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“Don Pasquale” musical y visualmente brillante
Excelente en lo musical, la milimétrica puesta de Heller-Lopes está enmarcada por una escenografía, una iluminación y un vestuario exquisitos.
Una fiesta para los ojos y para los oídos: así podría ser definida la producción de "Don Pasquale" de Donizetti que Buenos Aires Lírica presenta en el Avenida hasta el sábado próximo. La escena porteña y platense viene siendo pródiga (especialmente en lo que va del año) en espectáculos de realizaciones musicales excelentes pero con puestas que dejan mucho que desear; aquí, por el contrario, la balanza está perfectamente equilibrada.
La puesta de André Heller-Lopes pone un pie en la estética de la commedia dell'arte (a la que tanto deben la ópera y el teatro occidental y en especial la ópera buffa) y el otro en el tiempo de Donizetti, con un juego notable y constante de espejos, de metateatralidad, de máscaras, de intertextualidades. Al mismo tiempo, este juego de miradas no excluye referencias a óperas de Mozart o Verdi que hacen estallar en carcajadas al público atento y conocedor, además de otros chistes que le aportan frescura o ironía. Enmarcado por una escenografía soberbia de Daniela Taiana, una iluminación exquisita de Gonzalo Córdova y un vestuario magistral de Sofía Di Nunzio, el trabajo de Heller-Lopes se muestra milimétrico en la marcación de solistas, coro y actores e inteligente en su concepción y su concreción.
Dentro de un cuarteto principal de maravillosos cantantes-actores, dos figuras se destacan por su vocalidad perfecta: Hernán Iturralde y Santiago Ballerini. En el papel titular, Iturralde despliega la gracia necesaria sin caer en la caricatura, pero además su conocimiento y su experiencia en otros repertorios le aportan a su canto un plus de refinamiento. Ballerini, por su parte, maneja con seguridad e inteligencia su bellísimo instrumento y cuenta con la soltura escénica necesaria para jugar su Ernesto con la mezcla perfecta de malicia y ternura; dentro de su performance se destaca la serenata del tercer acto, que incluye una sorpresa que no conviene develar al lector.
Como Norina, Oriana Favaro muestra encanto y agilidad vocal; Homero Velho, joven barítono brasileño, cuenta con un registro algo desparejo y su vibrato prominente le resta belleza a su canto, pero su actuación y buen manejo del estilo hacen de él una pieza fundamental del engranaje. Como el notario Enzo Romano cumple a la perfección. Al frente del Coro y la Orquesta, Juan Casabellas impone vitalidad y sigue con pericia a los cantantes logrando una excelente concertación; mientras la agrupación vocal se mantiene en su muy buen nivel habitual, la instrumental se muestra aquí sutil, brillante y amalgamada como pocas veces.


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