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Esterilizar rebeldías en PJ, razón de premura de Cristina
• Sepultar todo plan B.
• Causas y azares.
• Los riesgos de un descenso.
• Abril, el mes temible
Daniel Scioli, Juan Manuel Urtubey, Martín Sabbatella, Carlos Kunkel
Jugó, hasta último momento, con la postulación de su esposa como senadora en 2005, zizagueó hasta el segundo antes en la presidencial de 2007, fue y vino sobre su diputación perdidosa en 2009 y maquinó, hasta su muerte, con quién disputaría la continuidad K este octubre.
Patentó el método de la nebulosa, traficó señales contradictorias y sembró señuelos, aunque, en todos los casos, orbitó sobre un mismo apellido: el suyo. Jamás, en su larga temporada política, cedió la cima de la lista a un «ajeno» a la familia.
En todas las elecciones que ganó desde que en 1987 fue electo intendente de Río Gallegos, se las ingenió para que cada dos años él, su esposa o, llegado el caso, su hermana Alicia, se conviertan en la estrella electoral del turno. Jamás cedió el protagonismo.
Los que registraban ese antecedente, un ritual político más que una cábala, lo invocaban para refutar entre sonrisas cualquier hipótesis de que en 2011 el patagónico pudiese delegar la candidatura presidencial en un tercero.
Sin la opción Néstor, la estrategia dual quedó perforada por una laguna elemental. La oferta única, además de proyectar pánicos como un eventual pato rengo a partir del 11 de diciembre, sembró un riesgo más cercano: el acecho al liderazgo hasta la elección.
Por eso, Cristina desechó la táctica dilatoria y recurrió a la postulación prematura para sepultar, o al menos adormecer, cualquier intento de plan B. No en vano la primera palabra oficial la pronunció Daniel Scioli, sobre quien se posan todas las sospechas. No fue fascinación con el gobernador lo que motivó a Carlos Kunkel a patrocinar la doble reelección: de Cristina y del bonaerense. Para los K, encerrar a Scioli en la provincia implica, sobre todo y antes que nada, desplazarlo del ajedrez nacional.
El operativo es secuencial: la Casa Rosada buscará designar al vice bonaerense -para tener un comisario en La Plata para el caso de que, como sospechan, en 2012 colisionen los intereses de la Presidente y el gobernador- y, además, sostendrá la candidatura bis de Martín Sabbatella.
La premura de Olivos para instalar, de manera cada vez menos informal, la certeza de que Cristina buscará su reelección, aparece como un recurso de doble objetivo: el más obvio, ya citado, es esterilizar cualquier rebeldía que provenga del peronismo.
Scioli, con su libreto tiempista de no hablar de candidaturas, dejaba correr en el imaginario que no había descartado ser él mismo la oferta presidencial. Logró, con eso, instalar el axioma de que «si la candidata no es Cristina, el candidato será Daniel».
El gobernador tuvo, en persona, que refutar esa formulación y sumarse tardíamente, en último lugar, al pelotón de mandatarios del PJ en proponer la reelección de la Presidente. Invocaba, en privado, una argucia: «Cristina me pidió que no diga nada». Hasta que llegó la contraorden.
Regresos
Al partir hacia Medio Oriente, la Presidente creyó dejar activado el operativo reelección con la consecuente desactivación de planes B como el de Scioli. Cuando regrese, se topará con datos que justifican el objetivo adicional de su postulación de verano.
Tras el raid de tomas, el faltante de combustibles y billetes y los cortes de luz, las mediciones de enero profundizan la caída de los indicadores de la Presidente aunque la ubican, todavía, en un escenario desde donde, si la elección fuese hoy, obtiene un triunfo en primera vuelta.
Pero asoman, en el corto plazo, tempestades. Un frente: la impericia con que el Gobierno manejó aquellas crisis. La falta de combustible es un ejemplo contundente de la dimensión de la ausencia de Kirchner en cuestiones domésticas de la gestión nacional.
En el período entre el paro del personal jerárquico -creado, alguna vez, por Nicolás Fernández pero ahora inaccesible para el senador- que paralizó las plantas de YPF en Santa Cruz hasta la sequía de surtidores, se ignoraron todos los alertas. El costo fue altísimo.
Al final, la familia Eskenazi accedió a la demanda sindical pero demasiado tarde como para evitar el malestar callejero, inducido o no, por la falta de combustible. Con siete años como ministro, resulta llamativo que Julio De Vido no haya intervenido a tiempo.
El otro factor sensible es electoral: el 13 de marzo, el Gobierno perderá en Catamarca, donde generó un cisma en el PJ al imponer, a dedo, a Lucía Corpacci como candidata. Un sector del peronismo podría, incluso, gestar una concertación anti-K con Eduardo Brizuela del Moral.
Una semana después, el candidato K perderá en Chubut con el heredero de Mario Das Neves. Dos derrotas consecutivas que, quizá, podrá amortiguar Juan Manuel Urtubey si, al ganar el 10 de abril en Salta, decide -pensando en una incierta candidatura a vice- compartirlo con Cristina.
Así y todo, en ninguno de los tres territorios la victoria será K. El rosario de derrotas, per se, quizá no deteriore la imagen presidencial pero puede coincidir con un pico de la inflación, estacional pero clásico de los meses de marzo y abril.
No es novedad el impacto anímico la inflación. Sí lo es que el segmento donde la Presidente recuperó imagen e intención de voto tras la muerte de su esposo es particularmente sensible a la estampida de precios. En ese nicho, donde bajó Cristina, creció levemente Mauricio Macri.
Es para esa contingencia que desde Olivos se agitó el operativo reelección. Si en mayo los indicadores electorales de la Presidente no son saludables como los de estos días, el margen para alquimias de última hora desde el peronismo será mínimo.
En el último de los casos, inconcebible para los portadores de ADN K, si Cristina opta por no entrar en el hervidero de un segundo mandato pero perdura como oferta única, sin planes B a la vista, querrá poseer el dedo de oro para bendecir a su sucesor.


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