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“En toda familia se esconde siempre una gran historia”
Héctor Aguilar Camín: “Una parte de mi cura fue entender que era una puerilidad tratar de reunir a mis padres. Lo que tenía que hacer era aceptar su separación,que me había dolido siempre”.
El mexicano Aguilar Camín es un destacado profesor, historiador, periodista y narrador. Entre sus novelas y libros de cuentos se destacan "Morir en el Golfo", "La guerra de Galio", "El resplandor de la madera", "Las mujeres de Adriano". En su breve visita a Buenos Aires para presentar "Adiós a los padres", novela donde desnuda su historia familiar, dialogamos con él.
Periodista: Al cruzar una cierta edad empezamos a pensar en nuestros padres, en aquello en lo que nos parecemos y en lo que nos diferenciamos.
Héctor Aguilar Camín: García Márquez decía que un hombre sabe que ha llegado a viejo cuando se mira al espejo y se parece a su padre. De "Adiós a los padres" subrayo el tema no de la memoria sino el de la novela porque desde que tenía 16 años ya pensaba en escribir éste libro. En el seno de toda familia hay por lo menos una gran historia. Y esta es la mía desde el día en que sucedió. Y sucedió en 1959, cuando mi padre se fue de casa para no volver, y de las razones por las que se fue. Es la historia que escuché toda mi vida de la boca de mi madre, que era una gran narradora, y de mi tía, que también contaba muy bien las cosas. Mi madre era una española cubana, y mi tía era una española carpetovetónica. Eran muy enfáticas y grandes conversadoras. La mía es una historia muy puntual que no tiene que ver con las memorias en un sentido tradicional. Ni con la autoficción en el sentido de volverse uno la materia del libro. La materia de "Adiós a los padres" es la forma como mi abuelo paterno despoja a su hijo, a mi padre, de un negocio y lo destruye económica y anímicamente. Y junto con él destruye a la familia que estaba construyendo con mi madre. Lo que hay en mi libro es la reconstrucción de una historia real. El intento de contar las consecuencias que eso tuvo a lo largo de la vida, no sólo de mis padres sino de la relación de ellos con sus propios padres. Fue una ruptura total. Un asunto que fracturó la familia en todos los frentes. Aunque, y esa es la parte novelística, con el tiempo les alcanzaran las peripecias de la vida para, camino a la muerte, reencontrarse y reconciliarse. Es la historia de mis padres como si no fueran mis padres. Porque los padres son seres avasalladoramente próximos, pero muy enigmáticos. Y uno los ve desde un lado donde su centralidad es absoluta. Y no ve detrás de esa soberanía que son seres de carne y hueso. Parecen demasiado poderosos o demasiado ausentes. Hay siempre algo excesivo en ellos. Nunca se da la posibilidad de mirarlos como si no fueran los propios padres, y así poder alcanzar a verlos en los términos de su propia vida.
P.: ¿Cuál fue el punto de partida?
H.A.C.: En el año 2004 mi madre de 84 años, y mi padre de 87 coinciden en el mismo hospital, enfermos los dos de neumonía. Mi madre está en el cuarto piso exactamente en el mismo cuarto en que en el tercer piso está mi padre. Es lo más cerca que han estado en los últimos 50 años. Sus vidas no tienen nada que ver y sin embargo los hijos que estamos ahí damos cuenta del resultado que ellos tuvieron cuando estuvieron juntos. ¿Cómo llegó acá esa pareja que está en la foto que he puesto al arranque de la novela, recién casada, muy bien vestida, en una playa, pensando que inician los mejores días de su vida? Mientras el mundo está convulsionado, ellos están en su mundo idílico, autosuficiente, del amor. Todo parece pintarles bien. Un parpadeo y están los dos viejos, en un hospital, luego de haber vivido separados media vida. ¿Qué pasó? Es lo que el libro busca responder, y creo que lo responde satisfactoriamente.
P.: Preocupa al narrador qué es lo que debe hacer con las cenizas de eso dos seres.
H.A.C.: Es el residuo de la intención infantil que rige el impulso de escribir este libro. Durante todo el tiempo estoy pensando que no voy a poder escribirlo hasta que no se mueran. Y pienso puerilmente que cuando se mueran voy a poder reunir sus cenizas al pie del árbol que hay en mi casa, para corregir de ese modo algo que la vida no corrigió. Porque la vida los hizo vivir muchos años separados, y morir separados. Una parte de mi cura respecto a la relación con mis padres fue entender que era una puerilidad tratar de reunirlos, una trampa. Lo que tenía que hacer era aceptar las vidas de mis padres, cuya separación me había dolido siempre, como vida que tuvieron. Lo que tenía que hacer es lo que he hecho, no enterrar las cenizas juntas, no unir lo que ellos desunieron. No hay nada que reparar. Ese adiós que dura todo el libro.
