11 de agosto 2014 - 00:00

Dos mundos separados, que juntos deslucieron

Una fórmula que no llegó a funcionar. Lejos de potenciarse mutuamente, los talentos por separado de Martha Argerich, Daniel Barenboim y Les Luthiers se entorpecieron y deslucieron.
Una fórmula que no llegó a funcionar. Lejos de potenciarse mutuamente, los talentos por separado de Martha Argerich, Daniel Barenboim y Les Luthiers se entorpecieron y deslucieron.
Martha Argerich y Daniel Barenboim (pianos) / Les Luthiers (C. López Puccio, M. Mundstock, D. Rabinovich, J. Maronna, C. Núñez Cortés). Miembros de la West-Eastern Divan Orchestra. Obras de I. Stravinsky y C. Saint-Saëns (Teatro Colón, 9 de agosto).

La propuesta tenía de por sí mucho de alocado, de inédito, de casi imposible: a la reunión de Daniel Barenboim y Martha Argerich en el tercero de los conciertos de la dupla en el Colón (y casi como coronación de una semana cargada de adrenalina) se sumaría el grupo de humor musical Les Luthiers, otro emblema nacional. Contrariamente a lo que podía esperarse de tal suma de talentos, el resultado fue más memorable por esta cualidad de acontecimiento que por sus méritos artísticos.

En la primera parte tres "luthiers" y siete miembros de la West-Eastern Divan Orchestra dirigidos por Barenboim abordaron "La historia del soldado", de Stravinsky-Ramuz. La combinación no funcionó en absoluto, y sólo los fragmentos musicales, impecablemente tocados por Michael Barenboim, Kinan Azmeh, Daniel Mazaki, Jaume Gavilán, Bassam Mussad, Noya Schleien y Burak Marlali, tuvieron relieve. El grupo de humoristas se vio en la difícil tarea de adaptar el texto original para esta ocasión, pero su trabajo resultó un híbrido insulso que aniquiló la belleza y la ironía del libreto original sin otorgarle gracia alguna.

Rabinovich asumió la parte del Soldado y Mundstock la del Diablo, con algunas intervenciones de López Puccio; los tres llevaron adelante sus chascarrillos (muchos insalvablemente remanidos) contando con la complicidad de un público que en muchos casos comienza a reír apenas un "luthier" pisa el escenario y continúa riendo incluso donde no hay motivos. La inclusión de dos bailarines de tango (Jésica Gómez y Krishna Olmedo) para una breve coreografía en las danzas de la segunda parte, más algún paso que Barenboim intentó junto a ellos, resultó forzada, como casi todo en esa noche.

Mejor fortuna tuvo la interpretación de "El carnaval de los animales", la gran fantasía zoológica de Saint-Saëns, para la que se sumó nada menos que Argerich, en una partitura en la que se siente a sus anchas. En esta obra, con mucho de humor y de irreverencia, hubo más libertad para las intervenciones de Les Luthiers y en especial para sus instrumentos informales, la fenomenal panoplia que les da su sello inconfundible.

Los números fueron precedidos por el consabido monólogo de Mundstock (retomando el que precede originalmente el "Romance del joven conde, la sirena, el pájaro cucú. Y la oveja") y engarzados por un texto atribuido al infaltable Mastropiero. Si bien algo de lo que hicieron aquí los Luthiers tuvo su chispa, hubo otras instancias imperdonables, como el soso can-can bailado por ellos ("Tortugas"), y aquí una vez más no sólo se deslució el chiste original del compositor, sino que las carcajadas del público sepultaron la maravillosa textura que trazaban los músicos.

Dentro del excelente conjunto se destacaron, amén de Argerich y Barenboim, el contrabajista Marlali, el flautista Guy Eshed y Hassan Moataz, tocando "El cisne" en el cellato (cello de lata) de Les Luthiers; tal vez ese tipo de cruce entre lo formal y lo informal, más y mejor explotado, hubiera conformado una amalgama eficaz. Lo que se vio en la noche del sábado fueron mundos casi separados que, lejos de potenciarse mutuamente, se entorpecieron y deslucieron. El único bis fue casi una reivindicación para Les Luthiers, con su clásico gato "El explicao".

Dejá tu comentario