El desánimo se apodera de las tropas en Afganistán

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Nawbahar, Afganistán - El martes algunos soldados bromeaban en la base militar estadounidense de Nawbahar, en el sur de Afganistán, cerca de la frontera paquistaní, preguntándose quién se iba a quedar en vela aquella noche para escuchar en directo el discurso de Barack Obama.

Ayer, sin embargo, pocos militares sabían qué había dicho el presidente norteamericano, ni parecía que les importara. A mediodía ni siquiera los oficiales del campamento estaban informados de lo que había anunciado. «Me parece que va a enviar unos 30.000 soldados más o una cosa así, pero no estoy muy seguro», comentaba, sin darle importancia, el teniente Cristopher Goeke.

Lo que sí que preocupaba, y mucho, a los militares norteamericanos en Nawbahar era qué iba a ser de su futuro. Según la nueva estrategia del comandante en jefe de las tropas internacionales en Afganistán, el general estadounidense Stanley McChrystal, las fuerzas de EE.UU. se concentrarán ahora en las zonas más pobladas y se retirarán del resto ya que no hay efectivos suficientes para abarcar tanto. Y en el distrito de Nawbahar, precisamente, viven cuatro gatos. Sólo hay unos 10.000 habitantes.

«Tal vez nos tendríamos que haber centrado más en hacer operaciones contra los talibanes, en vez de intentar ganarnos las mentes y los corazones de la gente», afirmaba ayer, pensativo, el teniente Goeke, como si aquello pudiera evitar ahora que la base se cierre.

Descontrol

En Nawbahar los soldados van un poco a su aire, sin ningún jefe presente que los controle. El campamento es minúsculo. Sólo hay unas cuantas decenas de soldados norteamericanos -todos hombres- y otros tantos afganos. Todos en un mismo recinto: una especie de fuerte de escasos 50 metros cuadrados donde casi no hay nada. Ni siquiera ondea la bandera estadounidense, tan sólo la afgana.

Los soldados se levantan a la hora que quieren, comen o no comen, según si el soldado encargado de cocinar tiene ganas de hacerlo, y no suele tener ganas. Sólo hay cena. Y van más o menos limpios, según su elección. De hecho, en el campamento no hay ducha. Sólo un pozo al aire libre, y en esta época del año hace mucho frío.

Aparte de eso, están, evidentemente, todos los avances que los militares han conseguido en los casi tres meses que llevan destinados en Nawbahar. El teniente Goeke muestra un mapa del distrito. Lo conoce bien. Sabe con qué frecuencia los talibanes visitan los diferentes pueblos de la zona, en qué lugares se concentran, quiénes son sus líderes y hasta en qué taller mecánico reparan sus motos.

Además, las tropas estadounidenses crearon una base de datos de los habitantes de la zona, con su nombre, retrato, fotografía del iris de los ojos y huellas dactilares. Y el 7 de noviembre libraron una batalla contra los talibanes en la que, según relatan, abatieron a 19 y les incautaron decenas de armas. «Les dimos un buen golpe y la prueba es que, desde entonces, no nos han vuelto a atacar», destaca el sargento primero Matthew Mills.

Goeke admite, no obstante, que ellos sólo pueden garantizar la seguridad en un perímetro de cinco kilómetros alrededor de la base. El resto del territorio es pasto talibán. Además, la presencia de las tropas norteamericanas hizo que los caminos del distrito se hayan plagado de artefactos explosivos, el arma preferida de los talibanes en esta parte del país para atacar a las fuerzas extranjeras. «Pagamos a la gente que nos dice dónde están», detalla Goeke. Unos u$s 50.

El sargento primero Mills añade que, por muchos esfuerzos que hagan, nunca podrán parar el tráfico de armas de los talibanes desde Pakistán, ya que los efectivos estadounidenses son reducidos en esa área. Pero al menos les ponen palos en las ruedas. Si se van, según la estrategia de McChrystal, ¿qué pasará?

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