se sube a un tren para intentar reencontrarse con su más profunda y desconocida identidad. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Cómo surge su novela "La ofrenda"?

Elvira González Fraga: Fue el fruto de muchos años de buscar hacerme tiempo para escribir. Yo presido una fundación que trabaja en el Bajo Flores y en el interior del país, soy madre de cuatro hijos, entonces mi dedicación a la literatura ha sido siempre parcial, pero siempre he escrito. Finalmente hace tres años el personaje de Martina, que decide perdiendo cosas dejarse llevar por su alma inquieta, se me impuso como una necesidad. A mí me interesa la literatura y el arte pero sobre todo que la cultura sea un clima que todos compartimos, por eso mi interés en difundir la cultura ha sido siempre para mi algo muy prioritario.

P.: ¿Estos planteos suyos provienen del hecho de que usted es socióloga?

E.G.F.: Sí, de alguna manera. Yo me recibí de socióloga en la UBA, aunque antes había pasado por la UCA. Luego he dado seminarios y talleres sobre "El mito", "El arte como mito" y "Modos de vivir el mito", o dedicados a temas especiales como "La soledad en Rilke" o "El obstáculo en Kafka". Pero ese interés mío por lo humano y lo social me viene de mucho antes, yo trabajaba con Carlos Mujica en las villas de Retiro, y eso que hice en mi juventud me marcó mucho. Luego fui misionera rural con jesuitas en las provincias. En la adolescencia tuve una marcada tendencia mística. Después trabajé por años con Augusto Roa Bastos. Creo que en esa actitud mía tuvo que ver el tipo de lecturas que me atraparon desde siempre, las obras de Dostoievski, de Camus, de Sartre, libros que nos hacen llegar a lo más hondo de la existencia humana.

P.: ¿Es esa influencia literaria que la lleva a contar la vida de Martina, esa mujer que un día dejando atrás todo se sube a un tren sin un destino concreto?

E.G.F.: Martina
es una perdedora. Perder y ganar son criterios que uno tiene en la vida que en casos comparte con el conjunto de la sociedad y otras veces no. Ella prefiere dejar una situación extraordinaria en comodidad, belleza, protección, un campo hermoso, por buscar concretar un anhelo que la impulsa a compartir y explorar otras vidas. Al lanzarse en esa búsqueda entrará en una especie de comunión entre perdedores. Así ella va a encontrar finalmente un rumbo que la abre, luego de un tiempo de dolor, a la belleza y la bondad. Si bien ella ha sido quebrada por la pérdida de un hijo, y un conjunto de pérdidas posteriores que la llevan a no estar bien y sentir que estando así perjudica a Alberto, su marido, teme contaminarlo de su espíritu enfermizo, ahogarlo con su melancolía. Pero eso ya le viene de mucho antes, Martina ya en la adolescencia no lograba anclarse en la realidad, su imaginación la tenía en jaque y la hacía sentir a la deriva. Cuando ella decide irse de su hogar lo hace con un coraje que no parece serle propio, porque ella siempre ha sido una persona débil. Hasta ese momento era una persona sin libertad, que pedía permiso para todo. Para ese personaje me inspiré en Analía, una amiga que perdí en la adolescencia, pero luego empezó a tomar rasgos míos, como el tener fugas de la realidad muy importantes, haber tenido una adolescencia plena de historias imaginadas. Son historias ficticias que le dan fuerza, ánimo y comprensión del mundo a la persona.

P.: A partir de ese momento la novela existencial se transforma en una "narración de camino".

E.G.F.:
Las características de "on the road" lo tiene "La ofrenda" de la mitad del libro para adelante, antes tiene un carácter más bien teatral. Los personajes, el clima, el background, están dados a través de diálogos, en una secuencia que podría ser filmada. Luego entra en esa andanza de destino incierto con encuentro de gente diversa. Yo fui educada de forma abierta, libre. Una de mis escuelas fue la escuela Zapiola, así se apellida Martina, donde iban los hijos de gente muy humilde, y a mí me daba pudor cuando decían que yo era la hija de un doctor. De algún modo es un contacto que mantuve, y al que Martina busca acercarse. En su recorrido buscando un vínculo humano distinto a lo que ha conocido hasta entonces Martina se encuentra con Andrzej, un muchacho polaco, con quien simpatiza porque su madre era de un país centroeuropeo, era húngara. Es un homenaje al fotógrafo Bandi Binder. Es Andrzej quien le dice a Martina que vuelva a las playas del sur, donde están su padres que son parte de un pueblo originario, y ella le promete que no va a volver a beber. El final de la novela la he tomado de "La infancia de Iván", la película de Tarcovsky, con los chicos corriendo por la playa. Durante la escritura hubo imágenes que remitieron a otras de novelas y de películas, por ejemplo la entrada a la taberna que hace Martina, me hizo pensar en la de la entrada de Rascolnikov a la taberna en "Crimen y castigo".

P.: No sólo las lecturas y las películas. Usted suele decir que tuvo también influencias fuertes de escritores.

E.G.F.:
He tenido muchos regalos de la vida. Influencias de haber conocido a grandes personalidades no sólo del arte y la cultura. Augusto Roa Bastos, por darle un ejemplo, es una de las grandes pérdidas que he tenido. Era un hombre tan entregado a la voluntad de dar voz a los hombres y mujeres de su pueblo tanto como a los afectos con quienes se acercaban a dialogar con una de las grandes plumas de América Latina. No establecía distancias, ni se aprovechaba de su prestigio. Recuerdo que le gestioné con José Luis Cebrián una nota en "Babelia", el suplemento cultural del diario "El País" de España. Cuando se lo comenté, él vivía en Asunción, me dijo que no le parecía bien, que él no iba a aceptar eso, que él estaba en su camino, y en el final de su camino, de hecho murió cinco meses después. Cualquier escritor se hubiera sentido encantado, él no. Era un moralista, un romántico. El participó junto con Ernesto Sábato en una compañía cultural itinerante con la que fuimos con teatro y cine por los pueblos más alejados. Yo he conocido desde joven a muchísimos escritores. Recuerdo ahora al brasileño Jorge Amado. Me enorgullece haber vivido en la casa de José Saramago en Lanzarote, una amistad que mantengo ahora que él ha muerto con Pilar, su esposa. Pero no por esas amistades yo creo que escribir un libro es lo mejor que puede pasar en la vida, creo que lo mejor que nos puede pasar en la vida es cuidar a los demás y a la naturaleza. Cada uno va en su discurrir, como le pasa a mi personaje Martina, encontrando su destino. 

P.: ¿Proyecta escribir algún nuevo libro?

E.G.F.: Tengo un libro de relatos más o menos terminado. Mi fuente de inspiración fue "El exilio y el reino", de ese gigante de las letras que es Albert Camus. Y digo más o menos terminado porque me he dado cuenta de que uno de los cuentos en la reescritura se ha ido transformando casi en una nouvelle, y en la medida de que lo trabaje alcanzará otro nivel, se convertirá en un relato independiente. En esos cuentos me he apartado del clima intimista que tiene "La ofrenda", son como bocetos de la realidad. 

Entrevista de Máximo Soto

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