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Dos héroes equívocos, un autor demoledor
Holden es el protagonista de «Catcher in the Rye» (horrendamente traducido en la Argentina como «El Cazador Oculto»); Seymour es el hijo mayor de la familia Glass -cuya saga seguirá en la obra del autor durante los pocos libros que publicó- y que se pega un tiro en la sien derecha durante su luna de miel en la Florida al final de su cuento más famoso y más discutido: «Un Día Perfecto para el Pez Banana».
En «Catcher...», Salinger hace hablar a Caulfield en primera persona de lo que todavía le pasa a los adolescentes de casi cualquier lugar del planeta: la angustia de la transición de la infancia a la adultez, el despertar y la ambigüedad sexual inherente a esa edad, la frustración con el sistema educativo. Para eso recurre a un lenguaje casi soez y una postura irónica, sardónica ante la vida casi impensable para un chico de la época. Holden inaugura la adolescencia tal como la conocemos hoy. Algo entendía Salinger del tema: pese a que ya pasó medio siglo de su edición original, siguen vendiéndose 250.000 de ejemplares de «Catcher...» por año.
A Holden lo echan de la escuela en la que está pupilo por malas calificaciones, se escapa, se va a Nueva York, es golpeado hasta la inconciencia por el «macró» de una prostituta con la que sólo pretende conversar, acude a su profesor de literatura sólo para decubrir las intenciones equívocas del señor Antolini y termina -tras imaginar un viaje a California- con una referencia no del todo clara a su estadía en un manicomio.
El título original hace referencia a la fantasía de Holden, de ser el «catcher» (atrapador) de niños que juegan en un campo de «rye» (centeno) al borde de un precipicio. En esa fantasía que le cuenta a Antolini, su tarea -ciclópea, imposible- es mantener a los chicos alejados del abismo. Finalmente Holden parece caer no sólo en las profundidades de la locura sino también en la de los deseos paidófilos de su pretendido consejero y -por qué no- de él mismo (¿de qué otro modo podría leerse esto de «atrapar niños al borde del abismo»?)
Seymour es un ex soldado que acaba de ser licenciado por «fatiga de combate» (de nuevo la locura) y viaja con su joven y bella esposa a la Florida. De su estado de salud mental Salinger anoticia al lector a través del diálogo inicial del cuento (publicado en 1948 en «The New Yorker») entre Muriel Glass y su madre, que trata de convencerla de que se vuelva a Nueva York y deje solo al loco de su marido.
Seymour transcurre el cuento en la playa frente al hotel, conversando de naderías con Sybil, una nena de tres años que lo llama «see more glass» («ver más vidrio»), e invitándola a pescar «un pez banana». La ambigüedad del dato se vuelve evidente cuando Seymour besa el pie de su compañera de juegos playeros e interlocutora de su aparentemente casual, inocente charla. La nena escapa sin mirar atrás. Él sube a su cuarto y se pega el tiro que se intuía desde la primera línea del cuento.
Pese a su exilio autoimpuesto y de su conversión en ermitaño (o quizás para eso), Salinger tuvo al menos una veintena de affaires amorosos, casi todos ellos con chicas a las que triplicaba en edad. Tal vez haya sido la forma elegida por este genio para eternizarse en el Holden/Seymour que abrió las puertas de las mentes de millones de adolescentes en todo el mundo. Que se haya ido a los 91 años, de muerte natural y sin haber pasado un solo día en un hospicio, es casi una ironía, una profesía que se negó a autocumplirse.
Su influencia, sin embargo, es tan fuerte que se evidencia tanto en autores fundamentales como Philip Roth (que hizo todo lo contrario a su maestro involuntario: es prolífico hasta lo abrumador y público como una estrella de rock) y John Updike o Paul Auster; el uso de «Antolini» por Mario Puzo en «El Padrino» (es el verdadero apellido de Vito Corleone); la urgencia de Holden por dejar Nueva York y marchar al oeste es recogida por el John Phillips de The Mamas and the Papas en «California Dreaming».
Son apenas un puñado de ejemplos de cuánto este judío neoyorquino tocó las vidas de cuatro generaciones, aún sin que sus miembros supieran siquiera a quién le deben en buena parte que la vida, el lenguaje, la ropa y la música que los rodean sean como son.


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