7 de marzo 2011 - 00:00

España: desempleados se refugian en universidades

El desempleo en España afecta a más de 4 millones de personas. Los más perjudicados son los jóvenes menores de 25 años.
El desempleo en España afecta a más de 4 millones de personas. Los más perjudicados son los jóvenes menores de 25 años.
Estudiar parece ser la única salida para la juventud española, que protagoniza uno de los índices más altos de desocupación en los últimos 20 años: el 43% de los menores de 25 años quieren trabajar y no pueden. Las últimas cifras de desempleo de febrero pasado no muestran ninguna mejoría, ya que se registraron 8.816 nuevos desempleados jóvenes (+3,3% mensual).

El alto índice de desocupación juvenil ya se ha vuelto crónico en el imaginario colectivo de los españoles y, más allá de afectar el ánimo social, este conflicto plantea una situación preocupante en el futuro inmediato: si los profesionales jóvenes no ingresan al mercado laboral, ¿quién va a pagar las jubilaciones del futuro?

A pesar de las cifras negativas los especialistas hacen un esfuerzo por enfriar esta sensación de colapso. El sociólogo Jaime Riviere, titular en la Universidad de Salamanca, se distancia del tremendismo que transmite la prensa y matiza los índices de desempleo, al explicar que «la desocupación juvenil en España siempre es el doble que el desempleo normal. En el mejor momento de paro, que era del 8,5% en 2006, el juvenil era del 17%. Esto se debe a que en los puestos donde se exige más calificación hay más oportunidades de trabajo, en comparación con los de entrada al ámbito laboral, lo que implica que el ingreso de los jóvenes en éste sea más largo. Además, en el mercado español, estos tiempos siempre han sido demasiado largos. En este sentido, es poco eficiente».

Riviere agrega que si bien, tanto el desempleo juvenil como el general es enorme, la situación no es tan catastrófica si se observa la evolución de esos números por edad: el segmento de menores de 25 años presenta una tasa de desempleo del 43%, mientras que el mismo índice entre 25 y 29 años cae al 22%. Esta cifra indicaría que los jóvenes españoles tardan en encontrar empleo, pero lo encuentran, al menos en niveles parecidos al resto de la población.

Por otro lado, el sociólogo se muestra escéptico respecto del propio índice de desempleo y destaca que «en el momento más pujante de la economía española la tasa de desocupación estaba en alrededor del 8% y eso en cualquier otro país se consideraría absolutamente inadmisible. Cada uno posee su propia tasa de desempleo estructural, lo que tiene que ver con otros factores como los subsidios, el tiempo que se tarda en encontrar trabajo o la cantidad de gente que no está dispuesta a hacerlo en cualquier puesto». Según Riviere, cuando en España se habla de un 20% de desocupación, en realidad es un 12% «real». «Por eso no hay una explosión social en este momento», recalca aunque advierte que, cuanto más tarda una economía en recuperarse, más profundos son sus efectos sociales.

Más allá de los matices estadísticos, en las calles españolas se percibe una situación más preocupante, que lleva a los jóvenes a buscar alternativas. La más inmediata es la calificación. La falta de perspectiva laboral genera que la mayoría de los graduados recientes asuma que no va a conseguir trabajo no bien termina la universidad y, por eso, decide anotarse directamente en un master, sin ni siquiera ensayar unos pasos primerizos en el mercado de trabajo. Es decir que esta masa de estudiantes «forzados» representa un desempleo encubierto que no se está contabilizando.

En este sentido, el hecho de que la clase media española haya acumulado recursos suficientes en los últimos años como para financiar los estudios de sus hijos veinteañeros matiza el impacto de la desocupación juvenil en el imaginario colectivo ibérico: la situación es grave, pero al menos siempre existe la opción de una maestría. Así, es muy común encontrar en las universidades españolas posgrados abarrotados de estudiantes que ya tienen más de una maestría en su haber, pero nula o casi inexistente experiencia laboral.

La tendencia de realizar un posgrado ni bien uno se gradúa en la universidad que se está expandiendo en toda Europa -al contrario de lo que se acostumbraba y todavía se estila en países como la Argentina, en los que, primero se trabaja y luego se hace una especialización- no sólo relativiza el valor de las maestrías al estandarizarlas, sino que plantea un conflicto mucho más específico y directo en la economía española: los jóvenes no ingresan al mercado laboral hasta finales de sus veinte o principios de sus treinta años y, en consecuencia, no realizan aportes para el Estado ni llegan a cotizar para su pensión.

Para Riviere, sin embargo, el vaticinio de colapso que llevó a la reciente reforma del sistema de pensiones en España tampoco es tan exacto, porque la tasa de desempleo actual «es absolutamente extraordinaria». También argumenta que «siempre hay un elemento de cambio en la productividad y no hay ninguna razón para pensar que no vamos a tener una economía más eficiente en el futuro y que, por lo tanto, pueda financiar el sistema de seguridad social». Obviamente, el incremento de las cotizaciones generado por la mayor productividad debería superar el aumento de las pensiones para compensar el menor tiempo de aportes de los actuales jóvenes y mantener el equilibrio del sistema previsional. El sociólogo advierte además que «si en dos años no ha empezado a crecer la economía habrá que hacer reformas mucho más duras todavía».

Por eso, para Riviere la mejor salida para los jóvenes en este momento es calificarse.
«Aunque el desánimo es generalizado, las dificultades para conseguir empleo no son iguales para todos. Cuanto más alta es tu calificación, mayor posibilidad tienes de conseguir empleo», subraya y asegura que la sensación de que en España «estudiar no paga» no se comprueba estadísticamente. Lo que sí admite es que la inversión que ha hecho el Estado español en las últimas décadas en educación pública universitaria ha masificado la formación superior y generado más competencia. Mientras que en España el 30% accede a la universidad, en Alemania, por ejemplo, sólo llega a esta instancia un 14 por ciento aproximadamente.

* Enviada especial a Salamanca

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