20 de junio 2014 - 00:58

Felipe VI juró como rey y abogó por una España "unida y diversa"

SU DISCURSO DE PROCLAMACIÓN TUVO FUERTE CARGA POLÍTICA Y REFUTÓ A LOS SEPARATISTAS. RECONOCIÓ LOS DRAMAS DE LA CRISIS

Con Mariano Rajoy de testigo, Felipe VI juró como rey: clave, lo hizo sobre la Constitución y no sobre la Biblia.
Con Mariano Rajoy de testigo, Felipe VI juró como rey: clave, lo hizo sobre la Constitución y no sobre la Biblia.
 Madrid - El rey Felipe VI juró ayer ante la asamblea legislativa en el recinto de la Cámara de Diputados, que se acondicionó para albergar en el acto a presidentes autonómicos e invitados especiales, entre ellos la saliente reina Sofía y la familia de la sucesora Leticia. El centro del acto, que fue corto y sobrio, fue el discurso que leyó el nuevo monarca, que describió lo que en otra situación habría sido un programa político: sostuvo la legitimidad de la Corona; sugirió que se responda con más autonomías a los desafíos separatistas de Cataluña y el País Vasco al defender una España "unida y diversa"; habló, en ese sentido, de defender las lenguas y la identidad de las regiones; describió las consecuencias de la crisis económica -que ha llevado al desempleo a millones de españoles- y se dirigió a lo que, dijo, es su generación, a la que ofreció "una monarquía renovada para un tiempo nuevo".

La oportunidad de estos actos produce una exuberancia verbal comprensible en un sistema como la monarquía, que se justifica por su poder simbólico pero que, como otros hechos de poder, necesita de un respaldo democrático que le permita continuar en un mundo horizontal y que tiene en la igualdad el valor más defendido. Eso movió al nuevo rey a avanzar en un discurso político con muchas entrelíneas y con la suficiente generalidad para evitar el reproche de que podría incurrir en la tentación de gobernar en un sistema que sólo le pide reinar. La presentación de ayer era un examen que Felipe prefirió rendir hablando por una vez como un político.

Eso le sirvió, además, para dejar fijados algunos mensajes que, descarnados, buscan darle solidez a su puesto, que no se puede justificar sólo por el origen, sino por el valor que tiene en cada momento:

Felipe se ocupó de terminar de desenganchar a la monarquía de su compromiso de origen con el régimen de Francisco Franco. Eso explica la mención al abuelo de Felipe, Don Juan, Conde de Barcelona, que era el heredero legítimo de Alfonso XIII. Franco se saltó la línea de sucesión para "instaurar" en 1975 a Juan Carlos. Ayer Felipe mencionó que su padre "apeló a los valores defendidos por mi abuelo, el Conde Barcelona, y nos convocó a un gran proyecto de concordia nacional que ha dado lugar a los mejores años de nuestra historia contemporánea".

Destacó la tarea de Juan Carlos en construir "los cimientos de un edificio político que logró superar diferencias que parecían insalvables, conseguir la reconciliación de los españoles, reconocer a España en su pluralidad y recuperar para nuestra Nación su lugar en el mundo". Esas diferencias, herencia de la dictadura franquista, las caracterizó como "tiempos de tragedia, de silencio y oscuridad". En 1975 Juan Carlos había jurado, entre otras cosas, por los principios del Movimiento.

En esta construcción simbólica es central que Felipe haya destacado que él es "un rey que accede a la primera magistratura del Estado de acuerdo con una Constitución que fue refrendada por los españoles y que es nuestra norma suprema desde hace ya más de 35 años". Es decir, que su reinado tiene más fuerza de legitimidad que el de su padre. En ese diseño definió su tarea de esta manera: "Ser símbolo de la unidad y permanencia del Estado, asumir su más alta representación y arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones". Por eso, agregó, "la monarquía parlamentaria puede y debe seguir prestando un servicio fundamental a España".

También tuvo fuerza política en el discurso de ayer el mensaje de "inmenso respeto también a todos aquellos que, víctimas de la violencia terrorista, perdieron su vida o sufrieron por defender nuestra libertad", como la "cercanía y solidaridad a todos aquellos ciudadanos a los que el rigor de la crisis económica ha golpeado duramente hasta verse heridos en su dignidad como personas. Tenemos con ellos el deber moral de trabajar para revertir esta situación y el deber ciudadano de ofrecer protección a las personas y a las familias más vulnerables. Y tenemos también la obligación de transmitir un mensaje de esperanza, especialmente a los más jóvenes, de que la solución de sus problemas, y en particular la obtención de un empleo, sea una prioridad para la sociedad y para el Estado. Sé que todas sus Señorías comparten estas preocupaciones y estos objetivos".

Otra toma de posición clave es la mención a las diferencias regionales en estos términos: "Unidad que no es uniformidad, Señorías, desde que en 1978 la Constitución reconoció nuestra diversidad como una característica que define nuestra propia identidad, al proclamar su voluntad de proteger a todos los pueblos de España, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones. Una diversidad que nace de nuestra historia, nos engrandece y nos debe fortalecer. (...) Esa interrelación entre culturas y tradiciones tiene su mejor expresión en el concierto de las lenguas". Cerró sus palabras con un agradecimiento en cuatro lenguas: "Muchas gracias. Moltes gràcies. Eskerrik asko. Moitas grazas».

El acto, a diferencia de otras asunciones reales y aun presidenciales, tuvo un marcado tono laico. No hubo obispos ni curas, tampoco nadie mencionó a Dios, ni hubo Biblia ni misa ni tedéum. La jura, al revés de la de su padre 39 años atrás, no fue sobre la Biblia sino sobre la Constitución.

Algo comprensible, si se entiende que España es un país formalmente no confesional pero con un catolicismo muy fuerte, pero tanto como su anticlericalismo. De eso, mejor ni hablar,y más si se está rindiendo examen. Halagó a los sectores críticos de la monarquía a la vieja usanza, que también se llevó lo suyo: solemnidad, boato, distinción para la reina Sofía, que estaba en un palco central frente a Felipe, y cuya mención por el orador provocó tres largas andanadas de aplausos de homenaje, con toda la asamblea dándole la espalda al hijo rey.

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