22 de febrero 2010 - 00:00

El partido de Lula, de la revolución a la corrupción

Dilma Rousseff
Dilma Rousseff
San Pablo - Desde su fundación, en 1980, el Partido de los Trabajadores (PT) tiene como marca una inconfundible estrella roja, creada como versión brasileña de la hoz y el martillo. Los petistas defendían la confiscación de la propiedad privada, el impago de la deuda externa y la nacionalización de los sectores económicos esenciales. Empresarios y miembros de la «clase explotadora» no eran admitidos en el partido.

A lo largo de los años 80, el PT dividió a los brasileños en dos grupos. Por un lado, algunos temían que el partido llevara a cabo una revolución comunista e implantara el terror en el país. Así, en 1982 el líder sindical Luiz Inácio Lula da Silva, el más famoso de los fundadores del PT, se postuló a gobernador del estado de Sãn Pablo y fue derrotado.

Por el otro lado, una pequeña parte de los brasileños escuchaba con ilusión ese discurso radical y veía a una formación sinceramente dedicada a ayudar a los más pobres y a devolver la moralidad a la política. Entonces, Brasil todavía estaba lejos de ser la potencia internacional de hoy: la influencia de EE.UU. era sofocante, las desigualdades sociales y la corrupción eran muchísimo más fuertes y los derechos básicos de los individuos eran masacrados por una dictadura militar.

El PT necesitó tiempo, sudor y persistencia para convencer a la mayoría del país de sus buenas intenciones. Mientras Lula era derrotado en los comicios para la presidencia de 1989, 1994 y 1998, su partido lograba conquistar espacios en el Congreso Nacional, en los Gobiernos de los estados y en las intendencias. A lo largo de los años 90, la formación renunció al tono revolucionario, consolidándose como el más importante partido de la oposición.

En los comicios de 2002, finalmente Lula salió elegido. El nuevo presidente de Brasil pronto conquistó la confianza plena de empresarios, banqueros e inversores internacionales, a quienes antes llamaba «burgueses». Al mismo tiempo, selló alianzas estrechas con partidos y políticos enemigos históricos del PT, como el ex presidente Fernando Collor de Mello, quien derrotó a Lula en los comicios de 1989 después de mostrar en la televisión a una hija que el petista había tenido fuera del matrimonio.

Sin embargo, una serie de escándalos de corrupción estalló durante el Gobierno de Lula, borrando así toda el aura de moralidad de la que el partido se había enorgullecido hasta entonces. En uno de esos escándalos se descubrió que los congresistas de la oposición recibían dinero cada mes para votar a favor de los proyectos de ley del Ejecutivo. Mientras tanto, los petistas que se mantenían fieles a los ideales de los años 80 fueron expulsados o abandonaron el partido por voluntad propia, defraudados.

Los escándalos y las purgas del PT no afectaron la popularidad de Lula. En condiciones normales se realizarían unas elecciones internas para que el partido escogiera su candidato para las presidenciales de este año. Pero, puesto que todos los nombres fuertes estaban involucrados en denuncias de corrupción, Lula no tenía alternativa y se vio obligado a escoger un nombre para las elecciones, indicando a Dilma Rousseff como candidata.

Ganando o perdiendo las elecciones de este año, el PT tendrá que resolver su inédita crisis de personalidad. Ya no es el partido de izquierda de antaño. Tampoco admite que le digan que es un partido de derecha. Si vence los comicios, Rousseff no tendrá la fuerza y el carisma de Lula para mantener el partido unido. Si pierde los comicios, el PT volverá a estar en la oposición, pero con un currículum manchado que le quita la autoridad para hacer críticas al Gobierno de turno. Todavía no se sabe qué futuro tendrá el Partido dos Trabajadores cuando salga de la sombra protectora de Lula da Silva.

Dejá tu comentario