P.: Un momento clave es cuando su padre muestra un cariño hacia su madre que usted creía que no existía.
H.A.C.: Mi padre se va a la casa de otra mujer. Ella es muy enigmática aún para mí, aunque alcancé a descubrirla bastante. Es una consultora sentimental, una quiromántica como la Madame Sosostris de T.S. Eliot. Es una bruja que hace brujerías negras y blancas. Pertenece a ese mundo urbano de la esotería profesional. Lo paradójico y novelístico es que quienes llevan por primera vez a mi padre a ver a Trinidad Fernández, cuyo nombre de guerra es Nelly Muley, son mi madre y mi tía. Lo llevan porque lo ven perdido, fuera de sí, y piensan que lo pueden haber embrujado. Ellas creen que el arcano está siempre al lado de la puerta. Y bueno ellas lo llevan, y la Nelly Muley se lo queda. Eso me decían. Nelly Muley era mucho mayor que mi padre. Yo la pensaba como una arpía. Cuando mi padre murió, la mujer que lo cuidaba me trajo un portafolio donde estaban sus papeles. Entre ellos estaba los de la defunción de Nelly Muley. Y había un recibo por una lápida de mármol para colocar en su tumba en el Panteón Francés. Fui a verla. La limpié. Y había un mensaje de amor absoluto. Amor constante más allá de la muerte. Entendí que mi padre no se había ido solo, en derrota y en desesperación a caer en manos de una arpía, no había sido engatusado, sino que había encontrado un segundo genuino e intenso amor. Eso me persuadió de que la unión de las dos cenizas era un capricho infantil y una falta de respeto a la vida de ellos dos. Me di cuenta que quien quiere escribir la historia de su familia tiene que empezar por revelar los secretos, por no tener piedad, por traicionar cualquier debido respeto.
P.: ¿Sintió alguna influencia narrativa al contar novelísticamente esa historia familiar?
H.A.C.: El intento como dije viene de muy lejos. Tengo intentos de comenzar a escribirla a los 17 años en una deleznable imitación pobrísima de tono faulkneriano. En el año 2000 me propuse hacer una novela con esta historia. Y esa novela es "El resplandor de la madera", que es ficcionalizada la historia del despojo. Cuando la leyó mi madre me dijo: así no es la cosa. Y yo quería restituirle su historia tal como ella la contaba. Leyendo "Boyhood" ("Infancia") de J.M. Coetzee di con un pasaje se refiere a sí mismo en tercera persona y hace una diatriba feroz contra su madre diciendo que es una perra, una loca, una enferma. Entendí que esa frialdad con la que Coetzee contaba lo que había pasado dentro de él como adolescente, con esa ira, con esa violencia, era el verdadero mensaje de amor que le estaba dando a su madre. Dice: en mi desvarío, en rabia adolescente, yo era capaz de decirle eso. La diatriba se vuelve elogio, arrepentimiento, sin que haya una sola señal de ello. Me dije voy meterle mano en este libro como no lo hice nunca antes a mis propias emociones. Y para eso tengo que retirarme a una frialdad quirúrgica. Renunciar a todo sentimentalismo. Eso tiene consecuencias estilísticas. La prosa tiene que ser escueta, sin grandes pretensiones adjetivales, sin la compasión o la complicidad del hijo. Tenía que contar con la frialdad y la dureza de un narrado externo, confiando en que la historia es suficientemente buena, y ellos suficientemente atractivos para que el resultado sea en el lector de solidaridad con los personajes y con la historia, una lectura de comprensión y no de rechazo.
P.: ¿Qué está escribiendo, luego de "Adiós a los padres"?
H.A.C.: Esta es la mejor historia que yo tenía en mi vida, y una vez que la he terminado todas las demás me rondan me parecen menores. Estoy escribiendo bastante, terminé una pequeña novela. Pero todavía no estoy en paz con ella. Yo digo que es una fábula del amor abismal. Es la historia, también muy secamente contada, de un escritor que lleva toda su vida huyendo de una mujer que lo apasiona y lo asusta porque es una gran loca. Es la historia de cómo él finalmente se rinde con resultados razonablemente catastróficos para los dos. Partí de una historia de la vida real. Una amiga mía, a los 22 años, un día que estaba pasada de borracha me contó que había mandado matar a un tipo que había profanado a su hermana. Ella tenía un amante mayor que era una especie de pequeño gangster de los entornos universitarios de México le había pedido que matara al profanador, y lo habían matado. Yo nunca supe si eso lo había inventado de loca y de borracha. O si yo lo inventé de borracho que estaba. La novela es la historia ficticia que construí a partir de aquella historia que acaso pudo ser real. Lo cierto es que cuando supe eso, salí corriendo de lado de ella y no quise averiguar nada más. Acaso era lo que ella buscaba.
Entrevista de Máximo Soto


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