- ámbito
- Edición Impresa
Entre Nietzsche y Benjamin Button
Tim Roth es el profesor Dominic: alcanzado por el rayo de Coppola, sufre toda suerte de sobresaltos filosóficos.
La última etapa de la carrera de Francis Ford Coppola, que a partir del título del film que rodó en la Argentina podría ser denominada como «tétrica», se inició en Rumania con esta adaptación de una novella de Mircea Eliade llamada «Tiempo de un centenario» (hay dos ediciones en español, la última publicada por Alianza).
Escrito en la década del 70, el libro del notorio filósofo políglota, estudioso de las religiones orientales y de los mitos, en especial el del eterno retorno, acusa también una declarada influencia del mundo borgeano. En «Tiempo de un centenario» resuenan, por ejemplo, los ecos del cuento «El inmortal». Sin voluntad de establecer comparación alguna entre ambos autores, lo que indudablemente tienen Borges y Eliade en común es que sus ficciones, de cuño metafísico, no toleran ser filmadas. Sin embargo, más allá del bien y del mal como Nietzsche (otro de los filósofos inspiradores del rumano), Coppola desoye este riesgo.
En muchos casos --y «Juventud sin juventud» es uno de ellos-- el poder de la imagen cinematográfica destruye el poder de la imagen literaria. O, más que destruirlo, lo abarata, lo ridiculiza. El rayo que cae sobre el profesor Dominic (Tim Roth), que rinde su vida haciéndose inmortal, o más tarde la sabiduría que absorbe como por ósmosis, son imágenes funcionales a la literatura conceptual de Eliade, apoyada en mitos, pero un tanto grotescas cuando la lente de una cámara los grafica. No es algo muy distinto de las muchas representaciones de Zeus en el cine (un cine más entretenido por cierto), por lo común un fornido actor de barba postiza que sostiene un rayo de utilería en la mano. El cine filmó auténticos mitos, en cambio, cuando sólo se proponía divertir: Frankenstein, Nosferatu. King Kong.
Padecimientos
En el film, el profesor Dominic es un lingüista que padece el drama de algunos pocos hombres (no haber completado su obra científica, en su caso sobre el descubrimiento del origen del lenguaje) y el de muchos más hombres (haber perdido a su gran amor de la juventud). El rayo en cuestión le provoca el efecto Benjamin Button, aunque menos ordenado: regresa a su juventud, en la cual a él se le mezclan pasiones y descubrimientos, y a la película géneros cinematográficos. Hay algo de fantástico, otro tanto de dramático, otro de político y otro de bélico, con espías nazis de ambos géneros.
Una de ellas, la espía de la habitación 6, introduce el elemento siniestro, en tanto que otra mujer, a la que conoce mucho después en Suiza, es el calco de aquel amor perdido de su juventud. De su primera juventud claro, no de la recobrada. Esta réplica, sin embargo, padece el mal opuesto al de Dominic: envejece a toda velocidad, lo cual si bien es un obstáculo para pensar en cualquier plan sentimental, resulta benéfico para la sabiduría: la mujer en cuestión, a fuerza de su antigüedad, no sólo es capaz de recordar y hablar lenguas muertas como el babilonio o el sánscrito, sino que se pone al borde de alcanzar el mayor deseo de Dominic: descubrir el lenguaje original. A pesar de todos estos sobresaltos un tanto altisonantes, regados por diálogos de similar tesitura, el film transcurre con un aura bella (música de Osvaldo Golijov, fotografía de Mihai Malaimare en funambulescos ambientes rumanos), y la presencia siempre bienvenida de Bruno Ganz como un médico suspicaz de entreguerras, que se merecería una película diferente.


Dejá tu comentario