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El fracaso de las políticas de austeridad sentenció a Europa
Es el peor de los mundos: la garantía borrosa cuya póliza nadie exigía pero alcanzaba para justificar el grado de inversión, trocó en una realidad de desembolsos concretos que no logran ahuyentar el fantasma del default inminente. No sólo Grecia volcó. Irlanda y Portugal también fueron expulsados de los mercados de capitales. La estrategia que expuso sus miserias, los aniquiló en menos de un año. Lo grave es que no se sabe, increíblemente no se pensó, cómo enterrarlos.
Así, la amenaza no es la enfermedad sino la peste. Por fortuna y mérito propio, España pudo evitar el contagio inmediato. No la doblegó su enorme exposición a Portugal. Resistió la suba de tasas del BCE. Su economía salió del abrazo de la recesión aunque arrastrándose como un caracol. No puede alegarse que el Gobierno de Rodríguez Zapatero no haya bebido de la copa de los ajustes y las reformas, pero nada alcanza. España tenía (y tiene) menos deuda pública que Alemania. Y avanzó en la capitalización de las cajas regionales -el talón de Aquiles que dejó como legado la crisis inmobiliaria- mucho más que Berlín con los Landesbank. Sin embargo, lo que para los mercados no es suficiente, para la política puede ser excesivo. Y, en esos casos, el hilo se romperá por lo más delgado. La voluntad de los políticos choca con la fatiga del electorado. Está claro que el Partido Popular (PP) no renegará del camino que se trazó. Y quizá podrá conducirse mejor. Pero, en definitiva, serán los votantes los que decidan el rumbo. O, peor, la legión creciente de indignados (que son muchísimos más que cuando castigaron al PP por el mal manejo mediático del atentado de Atocha).
Europa no comienza en los Pirineos. España no es una simple pieza más. Es el dique de contención que, de ceder, anegaría todo el proyecto de integración con efectos ingobernables. Una de sus paredes -la que da de frente a la política- se rajó peligrosamente el domingo y requiere rápida atención. No es casual la reacción de las agencias calificadoras de crédito. A la manera de quien se procura de coartadas de ocasión, Italia y Bélgica recibieron sus dardos. Que la crisis embista a España y no, por ejemplo, a Bélgica, que hace un año carece de Gobierno, es también una bendición. Es infinitamente mejor terreno para dar batalla.
¿Si se escoge la austeridad y el ajuste deflacionario y la estrategia fracasa, cómo se sigue? El respirador artificial permanente no puede ser la respuesta. Pero, de momento, es la única línea de acción. Europa no debió meterse en una estrategia de la que no se sabe cómo salir. Esa es la ventaja de las políticas de estímulo. Sobre todo, del estímulo monetario. Si se prueban erradas, o excesivas, y devienen en alta inflación, la solución, siendo penosa, existe. Es conocida. Se puede instrumentar. La eurozona no tiene más deuda que EE.UU., o que Japón. O que Gran Bretaña. Y tiene mejores intenciones que todos ellos para lidiar con el problema. ¿Cómo puede ser que atraviese por vicisitudes dramáticas que nadie más padece? Ocurre que EE.UU., Japón y Gran Bretaña, todos sin excepción, se embarcaron en políticas agresivas de relajamiento monetario no convencional. O sea, compraron bonos públicos a cuatro manos y, más allá de su solvencia teórica, no permitieron que se dudara en lo más mínimo sobre su capacidad de repago. Quien mirase su tasa de interés (el atajo habitual) no observó nunca una sombra de sospecha. Se mencionó aquí que cuando la Fed lanzó el QE2, Europa debió sumarse al tren en vez de despotricar contra los molinos de viento (a esa altura, ni Irlanda ni Portugal habían sucumbido).
Si el BCE hubiera replicado el accionar de la Fed en vez de congelar su tímido programa de compras de bonos soberanos (y de reducir la magnitud de sus redescuentos) hubiese sido imposible (sí, imposible) derribar a nadie más. Si en vez de llorar sobre la leche derramada, Europa habilitara una iniciativa similar, con eje en España, tomaría también el control de la situación. Aunque no resolvería la cuestión del endeudamiento en sí (como tampoco la tienen resuelta EE.UU. ni Japón). Pero, se sabe, las ideas son otras. El BCE no lo quiere hacer (prefiere luchar contra el espantapájaros de la inflación y asegurarse la victoria). En un sentido estricto, tiene razón en que la política fiscal debería ocuparse. Pero resulta que Europa es una unión monetaria y no una unión fiscal. Y los gobiernos no conseguirán convencer a sus electorados de sumar esfuerzos extraordinarios para pagar los desajustes del vecino. Se entiende, hasta no tener que poner sus propias barbas en remojo.


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