31 de enero 2011 - 00:00

El mundo árabe prueba ahora a Wall St.

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
Tres años exactos le tomó a la economía de los EE.UU. recuperar el nivel máximo del PBI y establecer un nuevo récord. Lo consiguió en el cuarto trimestre del año pasado tras crecer a un ritmo anualizado del 3,2%, levemente por debajo de lo esperado, pero no por ello menos auspicioso.

La hipótesis de la recaída en recesión, munida de asidero aun en agosto o septiembre y motivo principalísimo de la intervención de la Fed a través del QE2, fue barrida de escena por la fortaleza renovada de una demanda interna que se montó otra vez sobre las espaldas del consumo privado (+4,4%). Está claro que tamaño despliegue de frenesí consumista no se sostendrá en el tiempo, pero tampoco será necesario para fogonear la expansión.

Otros renglones que mostraron debilidad en el último trimestre de 2010 -un recordatorio de que el riesgo de una eventual recaída no fue un temor infundado- como el gasto público (que cayó el 0,6%) o la inversión fija (no residencial), que se desaceleró en forma notable, cuentan con un horizonte más despejado en 2011. Y es dable confiar en un repunte de ambos por encima de su pobre desempeño sobre el filo de 2010. Hay múltiples motivos. Desde los incentivos fiscales para la inversión (una ventana de oportunidad que se cerrará en 2012) hasta la resurrección del crédito bancario dirigido al comercio y la industria después de tres años de poda salvaje.

El propio consumo privado recibirá este año el aliciente de un recorte de cargas laborales -equivalente a un aumento del 2% del ingreso disponible- que lo mantendrá tonificado sin entorpecer el proceso de continuo desendeudamiento en que están embarcadas las familias. Así, la tasa de ahorro personal promedió el 5,9% el año pasado (y, pese al desborde consumista, apenas reculó al 5,4% en el cuarto trimestre). Si, como se espera, el dinamismo del mercado laboral sube un escalón -en 2010 frenó la destrucción del empleo, pero no generó nuevos puestos de trabajo en escala satisfactoria- la economía de los EE.UU. debería agilizar su marcha y avanzar con más prisa que el 2,9% que, a la postre, registró el año pasado. Su derrotero no será la recuperación vibrante que prometían los más entusiastas y la regla de Zarnowitz, pero tampoco es la W que en fecha tan reciente como octubre pasado preconizaba Nouriel Roubini. Si se quiere es una recuperación con grafía de raíz cuadrada, zigzagueante en torno de la velocidad de crucero de la demanda interna final (+3,2% en 2010), que se abre paso trabajosamente aun no exenta de peligros. Tanto que zozobraría con facilidad si se le quitaran las muletas del estímulo extraordinario de las políticas públicas. De hecho, hubo que reforzar la política monetaria (con el QE2) y la fiscal (con los recortes impositivos) para despejarle el camino.

La economía crece y, completada su recuperación, se expande en forma neta. No hubo Depresión y la marcha del producto bruto ya corrigió la merma que produjo la Gran Recesión. Como se dijo, la provisión de anabólicos a través de las políticas públicas todavía juega un papel muy relevante. ¿Sus consecuencias? Fortísimos aumentos de la deuda pública y de los pasivos monetarios de la Fed, que se proyectan en el horizonte sin perspectivas de reversión mediata. Pero ningún rastro de inflación en alza. El índice de precios implícitos del PBI marcó un aumento del 0,9% en 2009 y del 1% en 2010 frente a lecturas del 3,3% en 2006 y del 2,9% en 2007, en la antesala de la crisis. La desinflación es la norma de los tiempos que corren. Y el comportamiento más reciente no muestra señales de cambio.

Los precios implícitos treparon el 0,3% anualizado el cuarto trimestre. Si se examina el comportamiento de la referencia favorita de la Fed como indicador de tendencia inflacionaria -el deflactor del gasto de consumo personal, excluidos energía y alimentos- lo que se observa no difiere sobremanera. Esa vara registró un incremento del 0,8% en todo 2010. Y del 0,3% en el último trimestre. Se entiende así el celo de la FED con el QE2, su voluntad de apostar fuerte y su flamante decisión, el miércoles pasado, de perseverar en la senda elegida.

Dice el refrán que la Bolsa anticipa. Y a decir verdad el rally que Wall Street lanzó en septiembre pasado, alentado por las promesas de la Fed, y que saltó el cerco conservador de un mercado lateral que duró meses, anticipó con acierto el cuadro de situación y las cifras que, este viernes, revelaron las cuentas nacionales. Pero, en graciosa ironía, la Bolsa no pudo festejar la confirmación de sus mejores presagios. Y así lo que parecía la novena semana consecutiva de subas del Dow Jones trocó, el mismo viernes, en pesada caída.

La mecha que encendió Túnez dos semanas atrás, ardió en Egipto con pasmosa facilidad y ya alimenta un reguero de convulsiones en un mundo árabe siempre proclive al polvorín. Qué mejor examen para la robustez de las Bolsas que la amenaza inasible de lo imprevisto e imposible de mensurar a simple vista. ¿Dónde se detendrá el dominó? ¿Cuánto se afectará la estabilidad de una región crítica? ¿Estamos acaso ante un fenómeno comparable a lo que fue la caída del Sha de Irán? ¿O habrá aprendido Occidente la lección? No habrá respuestas convincentes por un buen tiempo. Lo que obligará a las Bolsas a mostrar su verdadero temple.

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