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Excelente versión de “Tosca” marca el regreso de gran tenor
Planteada como homenaje del Colón a Roberto Oswald, esta versión de la ópera de Puccini agradará especialmente a los añorantes de un Colón con grandes cantantes y puestas conservadoras.
VOCES. La voz de Álvarez conserva su claridad y franqueza, y Eva María Westbroek encarna a una Tosca mesurada pero convincente.
La ovación que recibió el tenor cordobés luego de su bella versión de "Recondita armonía" estuvo llena de gratitud. La voz de Álvarez conserva su claridad y franqueza, y corre sin dificultades por la sala; sólo se puede lamentar que el cantante a veces ponga sus necesidades vocales por delante de la línea que le toca abordar y también por delante de la acción. Eva María Westbroek, otra presencia esperada, encarnó a una Tosca mesurada pero convincente, sensible e inteligente. Su desempeño vocal, muy bueno en el primer acto, comenzó a resentirse levemente en el segundo, con agudos peligrosamente cercanos al grito, y en el tercero esto fue más evidente. Carlos Álvarez, el barítono malagueño que había encarnado a otro sublime villano operístico, el Yago verdiano, en 2013, fue un Scarpia correcto, aunque a su voz le faltó algo de peso y a su actuación algo de presencia. Cantantes locales completaron de manera impecable el elenco, y entre ellos sobresalieron el siempre interesante Spoletta de Sergio Spina, el querible Sacristán de Luis Gaeta y el Angelotti de Mario De Salvo, y no desentonaron Fernando Grassi (Sciarrone), Carlos Esquivel (Carcelero) y Julieta Unrein, un Pastor de voz encantadora.
La conducción musical de Carlos Vieu, uno de los directores locales con más autoridad en este repertorio, tuvo matices, sutilezas y presencia, más allá de alguna desavenencia rítmica con el escenario; bajo su batuta, la Orquesta Estable tuvo un desempeño excelente, con momentos memorables. También los coros Estable dirigido por Miguel Martínez y de Niños preparado por César Bustamante convencieron en sus intervenciones.
Planteada como el homenaje que el Colón le debía a Roberto Oswald, su producción (histórica en varios sentidos de la palabra, y cuya magia visual continúa inalterable) tuvo en esta oportunidad dirección escénica y vestuario de Aníbal Lápiz y a Christian Prego, otro cercano colaborador del fallecido maestro, como escenógrafo asociado. Lo menos feliz fue la marcación actoral, en la que cada cantante pareció librado a su propio sentido y criterio, y que en algunos casos llegó a lo caricaturesco. Pero, como se dijo más arriba, la calidad de las voces, la dirección y los decorados son tres cartas de triunfo para esta producción, que agradará especialmente a los añorantes de un Colón con grandes cantantes y puestas conservadoras.

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