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Espeluznantes relatos sobre el Jemer Rojo
Chieng Kea, un camboyano cuyo hermano fue prisionero de los jemeres rojos, posa en el museo del genocidio Tuol Steng. El rostro de su hermano está justo arriba de Chieng.
«Diga usted cómo lo torturaron». «¿Puede por favor describir los métodos de tortura?», son algunas de las preguntas que los jueces, fiscales y abogados hacen a los testigos que comparecen en el juicio contra el ex director de la prisión de Tuol Sleng, la antesala de la muerte durante aquel sanguinario régimen que diezmó el país.
Los testimonios de unos y otros consiguen provocar escalofríos en el público, separado de los jueces, fiscales, abogados y del acusado por la enorme mampara de cristal que está instalada en la sala de audiencias del tribunal auspiciado por las Naciones Unidas. En el estrado se describió con detalle cómo los carceleros arrancaban con tenazas las uñas de pies y manos a los detenidos y se explicó que para poder sobrevivir en la celda muchos tuvieron que comer insectos y beber su propia orina.
Con la voz entrecortada, una mujer relató que vio a un grupo de guardianes de la prisión arrojar una criatura al aire y ensartarla con una bayoneta.
Sin titubear ni mostrar ninguna señal de arrepentimiento, Him Huy, de 54 años, explicó a los jueces que su cometido como oficial de seguridad del centro de torturas consistía en trasladar a los presos con los ojos vendados hasta el campo de exterminio de Choeung Ek, a las afueras de Phnom Penh, donde eran asesinados a golpes con los ejes de madera de las ruedas de los carros y después degollados.
«El pelotón de verdugos tenía órdenes de matar a los presos estando arrodillados al lado de la fosa. Entonces les pegaban por la espalda en la cabeza con los garrotes y luego empleaban cuchillos para cortarles el cuello», relató este ex oficial del Jemer Rojo.
En ocasiones el ex director de la prisión, apodado Duch y de 66 años, corrige a aquellos testigos que fueron sus subordinados. Cheam Soeu, de 52 años, contó que durante los cerca de dos años que fue guardián en Tuol Sleng vio quemar vivo, utilizando para ello neumáticos de coche como antorchas, a uno de los cuatro presos occidentales capturados por el Jemer Rojo. «Me cuesta mucho creer que fuera quemado vivo. No creo que nadie estuviera dispuesto a incumplir mi orden. Tenían que matar a aquellos occidentales y después convertir sus cuerpos en ceniza», aseguró Duch tras pedir la palabra a los jueces.
En una reciente audiencia puso en duda la identidad de uno de los testigos que se presentó ante el tribunal como sobreviviente a la tortura y las penurias en Tuol Sleng.
«Usted no es la persona que dice ser. De acuerdo con mi listado mandé que la mataran», concluyó el jefe torturador.


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