- ámbito
- Edición Impresa
Dudamel superstar
El hecho de que el programa incluyera una obra de Carlos Chávez fue pura coincidencia homonímica. No sólo ese Chávez fue mexicano, sino que la orquesta que dirige Dudamel tampoco puede considerarse, strictu senso, «bolivariana». Su fundación se remonta a tres décadas atrás, gracias al impulso que le dio José Antonio Abreu con su programa de recuperación social y formación artística denominado «El Sistema», aunque durante la actual gestión política haya encontrado igual sostén. Dudamel, a los 30 años, se ha convertido en su estrella más cotizada, capaz de trascender cualquier establishment, ya sea político o discográfico. Dirige de memoria, con exactitud y vuelo, y es tal el brillo que le infunde a cada una de sus presentaciones que hasta se lo podría imaginar dirigiendo una versión alegre de la Patética de Chaicovsky.
Los músicos, que no superan los 25 años, le responden de la misma manera: hasta la famosa suite Daphnis et Chloé de Ravel y el Pájaro de fuego stravinskiano sonaron (prejuicio mediante) con un ligero aire caribeño, como si la enorme orquesta reinterpretara el canon y lo tradujera a su manera, siempre con felicidad.
El lunes hubo bises, y fueron generosos (a diferencia del domingo, cuando la interpretación de la Séptima de Mahler exigió que no hubiera ninguna otra composición de complemento). Primero el «Danzón 2» de Arturo Márquez (que se podría haber bailado perfectamente), la versión orquestal de Barenboim de «El firulete» de Mariano Mores, el archiconocido «Malambo» del ballet «Estancia» de Ginastera, y desde luego el infaltable «Mambo» del «West Side Story» de Leonard Berstein. En éste, dos percusionistas lucieron la camiseta de la selección argentina (si los músicos de rock también lo hacen, por qué no disculparles esta debilidad a ellos; en definitiva, cuando tocan en Alemania las camisetas que usan son las del equipo venezolano). Finalmente, aunque esto ya se conociera por sus DVDs y clips en Youtube, verlos bailar en vivo el mambo sin dejar de tocar sus instrumentos, proeza nada menor, terminó de completar la atípica noche del Colón.
M.Z.


Dejá tu comentario