8 de noviembre 2012 - 12:29

"El crecimiento oscila alrededor de modesto 2%"

En esta entrega del «Economista del mes», el análisis de las perspectivas para 2013 y la coyuntura de lo que resta de este año estuvo a cargo de Eduardo Levy Yeyati, director de la consultora Elypsis y profesor de la UBA y de la Universidad Torcuato di Tella. El economista señaló que aún espera «un leve repunte para cerrar el año en un 1,3%, pero lejos del promedio de los últimos años». De cara a 2013, advirtió que la principal dificultad por afrontar será el crecimiento. «La Argentina creció, en promedio, un 8% de 2003 a 2006 y, corrigiendo por la sobreestimación del INDEC, un 4% entre 2007 y 2011. Hoy parece oscilar alrededor de un 2% demasiado modesto para las necesidades y posibilidades del país».

Eduardo Levy Yeyati
Eduardo Levy Yeyati
1 ¿Cómo cree que va a cerrar el año en materia de crecimiento?

Al parecer, peor que lo esperado. Hace unos meses parecía que el Gobierno, después de asegurarse en el primer semestre el superávit comercial al que aspiraba, relajaría los controles a las importaciones que frenan la producción y encarecen los precios, pero por el momento no hay señales en este sentido. Además, tras la caída de la inversión y las exportaciones, ahora le tocó ajustar al consumo, en línea con el deterioro de las expectativas de corto y largo plazo. Aún espero un leve repunte para cerrar el año en un 1,3%, pero lejos del promedio de los últimos años.

2 ¿Qué expansión del PBI vislumbra para el año que viene?

Cualquier estimación es heroica, ya que el crecimiento dependerá, como en 2012, del clima (por la cosecha) y, sobre todo, de la imprevisible política económica, que durante este año fue la principal razón del pobre crecimiento y que en 2013 reflejará el cortoplacismo típico de un año electoral. Con esta salvedad, la normalización de la producción agropecuaria debería aportar por sí sola un 1,5% de crecimiento que, sumado al arrastre estadístico de este año, a una modesta recuperación de Brasil, a una economía global creciendo como en 2012 y a una demanda doméstica amesetada, arrojan una tasa para 2013 del 3% al 3,5%. Sin embargo, a juzgar por la experiencia reciente, no se puede descartar que, ante la ansiedad electoral, nuevos experimentos económicos recorten un poco este número.

3 ¿La inflación seguirá siendo un problema en 2013?

La inflación, como la presión cambiaria, se ha convertido en un dilema de difícil solución para este Gobierno. El Banco Central se convirtió en su prestamista de última instancia tanto en dólares (transferencia de reservas) como en pesos (emisión). Y, si bien la inflación es hoy fundamentalmente inercial a través de la indexación a la pasada, una emisión monetaria al 35% la convalida y alimenta. Por más que el corralito cambiario, las tasas bajas y la informalización de la economía hayan elevado transitoriamente la demanda de pesos, en algún momento ese caudal de pesos acorralados acaba abonando la inflación, sobre todo si se insiste con la restricción a las importaciones que limita la oferta de bienes. Difícil generar crecimiento sólo con emisión si la oferta no responde.

4 ¿Qué habría que hacer para frenarla?

Esencialmente, tres cosas. Primero, reconocerla y medirla con un índice creíble, lo que implica desandar el camino de la intervención del INDEC y elaborar un nuevo índice (por ejemplo, el varias veces anunciado IPC nacional). Segundo, orientar la política monetaria a la contención de la inflación, mediante la elaboración de un programa monetario y fiscal consistente con pautas de inflación realistas que anclen las expectativas, que hoy, según mediciones privadas, la ven subiendo al 30%. Tercero, coordinar precios y salarios alrededor de estas pautas, de modo de reducir la inercia inflacionaria sin necesidad de recurrir a un shock monetario contractivo con un alto costo para la actividad económica. De este modo, se podría aspirar a reducir la inflación a un dígito en tres años. Lamentablemente, es improbable que el Gobierno cuente con la convicción y la credibilidad política necesarias para llevar adelante esta estrategia.

5 ¿Hay riesgos de que se espiralice?

Si el Gobierno continúa negando la inflación en ascenso, el consumidor puede pasar de buscar precios con sus pesos en el bolsillo a sacarse los pesos de encima cuanto antes comprando cualquier cosa a cualquier precio, defensivamente. A su vez, la inflación puede generar restricción de oferta, si el comerciante prefiere atesorar sus productos por temor a un aumento del costo de reposición. Uno esperaría que el Banco Central anticipara esta dinámica y la previniera reduciendo la emisión neta, pero hasta ahora no ha dado señales de preocupación. Además, más allá de consideraciones sobre su capacidad técnica y su poder de comunicación, controlar la espiral de precios una vez lanzada suele ser difícil y costoso en términos de crecimiento.

6 ¿Cuáles son los principales obstáculos que enfrentará la Argentina el año próximo en materia económica?

El principal es el crecimiento. La Argentina creció, en promedio, un 8% de 2003 a 2006 y, corrigiendo por la sobreestimación del INDEC, un 4% entre 2007 y 2011. Hoy parece oscilar alrededor de un 2% demasiado modesto para las necesidades y posibilidades del país. La inversión privada ha caído (por la menor rentabilidad asociada a la apreciación y a la intervención del Gobierno) y la pública se ha quedado sin fondos. Para volver a crecer necesitamos capitales externos (incluyendo la repatriación de ahorros fugados), pero en cambio profundizamos la autarquía y la represión financiera, apostando a un vivir con lo nuestro que, en el mejor de los casos, suena voluntarista. A esto se suma el combo inflación y manipulación del IPC, que marcó el inicio del aumento del costo financiero argentino y de la apreciación que dio lugar al corralito que hoy traba el crecimiento, y que ya afecta al consumo. Y un déficit fiscal que paga tarifas subsidiadas a la clase media alta con emisión inflacionaria. Y sólo estamos hablando del cortísimo plazo.

7 Con respecto a los controles en el mercado de cambio, ¿por qué cree que se tomaron? ¿Eran necesarios para frenar la fuga o la alimentaron?

En 2011, el Gobierno enfrentó una salida de capitales por dos motivos: el temor a un ajuste cambiario para reducir la apreciación y compensar el fortalecimiento mundial del dólar, y una política de tasas bajas para subsidiar el gasto (tanto privado como público) a expensas del ahorro. Entonces, en vez de dejar que el tipo de cambio corrigiera como en el resto del mundo, el Gobierno decidió suspender la convertibilidad del peso por razones que, a juzgar por expresiones oficiales, van desde un temor infundado al traslado a precios a una sospecha infundada de un golpe de mercado, pasando por una peculiar reinterpretación del modelo de sustitución de importaciones. En todo caso, la medida fue innecesaria y reflejó un error de diagnóstico que terminó creando de la nada un impulso de fuga tipo «puerta 12», y un tipo de cambio paralelo y caída de la inversión que generaron estanflación, precisamente lo que se pretendía evitar. Aun así, hoy sigue siendo más sencillo y económicamente sensato dar marcha atrás que insistir con un corralito insostenible.

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