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Economía sale al rescate de Obama: cae el desempleo
La mejoría de las condiciones laborales no se limita, esta vez, al mero recuento de puestos de trabajo. Es muy abarcativa: crecieron la duración de la semana de trabajo; y los salarios, por hora, un inesperado (por lo robusto) 0,3%. Más empleo, más horas de trabajo, más remuneración.
La trifecta presagia un dinamismo mayor en la generación de ingresos personales, la fuente principal donde abreva el gasto de las familias. Si se toman otras mediciones independientes -como el informe ADP de empleo privado o los pedidos semanales de subsidios de desempleo-, se recoge una impresión similar. Es verdad que el avance no puede rotularse como satisfactorio -no lo es cuando se repara en la destrucción que ocasionó la crisis, que está lejos de haber sido reparada- pero no hay signos tampoco de una recesión en ciernes. Información dispersa -como las órdenes de bienes durables, algunos informes PMI regionales (como el de Chicago) y las advertencias de varias empresas- o la misma premura de la Fed en actuar en plena campaña electoral habían inoculado el virus de la desconfianza sobre la expansión. Dudas que encontraron, por esta vía, un antídoto eficaz.
La desconfianza que sí aumentó es la de los republicanos. No sólo porque la Fed se lanzó al ruedo en auxilio del empleo (y, por ende, podría pensarse, de las chances electorales de Obama). Sino porque ahora son las estadísticas oficiales las que le dan una mano al presidente (tan inesperada como oportuna). Uno de los caballitos de batalla del candidato republicano, Mitt Romney, era atacar la gestión de Gobierno por no haber logrado perforar una desocupación del 8%. De buenas a primeras, hay que recalibrar el argumento, y en todo caso ya no será tan efectivo: esta tasa de desempleo fue la que se heredó de Bush Jr. ¿Se puede pensar que la mano invisible de Obama, que ya hemos mentado en más de una oportunidad en otras esferas de acción, también influyó en el informe laboral? No se debería. Pero un «tweet» de Jack Welch, el recordado ex CEO de GE, instaló la discusión. «Increíbles números de empleo. Estos muchachos de Chicago van a hacer de todo. No pueden debatir, entonces cambian los números». Lo escribió un experto en masajear cifras, aunque no del sector público, sino privado. Y tuvo amplio eco en el universo de internet. La verdad es que Romney lo cacheteó duro a Obama en el primer debate presidencial y hubiera conectado un impecable uno-dos si el informe laboral no levantaba la guardia. La reacción republicana no es ciencia, sino pura frustración. «Es orwelliano. De repente, por la manipulación de los datos, nos encontramos con una tasa de desocupación por debajo del 8% a un mes de la elección», escribió un diputado de Florida, Allen West. Obama, por lo visto, es un hombre de suerte. Jamás presidente alguno repitió mandato con un desempleo tan elevado. El hombre de Chicago parece ir camino a ser el primero.
¿Cómo reaccionará la Fed? A mediados de septiembre develó su flamante enfoque de «targeting» del empleo. El QE3 fue despachado antes de tiempo precisamente a su servicio. La Fed prometió insistir con las compras de bonos sin límite de monto ni de duración hasta que las condiciones laborales exhiban una mejora «significativa». Una reducción de tres décimas en un solo mes no es cambio chico. ¿Será que el informe de empleo trae, como efecto no deseado por los mercados, un acortamiento de la vigencia del QE3? La respuesta es un no rotundo. Una golondrina no hace el verano. Ya se han visto bandadas -como a principios de año- y muy poco progreso sostenido. Así como vinieron, alzaron vuelo. La Fed ya ha dicho que su empeño será tenaz. No cancelará el QE3 antes que las golondrinas sean una comunidad numerosa que fije residencia estable.

