19 de enero 2011 - 12:02

El vice bonaerense, tormentosa pulseada entre Cristina y Scioli

• La Casa Rosada quiere un pingüino.
• El gobernador, uno de su «extrema confianza»

Julián Domínguez, Florencio Randazzo, Gabriel Mariotto, Jorge Taiana, Baldomero Álvarez
Julián Domínguez, Florencio Randazzo, Gabriel Mariotto, Jorge Taiana, Baldomero Álvarez
Precavida, enfocada en la reducción de daños, Cristina de Kirchner busca aplicar un método clásico de la guerra moderna: librar la batalla, sea una escaramuza o un larga disputa de desgaste, en torno a los bienes y en el territorio del contricante.

Logró, por ahora, clausurar las tesis conspirativas sobre su reelección y congeló las proclamas sobre su compañero de fórmula. En simultáneo, desplazó la pulseada a dominios de Daniel Scioli y, además, la centró en un botín del gobernador: el futuro vice bonaerense.

En diciembre pasado, este diario relató la hoja de ruta que el pingüinismo se trazó para la provincia de Buenos Aires, escalada que tenía como uno de los objetivos esenciales que un dirigente ultra-K se convierta, en octubre, en el sucesor de Alberto Balestrini.

Ese anzuelo, el búnker pingüino lo sirvió con carnada: Gabriel Mariotto. Al lomense, a cargo del COMFER, lo adornaron con poesía sobre ser una de las caras visibles de la ley de medios y seducir a sectores medios pero, sobre todo, por rankear como soldado K.

La irrupción de Mariotto -que anda de ronda por la provincia sin negar su deseo de ser vice, aunque otros lo anotan como senador provincial por el conurbano sur- abrió una compuerta que, autorizada por Olivos, gestó la aparición de más sectores y actores.

Anoche, en Pinamar, Baldomero «Cacho» Álvarez juntó a legisladores, alcaldes y funcionarios del PJ bonaerense. Montó la tarima para el clamor cristino-sciolista pero, en el revoleo, martilló con su aspiración de evolucionar de ministro a vice de Scioli, ausente con aviso.

Cacho, de Avellaneda, primereó con la postulación puntual para vice y hasta se lanzó con un acto en la cancha de Arsenal. Expresa, en teoría, a la cofradía de los intendentes y al PJ clásico. Ni una ni otro son -nunca fueron- hermandades uniformes.

En persona, esta tarde en Mar del Plata, el gobernador alimentará otra trinchera: estará, escoltado por Alberto Pérez, en el plenario del Partido de la Victoria, sello que controla Aldo San Pedro y será soporte legal del kirchnerismo no PJ de la provincia.

Scioli se mostrará con el lord de Bragado, Emilio Pérsico, y Fernando «Chino» Navarro, caciques del Movimiento Evita, en un mensaje amigable a la progresía K de la Corriente Nacional de la Militancia (CNM) desde donde susurran amenazas de pactar con Martín Sabbatella.

Ese bloque ofrenda a Jorge Taiana, o al mismo Navarro, como inquilinos de la residencia de vice de calle 10, frente al Teatro Argentino. Arguye que, para equilibrar pertenencias y poderes, el kirchnerismo no pejotista debe integrar la fórmula bonaerense.

Atento a esas compensaciones, en 24 horas, Scioli bendecirá, ecuménico, las ilusiones de Álvarez y, a continuación, del pelotón progre de la CNM.

Si esos guiños, que estorban la jugada Mariotto, son demasiado sutiles, en La Plata, dan más pistas: Scioli pretende que el vice sea un dirigente de su «extrema confianza» para que no se convierta, en el futuro, en un estorbo durante la última parte de su segundo mandato.

Los vices, se sabe, portan el agijón de la traición. Scioli, alguna vez vice -por matices con los K hibernó, por años, en el Senado-, sueña con un antídoto que evite que su segundo no «juegue su propio partido» y, por eso, termine por estorbar su gestión y sus planes ascendentes.

En el lenguaje sciolista, siempre protocolar y neutro, es un alarido: Scioli advierte que pulseará para que su compañero de fórmula en octubre tenga su confianza, sea producto de una negociación propia o, como mínimo, no le sea impuesto por la Casa Rosada.

Se enfrentará, como Cristina, a un fenómeno particular: sin posibilidad de reelección, quien se quede con la vice tendrá exposición y «fierros» con los que construir, proyectado hacia 2015, un desembarco en el sillón mayor ejecutivo, nacional o provincial.

A la tentación natural del cargo se le suma ese encanto adicional, por lo que la ristra de aspirantes, declarados o secretos, es profusa: Florencio Randazzo, entre DNI y chalecos naranja, cimenta su pretensión; menos visible, Julián Domínguez, de Agricultura, sueña el mismo sueño.

Otro acechante es Mario Oporto, ministro de Educación y profesor de historia, que creó una agrupación nac&pop que bautizó La Dorrego. Bulle, también, Horacio González, jefe de la Cámara de Diputados de la provincia. Y varios intendentes: Darío Giustozzi y Mario Ishi, entre otros.

Quizá, cuando pase la tormenta, Aníbal Fernández reaparezca en la grilla de pretendientes.

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