25 de enero 2016 - 00:00

Draghi y su rally de laboratorio: ¿cuánto durará la pax romana?

Es un rally de probeta, un gol de pelota parada. El fruto de una jugada de laboratorio (con la marca registrada del BCE), un tiro libre verbal muy bien ejecutado por el inefable Mario Draghi (cuyas acciones venían en baja luego del desacierto de diciembre que le dio alas al euro cuando su propósito era enterrarlo). "No hay límites" fueron las nuevas palabras mágicas del pretor monetario. "Tenemos poderío y estamos en disposición de actuar sin limitaciones", sentenció el romano. Y, abracadabra, créase o no, cesó el temporal. ¿Que el mantra era "vender los rallies" y buscar refugio? También se canceló ante la urgencia por comprar y desarmar las posiciones que se vendieron en descubierto. Las Bolsas y los activos de riesgos encontraron en el discurso de Draghi un salvavidas crucial en el momento más delicado. Wall Street revivió justo cuando se arrimaba a una rendición sin condiciones. Es la primera semana, desde que arrancó el año, que consigue cerrar en alza. La pregunta del millón de barriles de crudo es obligada. ¿Durará la pax romana? O será como esos trucos (que enseñan en Goldman Sachs) que de la nada absoluta montan una distracción oportuna aunque fugaz, útil sólo para hacer mutis veloz por el foro.

Así hablaba Zaratustra. ¿Quién no recuerda el juramento de Mario Draghi en 2012 de "hacer todo lo que sea necesario" para salvar al euro? Allí murió la crisis europea de la deuda soberana como quién choca contra una muralla de piedra, lanzado a gran velocidad. Y lo mejor fue que Draghi no tuvo que hacer nada más (se hubiera visto en figurillas de haber tenido que cumplir su promesa). ¿Qué sabe el italiano de petróleo, la obsesión malsana de nuestros días? Conoce, por lo visto, lo más importante. No el encadenado que ata la energía con el nivel de actividad y las expectativas de inflación, y a todo ello, con el diseño de la política monetaria. Ese asunto lo explicó James Bullard, de la Fed de Saint Louis, y apenas consiguió un conato de rally que se derritió al día siguiente. Del petróleo, Draghi aprendió lo más valioso: hacerlo subir de precio. ¿Y cómo lo consiguió? Con la promesa de volcar más estímulo monetario en la próxima reunión de marzo. Hay apoyo unánime, Alemania incluida, advirtió.

¿Qué tan seria es una crisis mundial que se puede apagar desde Fráncfort? ¿Resucitó la fe en la expansión cuantitativa (y cedió la objeción sobre sus rendimientos decrecientes)? ¿Qué puede hacer el BCE? Comprar más bonos, por más tiempo, bajo condiciones más laxas. Y reducir otra vez las tasas nominales de interés, que ya son negativas. Más de lo mismo. Quien temía una recesión global, ¿mudará de opinión? No sólo la Bolsa rebotó gracias a Draghi, también el petróleo -por encima de los 30 dólares el barril- al que todos miran cual rosa de los vientos. ¿Cómo podría el BCE absorber el sobrante de petróleo que tanto abruma? ¿Mezclará el agua (o la liquidez) con el aceite? ¿Comprará barriles de crudo en vez de bonos largos en sus operaciones de QE? Desde ya que no. Límites hay.

El efectivo es rey en tiempos turbulentos, pero el sentido de la oportunidad es emperador. Es evidente que lo que dijo Draghi importa menos que el momento en que lo dijo. Wall Street, por caso, llevaba 11 ruedas consecutivas sobrevendido más de dos desviaciones estándar. Si el cielo puede esperar, el infierno también. La exageración dejó huellas en todas partes. En algunos casos, los indicadores apuntaban a niveles similares a los de la gran corrección de 2011. Y en otros, a los valores del episodio de Lehman 2008. Vencida la excitación, ¿durará la pax romana? Una oleada de expertos dice que no (George Soros, Jim Cramer, Dennis Gartman, el propio Paul Singer, entre muchos otros; y un puñado de bancos de inversión, estructuralmente alcistas). Muchos de ellos alegan razones fáciles de rebatir (recesión, deflación, la merma de la base monetaria ajustada, los excesos del QE, que el excedente de energía no tiene solución rápida a mano). Errados o no, los grandes tiburones esperan más sangre. Conviene saberlo: no dejarán de rondar los mercados sin intentar, al menos, una última dentellada.

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