Espectáculo visual con poco de Tolstoi

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Anna Karenina (Anna Karenina, G.B., 2012, habl. en ingl.). Dir.: J. Wright. Guión: T. Stoppard. Int.: K. Knightley, J. Law, A. Johnson, D. Gleeson, K. MacDonald, E. Watson, M. MacFadyen, O. Williams, R. Wilson.

Las diseñadoras de producción y el equipo de arte que logró esa extraña, imponente y cambiante representación teatral, alusiva a la representación de las vidas en sociedad, obligadas a guardar las formas y atentas al espectáculo indiscreto de los demás. El director de fotografía Seamus McGarvey, precedido en la planificación por Philippe Rousselot, ambos componiendo las escenas como si fueran cuadros de pintura de fines del S. XIX. El compositor Darío Marinelli, que cada tanto soñó elegantemente con Tchaicovsky. La diseñadora de vestuario Jacqueline Durran, ganadora del Oscar por este trabajo. Tales son los héroes y heroínas de esta ostentosa película.

Ah, también la protagonista Keira Knightley, su antagonista Jude Law en rol de esposo al que se le acaba la paciencia, el adaptador Tom Stoppard, literato ilustre por mérito propio, pero no siempre, y el director Joe Wright, a cuyo servicio se pusieron todos los antedichos.

Keira Knightley se luce. Clava los ojos, brilla más que las joyas que lleva, y logra el quinto puesto frente al recuerdo de las mayores intérpretes del mismo personaje, es decir la excelsa Greta Garbo, Vivien Leigh, Tatiana Samoilova y Sophie Marceau. En cambio Wright ostenta más genio y dominio que los respectivos directores de dichas actrices, vale decir los ilustres Clarence Brown, Julien Duvivier, Aleksandr Zarji, y el pobre Bernard Rose. Más genio, más dominio, y todo lo que se quiera. Pero mucho menos corazón y profundidad.

Queriendo hacer algo soberbiamente original, personal y admirable, ha colocado sus antojos y artificios por sobre el espíritu de la obra. Se puso por encima de León Tolstoi, el autor de la novela, ignorando las profundas observaciones del alma humana que éste había escrito, y la mayoría de las subtramas, con lo que solo alarga la agonía sentimental de la protagonista sin enriquecernos demasiado. Por suerte la adaptación mantuvo en contrapunto la historia paralela de Konstantin Lyovin con la dulce Ekaterina, alias Kitty. No la profundiza lo suficiente, pero marcó la diferencia poniendo a este alter ego de Tolstoi casi enteramente fuera del teatro de vanidades, cosa que se aplaude.

En resumen, otras versiones ofrecen mayor comprensión del texto, y una humilde fidelidad. Pero como espectáculo visual, esto de ahora es para ver en pantalla grande. El problema es que Wright, en su búsqueda de momentos admirables, camina todo el tiempo por una cuerda demasiado floja entre lo sublime y lo pretencioso, y a veces solo lo salva la red del pastiche, por ejemplo cuando impone movimientos de danza junto a las figuras teatrales agarradas de los pelos. Al respecto, y con todo respeto, para una Karenina bailada nada mejor, todavía, que la película de Maia Plissetskaya, cuando la gran diva llevó al cine el ballet de Rodion Shchedrin, encargándose de la coreografía, el papel principal con Aleksandr Godunov, y hasta el vestuario a medias con Pierre Cardin.

Postdata: se dice que el papel del seductor Vronsky, que arruina la vida de los Karenin, fue inicialmente ofrecido a Robert Pattinson. Quedó en manos de Aaron Taylor-Johnson, que apenas lo representa con aire fatuo de modelo publicitario. Aún así, en comparación, este hombre es Jack Nicholson.

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