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El daño de trabas y contratrabas
Por un lado, desde 2005 la situación fiscal no ha parado de deteriorarse a tal punto que hoy, con ingresos que superan a los de 2004 en más de $500.000 millones, tenemos un déficit de 2,0% del PBI, sólo 1% del PBI menos que el recesivo 2009.
Sin crédito internacional y sin requerir del crédito interno (y no afectar negativamente la actividad económica) para financiar el desequilibrio en las cuentas públicas, el gobierno recurrió a los viejos, gastados y decadentes expedientes de la confiscación de los ahorros privados (como cuando eliminó el sistema de capitalización) y del uso de las reservas y del financiamiento monetario del BCRA.
Por otro, el sector privado también ha experimentado (y experimenta) una fenomenal expansión de su gasto. En primer lugar están los excepcionales precios de los productos que Argentina todavía la vende al mundo que le dan más ingreso disponible para gastar. Segundo, el gobierno sigue una política de tasas de interés bien negativas en términos reales (cuando se las compara contra la inflación) para que la gente no ahorre y se consuma todo. Tercero, no nos olvidemos del tremendo impacto expansivo de corto plazo sobre el consumo interno del inflador salarial de la dupla Moyano-Tomada que ha hecho que los salarios en dólares ya sean iguales a los de diciembre de 2001, antes de que el dólar se multiplicara por cuatro en el primer semestre de 2002.
Con gasto fiscal y privado en ebullición, hay un boom de demanda interna que trajo aparejado increíbles crecimientos de la producción industrial (está 50% arriba de los años buenos de la convertibilidad), el comercio, la construcción (aún sin obra pública supera en 70% al período 1996-1998). Obviamente que también provocó un salto espectacular de las importaciones, sin que haya implicado ni implique, ningún desplazamiento de la producción nacional a manos de la competencia importada. La mayoría de nuestras empresas siguen trabajando al límite de su capacidad instalada y generando ganancias altísimas. Y si aún así el gobierno quiere proteger, es menos malo devaluar que cerrar la economía.
Es lógico que con semejante deterioro fiscal y consumismo privado (por la política fiscal, monetaria y salarial del gobierno) la tasa de ahorro doméstica se desplome. Con algo de inversión, sin entradas de capitales y tipo de cambio más o menos fijo, el financiamiento de un eventual déficit de las cuentas externas sería con reservas del BCRA.
Y eso es lo que desespera al gobierno: el agrietamiento de la caja. Pero en vez de aflojar con el inflador y ser más moderado en lo fiscal, monetario y salarial, para no perder dólares, cierra la economía a la competencia importada de una manera tal que vivimos en conflicto con todo el mundo. Cuando no es Europa (segunda potencia mundial), es Brasil (nuestro principal socio comercial) y cuando no es ninguno de los dos, el turno es de China, nuestro principal destino de las principales exportaciones de Argentina: las del complejo sojero. Tan suicida como absurdo y real.
Finalmente, habría que preguntarse en qué nivel de patología psicológica entramos los argentinos que preferimos un dólar ahorrado de la sustitución de importaciones (a pesar de la decadencia secular que nos ha generado) respecto de un dólar ganado de la exportación agrícola, petrolera e industrial, cuando ésta última puede dar más empleo y mejores y salarios reales que los que producen para competir con las importaciones, simplemente por el hecho que una apertura comercial bien hecha, no implica pelearse con nadie en el mundo, a diferencia de hoy.


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