En momentos en que se produce el mayor avance en tres décadas del Estado como actor decisivo en la economía, los europeos optaron claramente por partidos conservadores para ser representados en el Parlamento continental. ¿Para interrumpir ese proceso que, en teoría, va a contramano de los postulados históricos de la derecha, hechos dogma desde la era Thatcher-Reagan?
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Al contrario. La crisis del capitalismo, terminal para los apocalípticos, todavía requiere un arduo camino para rediseñar el sistema. A la luz de los resultados, parece clara la preferencia acerca de quiénes deben conducir el proceso iniciado.
Hay quienes sostienen que nadie mejor que un populista o un ex revolucionario de izquierda para llevar adelante un proceso radical de privatizaciones, o un militar de mil batallas, quizás un terrorista jubilado, para negociar un plan de paz. Quienes sustentan este punto de vista, pragmático para algunos, cínico para otros, ratificaron ayer sus argumentos y dirán ahora que los conservadores enfrentan un umbral de resistencias mucho más bajo para establecer controles estatales, nacionalizar empresas, otorgar subsidios y transferir euros a bolsillos desposeídos.
Pocas excepciones
El avance liberal-conservador tuvo pocas excepciones y atravesó las fronteras, barriendo la heterogénea realidad del continente. Allí donde gobiernan los socialdemócratas, el triunfo de la derecha se vistió de voto castigo, o directamente de humillación (Gran Bretaña.) En sentido contrario, donde el centroizquierda es oposición, el oficialismo se consolidó o, si hubo alguna expresión de disgusto, emergió a través de terceras fuerzas, incluida la expresión xenófoba que reencuentra a Europa con sus pesadillas. En el motor de Europa, Alemania, con el avance liberal y el declive del SPD, Angela Merkel está más cerca de su objetivo de cambiar en el próximo turno a sus socios del Gobierno.
Claro está que los resultados deben leerse en clave de política interna, como en Italia. Sin arrasar, «Papi» Berlusconi y sus aliados superaban anoche el 45% de los votos.
El resultado de ayer para elegir 788 parlamentarios no resuelve algunos de los límites que la realidad impuso a los deseos de los gobernantes europeos.
Revés
Más allá de los indudables logros del bloque, la idea de un continente «unido en la diversidad», con una autoridad civilizatoria para el mundo y que expande su bienestar, no logra ser mucho más que esas bellas palabras.
Pese a la insistencia de que el Parlamento elegido es el que más responsabilidades tendrá en la historia del cuerpo, volvió a emerger el persistente desinterés mayoritario en votar en este tipo de comicios. En Holanda, por caso, votaron poco más que un tercio de los habilitados.
La ultraderecha y los euroescépticos crecen elección tras elección y llegarán reforzados a la Eurocámara, irónicamente para limitar su competencia. El bloqueo a la inmigración, llevado a política de Estado incluso por los «progresistas», va camino a consolidarse en un contexto de contracción económica. La «unidad en la diversidad» tuvo un abrupto freno.
En el plano de la ansiada voz política conjunta, si algo dejó claro la era Bush fue la imposibilidad de que una Europa dividida en ejes cuente con una representación unívoca. Por si hiciera falta, ese intento fue volteado en plebiscitos del norte del continente.
No es menor, por último, el devenir de la antaño ejemplar e inclusiva integración económica. En la Europa de los 27, la diferencia del ingreso per cápita entre algunas capitales del Este y Londres es de diez veces en favor de los británicos. El invierno pasado, con sus economías en quiebra, muchos esteños comprobaron que sus ilusiones hace cinco años había sido, al menos, apresuradas.
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