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El “sequester” de Obama deja huella en desempleo
Conviene pasar revista a lo que se aprendió la semana pasada. Se temía que la economía de EE.UU. no hubiera sobrepasado un ritmo de crecimiento del 1% en el segundo trimestre. No fue así: las estadísticas (volátiles como nunca) cantaron el 1,7%. Aunque el cuadro general no se modificó. Las cifras del primer trimestre se revisaron con saña: ya habían migrado de una estimación original del 2,5% al 1,8% y ahora se redujeron a un escueto 1,1%. La síntesis de la primera mitad del año es la misma. La economía marcha al 1,4%, casi a paso de hombre. La inflación de la canasta de consumo -allí donde la Fed les toma el pulso a los precios- también se apega al 1% y es la menor en medio siglo. Esta economía que hoy vegeta promete entonarse en lo que resta de 2013. Prometer, promete hace tiempo, pero no cumple. Ello no parece importar. Si lo hiciera, toda especulación de mochar el QE3 quedaría archivada hasta diciembre. Y, a decir verdad, tampoco el rally de las acciones podría sostener su vuelo. Cuando despegó su último tramo, en noviembre, después que la Fed habilitase dos meses antes la rampa del QE3, el propulsor fue la ilusión de la reactivación pujante en 2013.
El patrón de la expansión, antes de conocer el informe de trabajo de julio, sugería una economía somnolienta acoplada con un tranco más vigoroso de la creación de empleo (y un leve repliegue de la productividad). Las expectativas de acentuar ese perfil fueron defraudadas en todos los frentes. El mes pasado mermó la gestación de nuevos empleos (fue la lectura más baja desde marzo), y disminuyeron la cantidad de horas trabajadas, el salario horario y los ingresos promedio semanales. Si la caída de dos décimas en la tasa de desocupación -al 7,4%, la menor en cuatro años- luce alentadora, hay que decir que obedece a un resbalón de la oferta de trabajo. Como se detecta en las cuentas nacionales, el apretón fiscal dejó su huella. 199 mil empleados públicos federales se vieron forzados a trabajar en jornada reducida, un obsequio de la tala indiscriminada de gasto público que se conoce como el "sequester".
La Fed deliberó el martes y miércoles, limó diferencias, estrechó filas y emitió un comunicado en línea con el discurso "soft" del último Bernanke. La volatilidad, por lo visto, no se limita a las estadísticas. La desinflación, que en junio había sido corrida a un rincón, volvió al primer plano. Se la reconoce como amenaza. James Bullard, que fundó en ese olvido su sorpresiva disidencia, hizo las paces, y votó con la mayoría un texto que, tomado al pie de la letra, no debería darle pábulo a los que opinan que la FED empezará a desatornillar el QE3 en su próxima reunión de septiembre. Si la economía manda, y no las urgencias de un calendario oculto, el banco central debería cruzarse de brazos. Quizás porque Bullard tampoco confía en las convicciones ondulantes de sus colegas, fue el único que habló despues del mitin. Y eso dijo: la FED necesita más información antes de poder tomar una decisión. Septiembre está muy encima como para obtener las señales de un repunte vigoroso que probablemente todavía no se produjo aunque figura, eso sí, en los pronósticos del banco central (escritos como siempre en lápiz para poder corregirlos cuántas veces haga falta). Si ya se escuchó la versión suave de Bernanke en la NBER y en el Congreso, si el comunicado oficial la ratifica, si se conocen las cifras bucólicas del PBI, de la inflación y del empleo, la pregunta es por qué la fecha de septiembre no se archiva, por qué sigue siendo la favorita a la hora de estimar el principio del fin del QE3 (aunque por menos margen que antes). Todavía se huele a gato encerrado. Se sospecha alguna razón que la FED considera importante, pero que le resulta inconveniente explicitar. Ya se sabrá. Por fortuna, a diferencia de lo que sucedió en mayo y junio, menos gente pierde el sueño cuando la tasa larga flamea en el tejado, y amenaza soltarse del anclaje en el 2,75%. Mientras no haya desesperación, la FED puede jugar con el misterio.


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