16 de marzo 2012 - 00:00

Fed mantendrá bajas las tasas (aunque no lance más estímulos)

La voluntad de la Fed, a esta altura, debería resultar prístina. Resumida en pocas palabras: que nadie pierda el sueño por sus intenciones. No se incuban aviesos propósitos. Si no quedó claro tras el comunicado oficial que siguió a la reunión de política monetaria del martes, austero en promesas y con ausencia total de referencias al QE3, Ben Bernanke, su titular, se ocupó prontamente de ratificarlo. Dijo anteayer en una reunión de la banca de comunidades en Nashville que la recuperación de la economía es «frustrantemente lenta» y «restringe las oportunidades para (realizar) préstamos redituables». Esto suena mejor que vociferar que el crédito bancario no levanta vuelo (cuando sí lo hace, aunque despacio), y evita cargarle a la audiencia el peso de alguna responsabilidad; pero, a la par, encuadra con un objetivo de comunicación: que nadie sospeche que la Fed, a la luz de los avances que exhibe el mercado de trabajo, y las Bolsas, y el alivio de la crisis europea, rumia un cambio de tendencia de sus políticas. Virar el rumbo no es, de ninguna manera, una alternativa en carpeta.

Había esperanzas de que la Fed lanzase alguna pista sobre las chances de una tercera versión de la estrategia de expansión cuantitativa, el remanido QE3. No por nada: un artículo del Wall Street Journal, de John Hilsenrath, un autor que suele abrevar en fuentes internas de la institución, hizo hincapié, la semana pasada, en el presunto interés del banco central por la viabilidad del QE3 (una compra sustancial de bonos de largo plazo) acoplado con una automática esterilización. El comunicado oficial posreunión nada menciona. Si se estudia o no, y con qué respaldos cuenta, no se sabrá (con suerte) hasta leer las minutas del cónclave, que recién se conocerán el próximo 3 de abril. Quien piense que la nota del WSJ fue una deliberada señal de la Fed para mantener latente la expectativa del QE3, creerá también que las palabras de Ben Bernanke -el énfasis en lo fatigoso de la recuperación- confluyen en la misma dirección. Como si el comunicado hubiera sido publicado incompleto, y Bernanke tomase, un día después, la obligación personal de redondear su redacción.

Ver y esperar ha sido el lema implícito de la Fed tras la conclusión del QE2; que, por cierto, no pocas discusiones le valió, aunque nadie a la fecha, ni el más vehemente de sus críticos, haya podido demostrar todavía su carácter perjudicial. La inflación que se temía no se verificó. La intención de destruir al dólar, tampoco, aunque el dólar gozó de una temprana zambullida (sólo que las penurias europeas lo devolvieron luego a su punto de partida). No obstante, el banco central, cuando la economía todavía se deslizaba por un sendero jabonoso, prefirió la media agua de la «operación twist» antes que apurar el QE3. Eran, sin lugar a dudas, tiempos más borrascosos que los actuales. Y la apuesta por la prescindencia le sirvió: la actividad y el gasto repuntaron (y mucho más, sorprendentemente, la generación de empleo). ¿Por qué debería la Fed retomar ahora la partitura del QE3 si ya se salió del atolladero? Un observador imparcial notará, sin dificultad, que los dos apremios que justificaron abordar el QE2 contra viento y marea hoy brillan por su ausencia. Ni se husmea una doble recesión ni una desinflación rampante que vaticine el calvario de un destino japonés. ¿Por qué entonces insistir con el QE3 (cuando nadie fantasea con que sea capaz de obrar milagros)? El argumento es que la penosa recomposición del empleo amerita una intervención más decidida. O era. Los vientos han cambiado. Créase o no, el mercado de trabajo se tonificó. A tal punto que hoy luce más pujante que la propia economía. El último informe laboral remarcó los progresos: los tres meses culminados en febrero -dada la creación de un promedio mensual de 245 mil empleos netos- son los más robustos desde 2006. Y así arrimó una pala convincente para sepultar las ilusiones de una próxima intervención monetaria.

Por eso importa el lamento de Bernanke. ¿Por qué querrá mantener viva la llama de la duda? No parece casual la insistencia en subrayar que el vaso de la recuperación está medio vacío, cuando la Bolsa actúa como si fuera cartón lleno. ¿Anticipa Bernanke un eventual QE3? ¿O manda menear el tema -mientras él puntualiza la debilidad detrás de las buenas noticias- para prevenir un giro más radical (y equivocado) de las expectativas? La recesión que no fue, la evidencia de una economía que se las arregló por las suyas, les dio pábulo desde octubre a las acciones. Pero los bonos permanecieron inmutables. Esa desconexión ya no es tal. Las tasas largas resurgieron como si las activase un resorte. ¿Qué las mantuvo tanto tiempo por debajo del 2%? Nadie apostó más fuerte al QE3. ¿Qué las agita ahora? No puede ser una economía que (a diferencia del mercado de trabajo), más bien, desacelera su marcha. Tiene que ser la repentina pérdida de convicción en que la Fed volverá a comandar otra oleada masiva de compra de bonos. ¿Pretende Bernanke que esa idea no se abandone aunque, como vimos, ya no es muy razonable? Difícil. No es su estilo tapar el sol con la mano. Pero, de seguro, no desea que la suba de las tasas largas -que por fenómenos técnicos como la convexidad negativa de los bonos hipotecarios, puede, con facilidad, impregnarse de vértigo- confunda a nadie. La promesa de la Fed de mantener las tasas cortas a ras del suelo seguirá firme -haya o no QE3, haya o no un Twist II- por las razones que les expuso a los pequeños banqueros de comunidades. Aunque las tasas largas -con la fe del converso- pudieran empeñarse en sugerir lo contrario.