| El dramaturgo español Jordi Galcerán (Barcelona, 1964) declaró en una entrevista reciente: "Utilizo la realidad para hacer teatro, pero no utilizo el teatro para hablar de la realidad". El autor de "El método Grönholm" suele tomar como punto de partida conflictos sociales (la despiadada ley del mercado, el mundo del trabajo o incluso el terrorismo vasco), pero no se propone reflexionar sobre estos temas; sólo los utiliza como disparadores dramáticos que arrastran a sus personajes a conductas absurdas y de carácter tragicómico. |
"El crédito" es una obra de humor simple y directo que pone a prueba la credibilidad del público sirviéndose de peripecias poco probables pero eficaces, ya que expresan situaciones temidas por todos: fracaso amoroso, pobreza, pérdida del status adquirido, descubrimiento de la propia debilidad. Todo comienza cuando Antonio Vicente, un hombre desesperado y sin recursos, pide un crédito para salir de un grave apuro. Ante la negativa del arrogante director del banco, Antonio lo amenaza con seducir a su mujer.
El funcionario se muestra inflexible, pero la insistencia del solicitante y un dato -probablemente falso- que éste desliza al pasar, hacen que el director deje de confiar en sí mismo y rumbee hacia el abismo. De pronto, el cliente cargoso se transforma en el posible salvador de su matrimonio y conviene negociar con él; pero todo se complica, ante todo por los errores y malas decisiones del banquero.
La eficacia de la obra depende en un gran porcentaje de la capacidad actoral de sus intérpretes, que llega a su esplendor en el explosivo delirio a dúo que comparten Jorge Suárez y Jorge Marrale. El primero da vida a un Antonio tan encantador como enervante que juega como un niño y pasa de víctima a simpático inimputable con total naturalidad. Debido a las características de su papel, Marrale es quien más se transforma en escena. Desde la altanería del comienzo al desquicio final su actuación es tan cambiante, profunda y vital que supera los requerimientos de esta comedia reidera (ya es hora que alguien lo dirija en alguna pieza de Shakespeare. Tiene humor y bravura para un Ricardo III).
En "El crédito" privan las emociones y las réplicas hilarantes (aplaudidas por el público en plena acción). No hay análisis ideológico ni retrato psicológico; sólo se conocen las reacciones de los personajes y unos pocos datos que invitan a apiadarse de sus desatinadas peripecias. La pieza disfruta de un gran éxito en Madrid y en Barcelona y es probable que lo repita en Buenos Aires.


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