El FMI cierra la salida de la crisis. ¿Otra vez?

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Los seres vivos tendemos a comportamientos autodestructivos en contextos sin salidas, hallaron experimentos de Henry Laborit (1914-1995), popularizados en la película Mi tío de América. Aglomerados en un recinto cerrado, los humanos hasta se matan aplastados por quienes intentan huir para preservar sus vidas, de un incendio u otras calamidades. Como la catástrofe de la puerta doce, en River, donde murieron 71 hinchas.

Esos comportamientos se repiten en las corridas bancarias. Los humanos se apuran a retirar sus depósitos ante temores por la solvencia de las entidades. Al hacerlo en tropel, imposibilitan la solvencia de las mismas financieras, cerrando el crédito a las actividades productivas, provocando crisis enormes. Incluida la notoria de 1930 la mayor depresión del siglo XX, con repercusiones políticas en buena parte del planeta, incluido el advenimiento de Hitler en Alemania. Esas crisis se repitieron en otras ocasiones hasta la muy grave de 2008/2009.

Las corridas cambiarias copian ese comportamiento. Los que tienen pesos corren a asegurar el valor de sus activos, en la moneda que cuenta, comprando dólares antes de que se encarezcan aún más. En el intento, agotan las reservas del Banco Central, elevan los precios en pesos y comprimen la capacidad adquisitiva de todos, pudiendo precipitar grandes crisis económicas y políticas de significación.

La previsibilidad de estos comportamientos masivos ha generado diversas medidas precautorias. Para los incendios y otras catástrofes, establecen puertas para facilitar la desconcentración de las personas. Para las corridas bancarias, feriados para restringir retiros de efectivo, seguros a los depositantes, redescuentos y otras reservas para que los bancos puedan atender la fuga de depósitos. Para las corridas cambiarias, reservas en dólares para venderlas a los que quieran cambiarlos por sus pesos. Salvo en los muy pocos países que carecen de reservas pues no las necesitan, casi todos los países miembros del FMI constituyen reservas en las divisas relevantes para atender corridas y otros imprevistos. Las estadísticas comprueban que la mayoría de las monedas están respaldadas por reservas internacionales que varían constantemente. Es decir, la mayoría de los países tienen monedas cuya flotación está muy acotada por la autoridad monetaria, reconociendo los peligros de fluctuaciones sin límites. Eso es especialmente crítico en los países volátiles, donde prevalece la desconfianza en autoridades y reglas. Algunos todavía se asombran que midamos en dólares la evolución de nuestros activos a través del tiempo. Pero no el BCRA, cuando publica las reservas internacionales medidas en dólares y es el responsable de la inflación, ocultada tras la supresión de los 13 ceros a nuestras monedas sucesivas.

Los tipos de cambio fijos fueron el credo fundacional de Bretton Woods, constitutivos del FMI y el orden financiero y comercial al término de la Segunda Guerra Mundial. Recién, el 25/8/1971, EE.UU. abandonó el respaldo oro del dólar, iniciando una era de fluctuaciones con reglas no especificadas durante mucho tiempo, en respuesta a problemas fiscales y otros cuestionamientos a su crédito. Milton Friedman, un ícono de la teoría monetaria, propulsor de la flotación y premio Nobel, me confesó que la flotación no era para economías con alta incertidumbre y reglas cambiantes. Si alteramos las normas continuamente, ¿para qué quieren flotar la moneda que no es unidad de cuenta?

En América Latina, la mayoría de las monedas están atadas al dólar o fluctúan de forma acotada por las intervenciones de las autoridades. Panamá, Ecuador y El Salvador están totalmente dolarizadas.

No obstante, el convenio firmado con el FMI establece la flotación del dólar y limitaciones estrechas a posibles ventas por BCRA. Además, sancionan metas de inflación, de imposible cumplimiento mientras desconocen el sendero del dólar en el tiempo. Eso me resulta llamativo, pues varios convenios recientes valorizan la ventaja de cotizaciones fijadas, para otros países.

En 2001, el FMI imbuido por la visión del "haircut" - que nuestros acreedores deberían sufrir una quita a sus pretensiones- negó una asistencia modesta a nuestras autoridades, precipitando la caída del Gobierno, el default y la mayor depresión de nuestra historia. De la que pudimos recuperarnos con la extraordinaria bonanza de las materias primas. Recuerdo haber intentado convencer a mi antiguo profesor en la Universidad de Chicago, Allan Meltzer, un gran estudioso de políticas e historias monetarias y propulsor del "haircut", de la catástrofe que se avecinaba y la necesidad de financiar a nuestro gobierno en la emergencia.

Nuestro país necesita renegociar la salida de la crisis cambiaria ampliando nuestra capacidad de decidir la política cambiaria, estableciendo otras alternativas. Una vez que hemos acordado que BCRA no financie al Gobierno, podríamos establecer otros límites, de ser necesarios, para asegurar que la venta de las reservas no las dilapidará. Con emisión monetaria acotada, la venta de las reservas contraería los pesos circulantes sin financiar gastos excesivos.

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